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23 Jun 2020 / 08:34 am

 

Publicamos una selección de Alejo Morales (Bogotá, 1993). Estudiante de Historia en la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Sus poemas han aparecido en la Antología de Escrituras Creativas Bogotá Cuenta 2019 y 2020, así como en la página del Festival Internacional de Poesía de Medellín.

 

 

 

 

GRACIA SONORA

El timbre de Dios debe parecerse al de Jeff Buckley
una hora antes de ahogarse.
Aunque su biografía diga lo contrario
o la autopsia no revelara nada
de su condición divina,
estoy seguro de que Buckley fue quien en una vida pasada
realizó la multiplicación de los peces
tocando Hallelujah en un concierto en Galilea,
un concierto en el que sin quererlo curó de la sordera
a todo el territorio de Israel.
Mi hermana dice que Buckley
debía tener el registro vocal del tamaño de una ballena jorobada.
Cosa que comprobaré ahora mismo
porque me podré los audífonos
y escucharé una playlist con sus largos lamentos bajo el agua.
Está claro, Valéry no imaginó que el Cementerio Marino
pudiera escucharse dentro de su cabeza.
No imaginó el testamento que fue Grace,
o Mojo Pin, un poema soldado a mano
sobre la pintura fresca de una motocicleta.
Han pasado más de veinte años
y aún no existe un micrófono que reproduzca los pensamientos
sin tener que mover los labios y empujar
a la perra gorda de la gramática.
Si Jeff estuviera aquí, invocaría a Whitman
solo para pedirle
que desforeste su barba con una máquina
de afeitar imaginaria.
No sé qué me gusta más entre escuchar Eternal Life
o La Tierra Baldía.
Si tan solo la voz de Eliot recitando tuviera subtítulos.
Notas al pie al menos deslizándose por sus hombros.
Sé lo que dirías,
seguro el volumen de los comentarios no dejaría oír el poema.
Para refutar el mito de que nadie puede morir
sin pronunciar su nombre en voz alta,
retaste a Janis y le dijiste
que harías de tu ataúd rojo brillante
un estudio de grabación,
solo para registrar el sonido de las mareas
antes y después que el cuerpo de un solitario
se lanzara al agua.
Antes y después que tu último pensamiento se hundiera:

Quisiera ese rango auditivo que tienen las polillas
para recrear el timbre de Dios en mi guitarra.

 

 

 

 

 

SOLO EL VIENTO CRECE EN DEIR EZ-ZOR (1)

Մեկ
Cada hijo no nacido
es una gaviota dormida sobre un arca.
Cada arca una mujer acostada
sobre los tres brazos de la cruz.
¿Hemos remado tanto solo para alcanzar un rostro equivocado,
una piel que ha sido despegada una y otra vez
del horno de la historia?

Europa cerró sus oídos, mientras Armenia gritaba en su cuerpo.
Europa, la madre fenicia. La persecutora
que clavó alegremente
nuestras manos y pies a pedazos de madera.
La que dijo. Tu piel volvería a crecer. Como tomillo
sobre mis hombros agrietados. La que talló en nuestro ojo
la mirada del asesino y propagó la noticia
del que Genocidio Armenio estaba
modelado con señales de humo.

De dos en dos nuestros pies caminan en estado de pánico
hacia el obituario incendiado de nuestro pueblo.
De dos en dos un himno que no oímos
endurece el paisaje salado de nuestras bocas.
Mientras lo animal que habita en nosotros emerge
como efecto secundario de la sed.

Solo libres en nuestra propia cabeza
reconocemos el significado de cada trompeta turca.
Solo libres en nuestra propia cabeza
recitamos el trayecto del clavo a la cruz.
Y entendemos que morir
es nombrar el peso que tienen las paredes
sobre la historia arrodillada que pronuncian tus huesos,
cuando se contraen y aman
en la callada oración del ser.

 

 

 

 

 


Երկու

No digas que mi acento es árabe.
La palabra oscurecida
por un tatuaje en otra lengua
es mi acento.
No nombres el color de mi piel
sin primero hablar de los albaricoques.
No repitas la elegía que pronuncian mis labios
a pesar de la pobre acústica de nuestras casas.
Di como mucho a qué brazo de la cruz clavar mi muñeca
a qué página del Corán ceder mi rostro.
Di qué vestido comprar para mi muerte
y si las suelas aferradas aún a mis zapatos
no huelen a papel quemado o a exilio.
No digas puño enemigo. Di meteoro aventado
hacia la blancura arruinada del cuerpo.
No reproduzcas mi habla
y muéstrame la explosión del labio
que otro no reemplazará
para pronunciar la palabra Dios junto a la palabra Nuestro.
Di bajo qué rama de la horca tenemos que reír
y por qué cavar un lugar para la belleza en nuestro pecho.
Di qué cabello de la Virgen ha permanecido intacto.
Di como la muerte toma su mano
y le cuenta
en tono cada vez más bajo
la historia de mi nación
rota
por el fuego.

 

 

 

 

 

 

Երեք Las novias del desierto

Todo lo que sobrevive
tiene callejones sin salida en el cuerpo.
El rostro de una mujer por ejemplo
antes de camuflarse en un ramo de zarzamoras
brilla dulcemente ante la jerga de los puños,
que de dos en dos
llaman a su puerta
cada noche.

Su rostro
comunicado con el exterior
únicamente
por el inestable
movimiento de sus labios
se cierra sobre sí mismo y dice:

Había pequeños altavoces enterrados en sus dedos,
por eso la quemadura lila que me dejó su golpe
se amplificó hasta cubrir de un latido
tres cuartas partes de mi cara.

Nadie oye en su cuerpo
más que el ruido de la arena
tratando de domesticar
la herida de raza,
la herida
que divide su espalda
en dos continentes
diferentes

Nadie ve más que su rostro
encenderse y apagarse
ante la caída
de cada
palma
abierta.

Ella fue parte del rebaño de niñas
que para casarse con la muerte
bordaron vestidos de novia con sus lágrimas
y abrieron los brazos como si fueran
a ser bautizadas
con sidra de manzana,
como si tendieran
sobre una cuerda de lavado
la piel de toda una nación.

El deseo de morir es una niña que cava
un desierto de roca con la cabeza.
El deseo de morir es Dios
cuando te toca
como a uno de sus discípulos.

Probablemente ella podría amar
sí el agua bendita cantara en sus labios.
Al persa que separó sus muslos con un látigo.
Al persa que inflamó su cuerpo de odio
antes de convertirla en un títere
gritando de dolor
sobre su mano.

 

 

 

 

 



EL CABALLISTA SE ENTERA QUE DABEIBA EXISTE EN EL MAPA

El cuerpo ha sanado
la memoria no
Krystyna Dąbrowska

Un grano de tierra envenenada duerme, en la bolsa de té del caballista. En la televisión dicen que él inventó el color rojo, para vendérselo como agua pura a las naciones extranjeras. Dicen, que hallaron un pueblo sepultado bajo la brillante lengua de las moscas. La televisión cierra su párpado y ahora el caballista tiene un puñado de canarios azules desafinando en su cabeza. Con el sabor amargo que tiene un té, después de 14 años de haberse vencido, el dolor de lo que ha sido silenciado entra a hurtadillas en su cuerpo. El caballista niega este suceso, y lo relaciona con la parálisis de sueño que sufre, cuando el encendido rojo del té adormece la piel de su boca. Allí, los canarios han callado para convertirse, no en madres, sino en señoras de edad que cuelgan la ropa quemada de sus hijos, sobre la seda dental que él usa, para desenterrar con destreza, el olor a muerto de sus dientes. Tendido sobre un charco de té el caballista duerme. Un país despierta, y no recuerda, quien ha sido.

 

 

 

 

 


KIND OF BLUE

La auténtica incapacidad de hablar nos viene con la muerte
La muerte es una niña que habla en lengua de señas con los árboles
y abre en nosotros una escotilla
por donde el océano canta:

Nadie ha besado tantos pies
para no ser dios de sí mismo

El silencio es un muro de agua
que no podemos atravesar
sin que primero nos inunde

el agua es un hombre soplando
a tres mil pies de altura

y el hombre una lanza sola
contra la fuerza del oleaje

Hay un mar que duerme en nuestro oído
y un solo de trompeta para despertarlo

La música habla en los dedos
que tocan el rostro
más o menos azul de la muerte

tan solo el demonio puede cantarle al demonio, dices
y hay toda una nación cantando en nosotros:

si movemos los labios en la oscuridad
es por temor a quedarnos sordos

 

 

 

 

 

LAZO ROTO (2)

Aquí un hombre
acaricia el cuello de una mujer
como si estuviera segando trigo.

Aquí un hombre
hala de su imaginación
hasta vaciar sus pulmones.

Un hombre solo.

Un hueco en la tierra,
donde la muerte crece
como un bosque.

Un hombre solo
con el mapa de China
llorando en su brazo.

El ocho de octubre
los periódicos salieron de la boca del Yangtsé.
Se vieron a niños y mujeres de nieve cantando:

Xie ye, hija de la espuma
Treinta seis años de dolor
en un sólo hilo sangriento corren.

El ocho de octubre la policía encontró un papel
doblado, una mariposa muerta
sobre el escritorio donde alguna vez Gu Cheng
deseo abrazar un rayo de sol y escuchar el mar
tras una ventana nunca abierta.

Escritas en tinta azul
sus palabras olían a rollos de primavera:

Xie, una lágrima de porcelana
se estrelló contra tu rostro
¿por qué no la adivinaste?

Cuando niño mi padre arrancó el paisaje
y lo puso en mis mejillas.
Yo era baya de la rama más frágil de la tierra.
Yo amaba el mar,
y el cielo no me era indiferente.

Madre decía que cuando los hombres dormían
las estrellas, en secreto, sacudían su pelaje
dejándolo caer sobre las montañas del Karakórum.
Era su explicación para el invierno.

Madre solía orar a la gran montaña blanca,
le oraba a su madre, a sus ancestros caídos

del pelaje de las primeras estrellas
que formaron nuestro mundo.

Xie Ye, mis manos apagarán tu canto
en cuanto atraviese esa puerta,
¿por qué no lo adivinaste?

Cuando nací la luna era un pendiente
brillando en el oído
de mi abuela.
Ella te predijo:
“Una quemadura invisible en su pecho
tendrá la forma de una mujer.”

Xie Ye, mujer de niebla cuyo largo cabello
partía de mí hacia la noche
¿por qué no lo adivinaste?

Mi corazón podrá hablar una a una las lenguas de la tierra
y al final ser la llama que grita, abandonada
en la mitad de una tormenta de nieve.

Xie Ye, desde las nubes
La misma sombra sin rostro
que nos bendijo en nuestra boda
nos lanzaba agujas.

Una de ellas oscureció mi visión
y quise desenterrar el alma de nuestro hijo
desde los tobillos.
¿Por qué no lo adivinaste?

Soy un hombre que no sabe diferenciar
su mano de un hacha,
y antes de escribir este poema
vacié mis ojos de luz.

Xie Ye, ¿lo adivinas?
no podré ver tus palabras de amor
encogiéndose año tras año en la distancia,
ni ver tu pelo blanco
cayéndoseme como arroz entre los dedos.

No sabemos si nuestras almas lograrán nadar río arriba
y remontar las cascadas para convertirse en dragones.
No sabemos más que los topos
erigiendo a patadas un hogar
que se desmorona a nuestras espaldas.

Xie Ye, ¿lo adivinas? “Esta no es una despedida
porque nunca nos hemos conocido”. (3)

 

 

 

 

 


APRENDIENDO LA LENGUA DEL AHOGADO

Nacemos, como si hubiésemos estado esperando bajo tierra
toda una vida para poder hablar,
con el sueño aferrado a nuestro puño
como la pintura barata al contorno de una puerta
que nunca verás abrir.
Somos una generación que nace con la boca manchada de negro
de tanto morder el brazo de sus padres,
cantando a un pasado
que no volverá a recrearse en nuestro cuerpo.
En este país donde hay treinta nombres para vestir a la muerte,
nos asombramos de poder caminar en dos pies
y de mantenernos medianamente erguidos,
para intentar alcanzar la piel
que solía contener el rostro de nuestro abuelo.
Hemos muerto tantas veces en soledad
que el fuego ha venido a dormir en nuestra mano,
y salimos de nosotros mismos como de una casa bombardeada,
seguros que la siguiente habitación
al cruzar la calle
estará iluminada por nosotros.
Qué insignificante parece la belleza cuando la buscamos por todas partes.
Recuerda, nacimos en un país donde arrancar un diente de león
puede considerarse declaración de guerra,
donde los gallos han cubierto los ojos de los niños con sus plumas
para que no lloren la muerte de la luz en los ojos de los hombres.
Recuerda, nacimos más allá de la línea divisoria que fundó nuestro cuerpo,
sobre la piel dulce del mapa
que un soldado arrancó del torso de nuestro padre.
Padre, en el llanto las cosas rotas pronuncian nuestro nombre,
en el llanto sentimos la perforación de la vida alzarse en rebelión
y agitar el brazo de un niño que perdió la mano por creer que vivía.
Nosotros, sentados al borde de nosotros mismos soplamos
para crear música de la fractura que somos,
y extendemos la imaginación hacia un pueblo que ya no existe,
seguros de que el futuro madurará brevemente
antes de verterse
en el agujero que divide, nuestra cara.

 

 

 

Alejo Morales (Bogotá, Colombia 1993). Estudiante de Historia en la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín. Participó en el taller de poesía de BibloRed “Furia de Pájaros” en 2015, en el Taller de Poesía de la Casa Silva en 2017, y en el primer semestre de 2018 participó del primer Taller Distrital de Poesía de Idartes. Sus poemas han aparecido en la Antología de Escrituras Creativas Bogotá Cuenta 2019 y 2020, así como en la página del Festival Internacional de Poesía de Medellín.

 

 

 

 

[1] Deir ez-Zor es la ciudad más grande al norte de Siria y también el epicentro de lo que se conoce como El Genocidio Armenio, (1914-18) promovido y efectuado por el gobierno de Jóvenes Turcos del Imperio Otomano, mediante una campaña sistemática para exterminar y desplazar al pueblo armenio, en una suerte de limpieza étnica y religiosa, que dejó entre 1 millón y millón y medio de víctimas. Se dice que alrededor de Deir ez-Zor se crearon campos de concentración donde miles refugiados armenios reubicados allí, después de dos primeras matanzas dentro del territorio turco, fueron forzados a marchar a través del desierto hasta morir, sin darles agua ni comida. A los que sobrevivían al viaje los apilaban en antiguos pozos petrolíferos y les prendían fuego. Muchas mujeres fueron forzadas a casarse con mercenarios persas para sobrevivir, teniendo incluso que convertirse al Islam, siendo el pueblo armenio netamente cristiano desde el siglo IV D.C. Aún hoy el gobierno turco, junto a otros países europeos, niegan el Genocidio Armenio, alegando que se cometieron crímenes de ambas partes.

[1] Gu Cheng (1956-1993) y Xie Ye (1958-1993) fueron parte de Generación de poetas Brumosos, que sacudió la poesía escrita en China durante la década de los ochenta. Ambos se casaron y tuvieron un hijo con el que se fueron a vivir a Nueva Zelanda. Estando allí, Gu Cheg presentó cuadros psicóticos graves agrediendo y amenazando de muerte a Xie Ye, si esta no expulsaba a su hijo de la casa, de cual llegó a sentir celos ominosos. Esta situación degeneró en el posterior asesinato de su esposa con un hacha y su suicidio por ahorcamiento  el 8 de Octubre de 1993.

[1] Verso prestado del poema “Mañana No” de Bei Dao (Beijing, 1949)

 


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