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03 Jun 2020 / 09:19 am

 

Nota y selección de Alejandro Cortés González

 

Es raro que un primer libro de un autor contenga tanta depuración de pensamiento político y postura estética. ¿O al revés? Bueno, sea de manera manifiesta o evasiva, toda obra es hija del contexto de una época. Pero no hablamos de cualquier autor. Cantos de sombra publicada en 1945, cuando Léopold Sédar Senghor tenía 39 años, da muestra de las luchas antirracistas que Senghor desarrolló, primero en París, con sus compañeros de estudio los poetas Aimé Césaire y Léon Gontrand Damas, y luego en su natal Senegal, que lo llevaron a contribuir en la independencia de su país y a ser electo como el primer Presidente de la República de Senegal en 1960, cargo que conservó a través de elecciones populares, hasta 1980.

 

 

MUJER NEGRA

 

¡Mujer desnuda, mujer negra,

Vestida del color que es tu vida, de tu forma que es belleza!

Crecí bajo tu sombra; la dulzura de tus manos vendó mis ojos

Y he aquí que en el corazón del verano y del mediodía, te descubro

Tierra prometida, desde lo alto de un cuello calcinado

Y tu belleza me fulmina en pleno corazón, como el alumbramiento de un águila.

Mujer desnuda, mujer oscura

Fruto maduro de carne firme, extasiadas sombras del vino negro, boca que hace lírica mi boca

Sabanas de horizontes puros, sabanas que se estremecen

a las caricias fervientes del viento del Este

Tam-tam esculpido, tam-tam tendido que ruge bajo los dedos del vencedor.

Tu voz grave de contralto es el canto espiritual del Alma.  

Mujer desnuda, mujer oscura

Aceite que ningún soplo perturba, aceite quieto en los flancos del atleta, en los flancos del príncipe de Malí

Gacela unida a las estrellas, las perlas son estrellas sobre la noche de tu piel

Delicias de los ojos del espíritu, los reflejos del oro

encarnado sobre tu piel que reverbera

A la sombra de tu cabellera, se ilumina mi angustia

en los soles próximos de tus ojos.

Mujer desnuda, mujer negra

Yo canto tu belleza que pasa, forma que fijo en la Eternidad,

Antes que el destino celoso te reduzca a cenizas,

para nutrir las raíces de la vida.

 

 

 

 

NIEVE SOBRE PARÍS

 

Señor, visitaste París el día de tu nacimiento

Porque se había hecho mezquino y malvado

Lo purificaste con el frío incorruptible

De la muerte blanca.

Esta mañana, hasta las chimeneas de las fábricas que cantan al unísono

Enarbolan sábanas blancas

—“¡Paz a los Hombres de buena voluntad!”

Señor, ofreciste la nieve de tu Paz

al mundo divido, a la Europa divida

A la España desgarrada

Y el rebelde judío y católico disparó sus mil cuatro cientos cañones contra las montañas de tu Paz.

Señor, acepté tu albo frío que quema más que la sal.

Heme con el corazón fundido como nieve bajo el sol.

Olvido

Las manos blancas que disparan los fusiles,

que derrumban los imperios

Las manos que flagelaron a los esclavos, que te flagelaron

Las manos blancas empolvadas que te abofetearon,

las manos pintadas y manchadas de pólvora que me han abofeteado

Las manos seguras que me han condenado a la soledad,

al odio

Las manos blancas que derriban el bosque de palmeras que poblaban el África, el centro del África

Erectos y recios, los Saras bellos como los primeros hombres que salieron de tus manos morenas.

Ellas derribaron la selva negra para hacer los durmientes de los ferrocarriles

Ellas derribaron los bosques del África para salvar la civilización porque hacía falta materia prima humana.

Señor, yo no dominaré mi odio, lo sé,

a causa de los diplomáticos que enseñan sus largos caninos

Y que mañana comerciarán con carne negra.

Mi corazón, señor, se funde como la nieve sobre los techos de París

Al sol de tu dulzura.

Que es suave para mis enemigos, y mis hermanos de manos blancas sin nieve

Pues sus manos son de rocío, en la noche, sobre mis mejillas ardientes.

 

 

 

 

ORACIÓN DE LAS MÁSCARAS

 

¡Máscaras! ¡Oh, Máscaras!

Máscara negra, máscara roja, ustedes máscaras

blanco y negro

Máscara de los cuatro puntos de donde sopla el Espíritu

¡Os saludo desde el silencio!

Y no eres tú el último, Ancestro con cabeza de León.

Máscaras que cuidan este sitio donde está prescrita toda risa de mujer, toda sonrisa que se marchita,

Destilan este aire de eternidad donde respiro el aire de mis padres

Máscaras de rostros sin máscara, despojadas de todo hoyuelo y de toda arruga

Que han dibujado este retrato, este rostro mío inclinado sobre el altar de papel blanco

Según su imagen, ¡escúchenme!

El África de los imperios muere— es la agonía de una princesa andrajosa

Y también de Europa a la que estamos ligados por el ombligo

Fijen sus ojos inmutables sobre sus hijos que exigen

Que dan su vida como el pobre su último vestido.

Respondamos presentes al renacimiento del Mundo

Como la levadura que es necesaria para la harina blanca.

¿Quiénes aprenderán el ritmo del mundo difunto de máquinas y cañones?

¿Quién lanzará el grito de alegría para despertar a muertos y huérfanos en la aurora?

Digan, ¿quién devolverá la memoria de vida al hombre con esperanzas desentrañadas?

Nos lo dicen los hombres del algodón, del café, del aceite.

Nos lo dicen los hombres de la muerte.

Nosotros somos los hombres de la danza, cuyos pies

recobran su vigor golpeando la dureza del suelo.

 

 

 

 

“IN MEMORIAM”

 

Es domingo.

Temo la multitud de mis semejantes con rostro de piedra.

Desde mi torre de vidrio, habitado por las migrañas, los Ancestros impacientes,

Contemplo los techos y las colinas entre la bruma

En paz — las chimeneas están desnudas y son esbeltas,

A sus pies duermen mis muertos, todos mis sueños hechos polvo,

Todos mis sueños, la sangre gratuita derramada por las calles que se mezcla con la sangre de las carnicerías.

Y ahora, desde este observatorio de los suburbios

Contemplo mis sueños distraídos por las calles,

dormidos al pie de las colinas

Como los guías de mi raza sobre las orillas de Gambia

y del Saloum

Del Sena ahora, al pie de las colinas.

¡Déjame pensar en mis muertos!

Fue ayer la fiesta de todos los Santos, el aniversario solemne del Sol

Y nada los recordaba en el cementerio.

Oh, muertos, que siempre rehusasteis morir,

que supisteis resistir a la Muerte

Tanto en Sine como en el Sena, y en mis venas frágiles, mi sangre irreductible

Protege mis sueños como lo habéis hecho con vuestros hijos los emigrantes de piernas delgadas.

¡Oh, muertos! Defended los techos de París en la bruma dominical

Los techos que protegen mis muertos.

Desde mi torre peligrosamente segura, desciendo a la calle

Con mis hermanos de ojos azules,

De manos duras.

 

 

 

 

LUXEMBURGO, 1939

 

Esa mañana de Luxemburgo, ese otoño de Luxemburgo,

como pasaba y repasaba mi juventud

Sin vagabundos, sin aguas, sin barcos sobre las aguas,

sin niños, sin flores.

¡Ah! las flores de septiembre y los gritos curtidos de los niños que desafiaban el invierno próximo.

Sólo dos viejos “chiquillos” que ensayan a jugar al tenis.

Esa mañana de otoño sin niños — ¡cerrado teatro de los niños!

Ese Luxemburgo donde no encuentro más mi juventud,

los años frescos como el césped.

Vencidos mis sueños, desesperadamente, mis camaradas

¿es posible?

Helos aquí que caen como las hojas sobre las hojas, decrepitud herida de muerte, pisoteada, toda sangrante de sangre

Que se recoge sin saber para qué fosa común

No reconocí ya ese Luxemburgo, a esos soldados que montan guardia.

Se instalan los cañones para proteger la retirada rumiante de los Senadores

Se cavan las trincheras bajo el banco donde tomo la dulzura que surge de los labios.

Este letrero ¡ah! sí, ¡peligrosa juventud!...

Veo caer las hojas en los refugios, en las fosas, en las trincheras por donde serpentea la sangre de una generación

La Europa que entierra la levadura de las naciones y la esperanza de las nuevas razas.

 

 

 

 

CANTO DE SOMBRA

 

El águila blanca de los mares, el águila del Templo me raptó más allá del continente.

Me despierto, me interrogo, como el niño en los brazos de Kouss que tú llamas Pan.

Es el grito salvaje del sol levante que hace estremecer la tierra

Tu cabeza desnuda, nobleza de la piedra, tu cabeza debajo de los montes, el León debajo de los animales del establo

Cabeza de pie, que me horada con sus ojos agudos.

Y renazco de la tierra que fue mi madre.

 

He aquí el Templo y el Espacio, entre nosotros

precipicio y altitud

Como tu orgullo que se yergue, porta-nieve, antaño de calor humano

—En él desaparezco, labrador recostado en la embriaguez de la cosecha madura.

Me escabullo a lo largo de tus paredes, rostro escarpado.

El mejor montañista está perdido. Ve la sangre de mis manos y mis rodillas

Como una libación de sangre de mi orgullo antagonista,

diosa con rostro de máscara.

 

¿Habré de desatar las tempestades de todas las cavernas mágicas del desierto?

¿Juntar las arenas de las cuatro esquinas del cielo vacío,

con un fervor inmenso de saltamontes?

¿Y después en un silencio inmemorial, el trabajo del frío apocalíptico?

Se deslizan ya tus palabras confusas de mujer, como lamentos de una dichosa miseria, no se sabe;

Y las piedras, brusca y débil caída, van a tomar el estrépito de las cataratas.

Toda victoria dura el instante del batir de una pestaña que proclama el irreparable duplicamiento.

Tú fuiste africana en mi memoria antigua, como yo,

como las nieves de los Atlas.

Manes o manes de mis Padres,

Contemplad su frente cubierta y el candor de su boca adornada de palomas sin mácula,

Comparad su belleza y la de sus hijas.

Sus párpados como el crepúsculo veloz y sus ojos vastos que se llenan de noche.

Sí, es Clara, la abuela negra, de los ojos violetas bajo sus párpados de noche.

“Mi amada, bajo la sombra de los taparrabos azules

Las estrellas deshojan las flores de algodón de sus cápsulas reventadas.

El Señor de la maleza eres tú que has hecho callar la rebelión de los sonidos sordos.

¡Mirad! la niebla dulcemente se escurre en claras gotitas de leche fresca.”

Escucha mi voz singular que te canta en la sombra

Este canto constelado del estallido de los cometas cantores

Yo te canto este canto de sombra con voz nueva

Con la voz vieja de la juventud de los mundos

 

 

 

 

ESTOY SOLO

 

Estoy solo en la llanura

Y en la noche

Con los árboles entumidos de frío

Los codos contra el cuerpo, se estrechan unos a otros.

Estoy solo en la llanura

Y en la noche

Con los gestos de desesperación patética de los árboles

Cuyas hojas han abandonado las islas de su elección.

Estoy solo en la llanura

Y en la noche.

Soy la soledad de los postes telegráficos

A lo largo de los caminos

Desiertos.

 

 

Traducción de Miguel Ángel Flores

 

 

**

 

 

LÉOPOLD SÉDAR SENGHOR

 

Nació el 9 de octubre de 1906 en Joal y murió en Verson el 20 de diciembre de 2001. Poeta, ensayista y político -presidente de Senegal entre 1960 y 1980-, Léopold Sédar Senghor es considerado uno de los más importantes intelectuales del siglo XX. Fue el primer africano en ocupar un asiento en la Academia Francesa y fundó el partido político Senegalese Democratic Bloc (’Bloque Democrático Senegalés’). Graduado en Gramática Francesa por la Universidad de París, fue el primer profesor de raza negra que impartió clases de lengua francesa en Francia, en las universidades de Tours y París durante 1935 y 1945. En esta época entra en contacto con los intelectuales de la diáspora africana (Aimé Césaire, Léon-Gontran Damas), junto a quienes concibe el concepto de Negritud, cuyo fin es reivindicar la identidad negra frente a la cultura francesa dominante y opresora. A este concepto dedicó gran parte de su brillante obra como poeta: Chants d’ombre (’Cantos de sombra’), de 1945; Éthiopiques (’Etiópicas’), de 1956; Nocturnes (’Nocturnos’), de 1961; y Élégies majeures (’Elegías mayores’), de 1979.

Cuando Senegal obtiene la independencia en 1960, es elegido unánimemente presidente. Defendiendo un moderado "socialismo africano", libre de ateísmo y excesivo materialismo, se convierte en un portavoz respetado internacionalmente para África y el Tercer Mundo. Apoyó la creación de la Francofonía y fue vicepresidente del Alto Consejo de la Francofonía. Fue elegido para la Academia francesa el 2 de junio de 1983.

 

* Biografía tomada de casafrica.es

 

 


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