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11 Feb 2020 / 07:28 am

El mundo no es visible:

una aproximación a Diosas prestadas de Ivonne Gordon

 

Por Francisco Trejo

            Uno de los libros más cautivadores que leí durante el último bimestre del año pasado, sin duda es Diosas prestadas (Ediciones Torremozas, 2019), de la poeta ecuatoriana, radicada en Estados Unidos, Ivonne Gordon. Esta obra, por cierto finalista del Premio Internacional Francisco de Aldana, revela su esencia atávica en el entresijo del verso: “Desde el mármol llegan gritos / de los que habitaron estas tierras”. Si el mito es escultura de mármol, la poesía es, más que grito, su silencio, grieta primigenia por donde emana la sustancia del ser humano, inmerso en la digna meta de la comprensión del mundo y la naturaleza. Porque impulso de la orfandad es el paradigma discursivo más remoto sobre la tierra.

            Desde que conocí a Gordon, en Tuluá, Colombia, hace un par de años, el mito griego fue centro de nuestras conversaciones, porque –quizá sobre decirlo, después de leer su libro en cuestión– la también autora de Ocurrencias del porvenir (Ediciones Hespérides, 2018) es una gran conocedora de la cultura clásica. Y, sinceramente, escucharla compartir su saber acerca de los personajes que he seguido de cerca desde mis comienzos en la lectura, me hizo pensar el mito como un leño imponderable, en torno al cual se arroja la palabra para la reinvención del fuego maternal.  

            Como rapsoda, la poeta quiteña hace que la voz lírica recapitule los pasajes vinculados con las grandes figuras femeninas del panteón griego. Cada versión de los diferentes mitos que Gordon reelabora, habla de su propia persona y su aliento existencial por medio del drama; pues no es lo mismo acudir a la historia de una Ariadna raptada por Dionisio, que a la historia de una Ariadna suicida, abandonada a las pasiones de la carne: prisión del alma, locura del cuerpo, en términos platónicos. Esta elección, a mi parecer, puede atender las inquietudes personales de quien vuelve al origen, pero también las resoluciones condicionadas por las distintas épocas. A propósito de esto, se lee en “Sirena sin tierra”, un verso intrigante de Diosas prestadas: “los mitos / descreen el tiempo de la historia”, y con este adagio se gesta la interpretación de que, para la mitología, no existe el transcurrir del tiempo, porque abarca todas las horas; es absoluta, y en ella está la eternidad de nuestra especie, ya que jamás su infinitud.

            Si del tiempo de la historia son los libros de poesía, he aquí el motivo del presente título. ¿Por qué son prestadas las diosas? Quizá porque se extraen de esa totalidad y se adhieren a la trama del tiempo presente, porque la tradición “vuelve para ver el rostro vacío de máscaras”, y porque “la memoria es igual que la embriaguez”, como se lee en el libro de Gordon. No quiero decir con esto que las personas recuperadas en el libro funcionen como careta para la sociedad actual, porque estas permanecen en la piel primigenia del universo mitológico.

Diosas prestadas es una obra que acentúa la imagen de la mujer; sin embargo, no comunica en su carácter ninguna diatriba de corte panfletario. Muestra, eso sí, y sólo por momentos, una posición acorde a las luchas femeninas de la actualidad, mismas que celebramos en variadas latitudes: “Ahora, sólo resta esquivar a los dioses / y no aceptar costillas ajenas”. No obstante, la voz lírica no pretende desarrollar introspecciones, sino que, ya lo decía: como un rapsoda dirigido a su escucha, recupera el mito desde la tercera persona, lo más objetivamente posible, en la mayoría de los casos. Esta característica en Gordon es la que hace que su propuesta se distinga de las que la preceden, como es el caso de Cartas de las heroínas, de Ovidio, obra fundada en el discurso lamentatorio de la elegía y, por tanto, en lo intimista. 

            Por último, antes de concluir esta breve aproximación a Diosas prestadas, se debe señalar el importante artificio de la descripción en Gordon, por medio del cual no sólo se elevan los singulares mitos que florecieron en Grecia, sino también se esculpen estatuas encaminadas a perdurar en el imaginario de Latinoamérica. Aunado a esto, está la precisión del lenguaje, del que derivan, a manera de aforismos, aquellas sentencias que, en sí mismas, son poemas que nos veremos obligados a citar en determinado momento: “cada piedra es una palpitación”, “la historia es un recuento de espumas y señales”, “el mundo no es visible: así lo prefieren los dioses”, entre muchas otras. De manera que recomiendo el libro, tanto a los amantes del mundo clásico, como a los que apenas lo conocen. A la manera de la Divina comedia, este libro es constructivo y, en cada una de sus páginas, el lector identificará –porque nunca es saludable aspirar al agotamiento de los temas– apenas una isla de todo el archipiélago de dioses y héroes griegos.  

 


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