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27 Ago 2019 / 06:07 am

Para que una huella permanezca que no sea indeleble: una relectura de “Evangelio de arena” de Juan Esteban Londoño

 

Por Alvin Góngora

Heme aquí. Leyendo una vez el texto acechante de Juan Esteban. En parte, es culpa de mi propia testarudez acendrada que me lleva a repetir libros, relatos, películas, canciones vez tras vez porque un primer encuentro no bastó. Sucede cada vez que texturas, encuadres, sonidos se aparecen insinuantes. Y me acechan. Por días. Por años.

Evangelio de arena es un relato en primera persona que le hace eco a la confesión de Antonio Machado cuando dijo con franqueza que él prefiere al Cristo que camina sobre el mar. Consistente con su convicción que el caminante no deja rastro pues “son (sus) huellas el camino, y nada más,” Machado opta por una presencia que pasa y tan solo deja el revolcón que anuncia transformaciones.

Que quizás no se den. No al menos en las formas permanentes e inmutables en las que uno las imagina. O las desea.

Shimón, que tan solo al final de su monólogo nos dice que el Maestro (así con mayúscula), el Hijo (otra vez la mayúscula) de mujer, lo llamaba Zelote, se sienta, ya anciano, en su barca en alguna playa de Chipre, y reconstruye en un idioma foráneo que llegó a ser suyo a fuerza de las ganas de olvidar y bajo la presión del paso de tiempo, una historia que nunca pudo desterrar de sí.

Es la de un evangelio de arena por cuanto “(e)n el reino de arena todo camino es virgen” (p. 70). La arena del desierto, pero también la constituyente de la materia visible, quizás a tono con un viejo refrán de su pueblo hebreo: “Todo lo sólido se desvanece en el aire.” No pasa de ser necedad pretender lo contrario, buscar erigir propuestas que pretendan anquilosarse. De igual manera no es sabio buscar que el camino recorrido ya haya sido transitado. Arenoso en su consistencia, la ruta lo es también en su registro.

Juan Esteban Londoño se asemeja un tanto a Leonard Cohen en un sentido: es un muchacho en quien se da cita el peso de la sabiduría de un anciano; habla con el tono grave y la ponderación propia de quienes se han hecho sólidos tras el trasiego por centurias a lo largo de mil cordilleras con sus ríos caudalosos y sus proverbiales siete mares. Cohen solía decir de sí que él había nacido viejo. No llegaba a los 30 años y ya sus poemas horadaban la dura pared de hormigón que marcaba el límite del idioma en el que escribió y cantó. De paso, ahí se puede dar otra comparación que honraría a Cohen y a tanto poeta maldito que se adentra en las tinieblas de la profundidad humana si lo comparamos con nuestro narrador: Juan Esteban es poeta. Le cuesta a su relato deshacerse de la rima interna propia de la poesía, del resultante ritmo cadencioso en su estilo: “Se oyó un grito desde el Monte de la calavera y los muros de Jerusalén fueron sacudidos: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (p. 95).

Eso mismo dicen los críticos de Francois Mauriac, en quien “la poesía constituye la esencia misma de la frase” (Marc Allyn, Mauriac et la tentation poétique, p. 15), lo cual se hace más evidente cuando el poeta escribe en prosa. De igual manera, de entrada, Juan Esteban, a quien imagino siempre niño (eso se preguntaba Mauriac de sí mismo: “¿Acaso alguna vez interrumpí esa transposición [de niño a adulto]?”), no es Juan Esteban. Es un Homero redivivo. Un poeta: “Me quito la mordaza y canto a la memoria del desierto.” La excepción es que no se invoca a ninguna musa para poder cantar la gloria perdida de Troya. La sola memoria, frágil como la arena, es lo que le va a permitir a Shimón el Zelote recorrer el arenal del tiempo, regresar a Galilea y evocar a alguien que le aseguró en su juventud que el “Reino de Dios despierta en los mendigos y en las ruinas.”

Releí a Juan Esteban entre dos narradores. Me temo que Norman Mailer a la derecha y José Saramago a la izquierda. El estadounidense, a pesar del arranque promisorio de su The Gospel According to the Son, pues el narrador en primera persona es nada menos que el Hijo mismo del Altísimo, no logra desprenderse de las amarras de la tradición teológica protestante de su entorno cultural. En Mailer, el Hijo sigue hablando luego de su muerte, lamenta en lo que su legado se convirtió a manos de sus seguidores y concluye su relato admitiendo que “I think often of the hope that is hidden in the faces of the poor.” También en El evangelio según el Hijo, Saramago trasciende las amarras de la muerte. En su texto el Hijo se levanta de la tumba, pero ha sido uno que en su vida fue mucho más hijo, mucho más humano, que el de Mailer.

Sin embargo, en Evangelio de arena no hay resurrección. Lo cual no quiere decir que la muerte se haya salido con la suya. De haberlo hecho, Shimón no hubiera tenido nada para contar en el ocaso de su vida. Tampoco hubiera tenido los arrestos para redimir en su relato a una persona entrañable: Yehudah, de inocultables ribetes iscariotes, beso incluido. Ni hubiera visto en Bar-Rabbah al insurgente que se da la mano con el Hijo de mujer, el Nazareno, en saludo solidario en el momento en que este último es condenado a la cruz. Lo que quiero decir es que Juan Esteban redime la resurrección cuando nos lleva en su relato a la trastienda del texto canónico y nos seduce como para que miremos en el juicio al Hijo de mujer (¡qué descripción más bella!) el angustiante punto de encuentro entre la imperiosa inmediatez de la liberación socioeconómica y política, y el terrible magnetismo de lo divino en la persona que llega hasta a dudar de la opción a tomar.

Norman Mailer y José Saramago coinciden con Juan Esteban (no, no estoy incurriendo en anacronismos) en que la memoria puede ponerse al servicio de alguna maravilla que el ser humano encontró y en la que Satanás se inmiscuye para agregarle la suya (la idea es de Mailer). Es así como Shimón nos dice que él supo de la manera como María Magdalena fue desplazada, y que es consciente que, aunque en la cena final con el Hijo de mujer eran más de veinte, se perpetuó la idea de que fueron tan solo doce. ¡Doce hombres! La maravilla que permanece como tal en la memoria de Shimón el Zelote, la misma que animó la pluma de Juan Esteban, se emponzoñó y terminó siendo, no una memoria, y no de arena, sino un edificio de hormigón armado que, en lugar de liberar, ahoga.

Como observé arriba, la juventud de Juan Esteban no lo incapacita para narrar como viejo sabio: “Lo masculino por sí solo todavía no es perfecto y necesita de la luna. Incluso el Espíritu es una hembra empollando el huevo de la creación que está por nacer” (p. 57). No bastándole esa virtud, en tanto narrador Juan Esteban se las ingenia para mantener la tensión en el texto, que es lo que hace que lectores y lectoras quieran seguir devorándolo. Así, por ejemplo, de manera magistral Juan Esteban introduce en el capítulo 25 un recuerdo de la infancia del narrador que salva un relato que amenazaba con caer en la pesadez. Es un giro estilístico que le da entrada a un nuevo arista semiológico: la relación entre sangre y vino, que es el que va a desencadenar los eventos del pasado antes que nos reencontremos con Shimón, décadas después, ya anciano, en una playa chipriota. No es tan solo un viejo sabio el que encontramos en Juan Esteban. Hay en él también un avezado narrador. Un curtido poeta que quizás nació adulto.

Evangelio de arena, un texto que cumple la expectativa del narrador en primera persona: “Me gustaría escuchar el evangelio susurrado por el espíritu de una mujer.” Quizás así recupere su vocación de buena noticia.

 

Evangelio de arena – Juan Esteban Londoño
Medellín: Sílaba Editores, 2018.
107 pp.


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