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27 Abr 2020 / 08:55 am

 

A manera de prosa, el escritor Jerónimo García Riaño (Armenia, Quindío, 1978) nos comparte un testimonio que ve el mundo y el tiempo desde la ventana, como un lienzo en blanco que se abre, no para ser escrito, sino para escribirnos.  

  

 

Desde la ventana

 

Por Jerónimo García Riaño

 

En la mañana, la ciudad se despierta solitaria; pocos caminantes pasan por la calle, deben sentir la grandeza inalcanzable del horizonte solo para ellos y sus pasos; las casas están cerradas y el ruido de los carros se ha desvanecido, ahora es un recuerdo, nada más; el sol aparece solo para quitarle a las calles el frío de la noche; algunos animales, confundidos, deambulan en busca de alimento y se asustan de tanta soledad; los almacenes no abren, se confinan en silencio.

En la tarde, las nubes ocultan el sol que deja de acariciar las calles; las palomas se arremolinan por montones, forman una convención para entender toda esta soledad extraña que las deja libres; se siente el crujir de los techos de las casas refrescándose debajo de la sombra; los restaurantes no abren, se confinan en silencio; los árboles grandes respiran profundo y bailan suave al compás del viento frío arrullador; los caminantes son sombras; el sol renuncia a su poder y empieza a esconderse naranja para llamar la atención, pero nadie lo ve. 

En la noche, el mutismo empuja al viento; la ciudad es iluminada por unas luces pálidas y los árboles y los animales duermen; las casas y los edificios se encienden y la luna se muestra tímida, buscando su lugar; los semáforos parecen luces de navidad que cambian y les dan paso a las corrientes de aire apuradas por ir de un lado a otro, sin rumbo; los bares no abren, se confinan en silencio; los caminantes desaparecen y también son recuerdo, nada más.

En la madrugada y sin el ruido de los carros, se escucha el canto leve de los pájaros dándole un aliento al nuevo día; el sol llega con su luz, pero no con su calor; las casas se apagan y vuelven a la muerte; nada abre, todo se confina en silencio.

Y esa vuelta al día, de todos los días por muchos días, la veo desde mi gran ventana: es la única pintura que puedo admirar, no puedo salir de casa; afuera, un virus tan parecido a la calma, asusta a la vida de los humanos y los acorrala en sus jaulas de cemento. Todos observamos desde nuestras ventanas cómo pasa y respira el mundo sin nosotros. Entonces tomo un libro, cualquier libro, qué más da, lo abro y lo leo, encontrándome con la única libertad que me otorga el encierro. 


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