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13 Jun 2019 / 16:35 pm

 

Una nota sobre “El atajo” de Mery Yolanda Sánchez

 

Por Luz Helena Cordero Villamizar

El atajo no es tal. La ruta atraviesa las vísceras de este país pavoroso en el que los ríos arrastran por igual el miedo y la algazara de los niños que asoman esos ojos para otear el peligro, que entran y salen del agua mientras afuera se intercambian las balas. No sabremos nunca la suerte del niño que desentierra cangrejos porque una risa cubre el relato, en una figura que representa el cinismo de lo real no maravilloso.

Son catorce pasos y estaciones del camino en un viacrucis de la zozobra, catorce parajes del desconcierto. La narradora se traslada como un alma en pena, en cada lugar deja sus palabras, registra el absurdo y se lleva la fiebre. Es la figura repetida del Quijote en su inútil y alucinante misión. La biblioteca como imagen surreal que promete la redención, la flor en el fondo del abismo, la telaraña de la que alguien se sostiene, la trinchera junto a esa construcción devastada que promete ser la sede del conocimiento, los puentes construidos “con palabras colgantes”. ¿Dónde está la bibliotecaria? ¿Dónde los libros? Las preguntas son incomprensibles en esa atmósfera, en ese abecedario de la muerte. Los nombres de los poblados parecen sacados de un atlas incógnito. El viaje transcurre paralelamente en el suroccidente del país y dentro de una pesadilla. ¿Qué saben de estas circunstancias la “doctora del Gobierno” y sus secuaces?

Esta novela es también una crónica del abatimiento que, no obstante, traspira poesía. En ella se hace carne la certeza que tenemos acerca de la facultad que tiene la palabra poética para expresar de modo bello lo terrible. La autora utiliza dos voces narradoras que al inicio se diferencian claramente por el lenguaje y el referente al que aluden, pero en el camino se van tejiendo y finalmente se funden en un solo grito que escupe “en la cara a los dueños de la guerra”.

Mery Yolanda Sánchez escribe cada paso de esta procesión desde las entrañas dobles de su ser y las de un territorio sitiado por el abandono y la guerra. Avanza, se interna en cada círculo infernal y logra proyectar un extrañamiento, una imagen que luego rebota y nos golpea dejándonos un cuchillo en la espalda. Qué otra cosa es este país que no acabamos de reconocer. La crudeza no admite compasión. Que otros cuenten lo grato, lo real maravilloso.

 Un ojo mío se quedará en la lectura sin voz y sin poder escribir sobre párpados mojados.

 

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