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11 Jul 2019 / 08:03 am

 

La poesía contra las consumidades

 

Por Fadir Delgado Acosta
Ilustración de Kaye Blegvad

El ejercicio de la escritura es una actividad solitaria, como dijo Marguerite Duras, es de los pocos oficios que difícilmente se puede hacer a dúo. Desde el escenario de esta soledad ¿cómo se podría involucrar la poesía en un contexto colectivo?

La escritura a partir de la palabra solitaria revela otros territorios y cosmovisiones que se redimen a partir de la imagen y el signo; y es la libertad el rasgo que traza con más acento la poesía; y todo noble quehacer político toma el derecho de la autodeterminación como una necesidad fundamental del individuo y la sociedad.

Esa búsqueda de la autoderminación es una de las tantas posibilidades que ofrece el ejercicio de la escritura poética, desde la creación hasta la lectura. Es una posibilidad del asombro, jamás una posibilidad de respuesta, pues la idea no es concebir la poesía como una diosa salvadora o una heroína resucitada. En ella no se hallan soluciones a las fatalidades, sólo se encuentran preguntas, y hoy, precisamente la gente no se cuestiona, no se inmuta, no mira más allá de las formas, ya sea por pura pereza o por miedo: miedo a ser, y como dijo Rober Frost «miedo a detenerse porque eso los compromete y los poderosos se apoderan de ese miedo».

Habría que decir también que el poder no sólo se aprovecha de ese miedo, también lo alimenta y lo provoca.  Y ese miedo es el otro frente que nos acompaña, que nos lleva ventaja, que nos arrastra a no pensar en el otro, a la desidia colectiva; que nos arrastra a una soledad mezquina que nada tiene que ver con el derecho de cada individuo a poseer un lugar íntimo y propio para encontrarse: derecho implícito en el territorio poético.

La creación escrita es una posibilidad de rescate y lo que más urge rescatar es la condición humana, la cual no traduce hacer uno que otro raciocinio, caminar o hablar, sino un compromiso mucho más complejo que significa no pensarnos desde lo individual sino desde lo colectivo; para ello debemos reconocer que existe el otro, que podemos comenzar a imaginarnos y a pensarnos juntos. Es así como el universo de la poesía a través de sus propios tejidos nos cuenta otros contextos, nos reinventa otros escenarios a partir de una realidad que se distancia de aquella que se muestra en esos espectáculos mediáticos que comercializan la tragedia, reduciéndola a un vulgar y banal melodrama.

La poesía en su esencia más auténtica rueda las cortinas de las múltiples formas de ver, de combatir el discurso lineal. Al invitar a otras formas de pensar crea a través de sus mundos propios personas críticas que tienen la obligación moral de detenerse, de no quedarse con la página, sino reconstruir su propia mirada.

 Dice Gastón Bacherlard: «En el momento en que el lector abandona el libro es cuando la evocación de quien escribe…] puede convertirse en umbral de onirismo para los demás». Es decir, la poesía no experimenta su estado más vital cuando se lee sino cuando se abandona para interpretarse y vivirse. Ella es en sí una experiencia de libertad, de pensar por nosotros mismos, que nos recuerda como seres «capaces del lenguaje»[i], que nos reconstruye los espacios y humaniza los «no lugares»[ii], esos lugares donde la gente está y no está, donde se vuelven sombras de otras sombras.  Esos mismos que invaden a las ciudades, hasta el punto de convertirse en referentes obligados para definirlas y trazarlas; esos mismos que arrastran cementerios de emociones, autómatas y sonámbulos que repiten palabras sin la menor oportunidad e intención de reinventarse otras y apropiarse de ellas. Pero se debería decir entonces que la creación escrita no se apropia de las palabras, más bien las libera, pero al redimirlas las hace más cercanas, y en esa medida nos da la posibilidad de tomarlas y reinventarlas.

No asistimos a ciudades, sino a huecos vivientes, invadidos de consumidores y felicidades que se limitan al tener, al comprar, hasta el punto de imaginarnos no ciudades y ciudadanos, sino consumidades y consumidores. Consumimos y nos consumen como un producto más. 

Somos consumidades que se olvidaron de indignarse, de conmoverse. Pero, ¿se olvidaron?, o ¿simplemente el pánico les consumió cualquier intención de disentir y de alzar la voz?

Bajo ese escenario se tiene que recordar que la palabra ciudadanía es un concepto político que involucra prácticas que no sólo se reducen a la llamada fiesta electoral o al hecho de haber nacido en un Estado-nación. En ese contexto la ciudadanía tiene múltiples formas de exteriorizarse, es así como se habla de ciudadanía social, política y cultural, pero básicamente el ciudadano debería ser ese que es capaz de asumir una conciencia soberana e insertarla a prácticas colectivas, no desde los rasgos de la imposición sino desde el lenguaje de la convivencia. Es decir, un ciudadano consciente de sus derechos y deberes que no sólo se piense a sí mismo, sino que busque pensar por sí mismo a los otros y de esta forma reconocer que existen los otros.

En esa medida la poesía como toda experiencia de creación remueve los tejidos, muchas veces atados por discursos homogenizastes e idiotizadores. Es una experiencia que despierta, invita a vernos desde otras estéticas y sobre todo nos recuerda que debemos sacar de las leyes del Estado el concepto del ciudadano y llevarlo al escenario de la condición humana, al escenario de ese ser que se asombra, que siente, que se solidariza, que es capaz de la sensibilidad, de concebirse como un ser de lenguaje  y de símbolos; capaz de dialogar con la diversidad, capaz de pensar su territorio a partir de sus propias palabras y lenguajes. Es así, como la creación escrita nos devuelve nuestra sombra y nos salva de ser las sombras o la réplica de otros.

No es cuestión de reducir la poesía al concepto de utilidad y encasillarla en el para qué sirve. En estos tiempos todo se mide por lo que es útil o no. Además es penoso reducir el ejercicio creativo de la escritura al capricho de cualquier costumbre o concepción social.  Entonces el asunto no es de qué servirá sino cómo podemos ser a partir de ella, cómo podemos llegar al más allá de la página, y entender que la hoja es el ropaje, el aleteo de lo escrito. La cuestión entonces no está en cuántos textos tenemos, cuántos hemos leído, sino cuántos hemos, realmente vivido.

Pasar la página de la página significa llegar a la otra orilla que reinventa alternativas para desdibujar el conflicto y la violencia; modos de lenguajes que generan desde la sensibilidad nuevas prácticas ciudadanas. Es en este contexto donde la poesía se convierte en una posibilidad de resistencia, de nombrarnos desde los signos de la imagen.  Y en los países, donde alzar la voz es invocar la muerte, los signos se convierten en una opción para pedir auxilio, de decir lo que el lenguaje lineal tiene al alcance de los ojos y que jamás podría revelar por desidia o por simple y cruel complicidad. Es allí donde la poesía se convierte en una alternativa porque re-dignifica la condición humana, desde sus rasgos más íntimos de libertad y autodeterminación. 

Nos han despojado de nuestra condición humana, y quienes nos sabemos despojados y día a día luchamos para retenerla sabemos que esa búsqueda hay que hacerla desde ese territorio íntimo que llevamos trastocado, desde ese que laceramos cada vez que nos olvidamos y nos convertimos en ecos idiotizados. Es ese mismo territorio el que intenta rescatar la experiencia poética para gritarnos al oído que somos más que objetos y útiles de una consumidad sin alma; para gritarnos al oído que somos capaces del asombro, de leernos y descubrirnos.

 

[i] Concepto de Jürgen Habermas

 

[ii] Concepto acuñado por Marc Augé


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