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12 Jun 2019 / 08:39 am

Héctor Viel Temperley, mística desde la tierra

Por Diego Peña

Quizá lo místico no solo se limite a buscar una comunión con algún dios, también puede ser la transformación o hechura de la misma comunión. Al menos, a mi parecer, esto sucede en el poeta argentino Héctor Viel Temperley. Por ello, no se puede decir de este poeta que evolucione, sino que explora diferentes formas de su espiritualidad. Es decir, distintas maneras de unirse con un dios, en la mayoría de casos el cristiano. La presente selección[1] pretende mostrar algunas de esas exploraciones.

 

EL NADADOR

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.

Soy el hombre que quiere ser aguada

para beber tus lluvias

con la piel de su pecho.

Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo

para tus lluvias mansas,

para tus fuertes lluvias,

para todas tus aguas.

Las aguas como lonjas de una piel infinita,

las aguas libres y las de los lagos,

que no son más que cielos arrastrados

por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.

Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas

aguas de los arroyos

se sostiene vibrante,

como en medio del aire.

Mi cuerpo que se hunde

en transparentes ríos

y va soltando en ellos

su aliento, lentamente,

dándoselo a aspirar

a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada

hasta las lluvias

de su infancia,

que a las tardes crecían

entre sus piernas salpicadas

como alto y limpio pajonal que aislaba

las casonas

y desde sus paredes

celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada

por las memorias de las aguas

hasta donde su pecho

recuerda las pisadas,

como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo

rodaba hasta los ríos como un viento

y hacia al agua tan azul que el hombre

entraba en ella y respiraba.

Soy el hombre que nada hasta los cielos

con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.

Gracias doy a tus aguas porque en ellas

mis brazos todavía

hacen ruidos de alas.[2]

 

Aquí, la comunión se da entre el agua y la humanidad, pues nos insinúa que el agua es la sustancia que permite la unión con el Señor. Parece que ese amor místico por lo esencial lo lleva a encontrarse consigo mismo, es decir, su cuerpo. ¿Acaso la esencia del ser humano no puede ser su corporeidad? La exploración espiritual se da en lo más cercano, no busca un mundo aparte para poder explorar lo místico. El poeta nos sugiere, a mi entender, que lo espiritual reside en lo más terrenal. Lo anterior, lo vemos más claro en el siguiente poema:

 

A MI CUERPO

Señor, mira mi cuerpo.

Mira mi cuerpo antes que yo lo llame

y él me llame gritándonos

de lejos.

Mira mi cuerpo, este animal antiguo

como el río más antiguo

y joven, todavía, como el agua

cuando aprendía a nadar,

sola entre cerros.

Señor, mira mi cuerpo.

Mira mi cuerpo, torre de mi infancia,

mira mi cuerpo, cueva a la que vuelvo

siempre

a sentarme solo

ante tu fuego.

Señor, mira mi cuerpo

como yo lo veo.

Oh cazador del agua en los veranos,

oh cazador, de mi alma

prisionero.

Oh cazador sediento de su casa,

más antigua que el alma,

más joven que su miedo.

Lo amamantaron entre pajonales

donde ya te perdía

el viento, con tristeza.

Lo amamantaron entre pajonales,

oh cuerpo mío, antiguo cuerpo mío,

cueva para el amor,

torre para la guerra.

Señor, mira mi cuerpo. Es inocente.

Oh cueva de tu fuego,

oh torre joven.

Por los largos veranos que aún le esperan,

por estar junto a mí,

que me perdone.[3]

 

 

Como decía al principio, Héctor se encuentra influenciado por el cristianismo, pero, también como decía al principio, busca transformar esa espiritualidad que condena a la carne y exime al alma. Este poema, como muchos más de él, exonera al cuerpo y culpa al alma. ¿Quizá sea un error redimir el alma? ¿Es ella la parte corrupta del humano? En los dos anteriores poemas, podemos darnos cuenta que esta exploración mística consiste en buscar lo espiritual en lo más terrenal.

 

HAY UNAS FLORES VIOLETAS

Hay unas flores violetas

en un monasterio

que en invierno crecen como un colchón

a la sombra de los árboles.

Y uno puede tirarse de pecho

sobre ellas

y sentir hasta el alma

la humedad de la tierra.

Un día, le pedía a Dios, con lágrimas:

Carajo, estate siempre así conmigo

como ahora.

A vos sí

te pido que me quieras.[4]

 

El poema nos confirma la sospecha que teníamos con el mar. Este poemario se compone de poemas cortos que se asemejan a viñetas, esto nos da el efecto de que estamos mirando diferentes escenas de la vida donde podemos comprobar una presencia mística. Esta forma de elaborar los poemas le permite al autor hacer evidente una especie de panteísmo naturalista que desarrolla a lo largo de su obra. Dios está en todo, pero su mejor expresión es la naturaleza. No se olvida el cuerpo, gracias al contacto con las flores se siente hasta el alma.

 

BUTA RANQUIL

Cambio despacio

una pieza del coche

en un lugar muy desierto y muy pobre

que se llama

Buta Ranquil, papá,

y pienso en dónde estarás ahora,

que hace tres años te moriste,

y sé que no me haría esa pregunta

si no te sintiera cerca

y en una forma nueva,

abierto, libre y cerca

en el aire de Buta Ranquil, papá.

Después, como una aljaba

con una cruz encima,

para un San Sebastián

y demasiadas flechas,

hay un rancho pequeño. Y corre el agua,

se oye correr el agua

entre unos sauces.

El sol entibia.

Es como el fin de un viaje.

Y me tiro en el piso

de tierra del corral,

con los brazos en cruz,

con las piernas abiertas.

y me puedo morir sin ningún asco

de mi cuerpo pudriéndose,

porque todo es muy pobre,

es casi el cielo,

ni el horror, ni el cansancio,

ni mis propios pecados.

Y vos estás de nuevo con tu hijo,

y vos estás, papá, casi tocándome,

cerca de mí, papá, y en una forma nueva,

libre y abierto en este aire indio

de morir o llorar, recién nacido.[5]

 

 

Describe, por medio de imágenes, lo que sucede en un entorno bucólico. Además, gracias a que una parte de su ser se conecta con el entorno puede llegar a una comunión que le hace sentir a su padre muerto. La conexión que logra hace que continúe en el cuerpo, pues al sentir un muerto ahí entiende que es la carne lo que hace una verdadera vida eterna en la tierra. Sin embargo, Temperley no solo llega a la experiencia espiritual por lo terrenal, también, usa el alma como veremos en los siguientes fragmentos:

 

HOSPITAL BRITÁNICO

Mes de Marzo 1986

Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo a visitarme.

Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo.

Mi madre es la risa, la libertad, el verano.

A veinte cuadras de aquí yace muriéndose.

Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara —en Tu llanto— para comenzar todo de nuevo.

[…][6]

 

HOSPITAL BRITÁNICO

Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo. (1984)

 

[…]

ME HAN SACADO DEL MUNDO

 

Soy el lugar donde el Señor tiende la Luz que Él es.[7]

Nos percatamos que durante su obra poética Héctor Viel Temperley usó un lenguaje directo, aunque en ocasiones tendiera a lo metafórico. Aquí se rompe ese lenguaje directo en la parte del mensaje. Es decir, ya no nos dice algo de manera concreta, sino que nos insinúa todo el mensaje con palabras carentes de ornamento. Pareciera que al volver a la forma más clásica de espiritualidad, el alma, necesita crear en el lector un estado de suspensión de la conciencia. Al terminar de leer estos poemas, al menos en mí, queda una percepción de no entender del todo lo que está diciendo, pero de sentirlo. Al final de cada poema como que se nos transfiere el estado de comunión mística que vive el yo poético. Lo anterior, me hace pensar que aquí se cierra la exploración literaria que el autor propone desde sus primeros poemas y se cierra, por casualidad, la vida misma del autor: Héctor Viel Temperley (1933-1987).

 

No veo este último libro como la inversión de la inversión que el poeta había hecho del cuerpo y el alma, solo es una nueva búsqueda para lograr la comunión. Además, el dolor del cuerpo y la cercanía de la muerte hacen que se migre al alma como lo expresa el mismo libro. No obstante, el cuerpo se queda:

 

YACE MURIÉNDOSE

Toda la transpiración de mi cuerpo regresará a mis ojos cuando muera el tambor en donde fui formado y hablé con Él —como un niño borracho— entre sillas caídas, río crecido y juncos.

Todas las lágrimas de mi vida volverán a mis ojos; y por las hondas sedas de un pecho de caballo querré internarme, huir, refugiarme en mi casa de trozos esparcidos de ballenas: mi casa como cuerpo de varón recién nacido en el tórrido viento del silencio.[8]

 

  

Héctor Viel Temperley (Buenos Aires, 1933-1987) Poeta argentino de tradición mística. Entre otros, publicó los libros: Poemas con caballos (1956), Humanae vitae mía (1969), Crawl (1982) y Hospital Británico (1986). Su obra completa fue publicada por Edic. del Dock.

 

Diego Peña (Bogotá, 1996) Escritor, estudia Creación Literaria en la Universidad Central y Filología Clásica en la Universidad Nacional. Quedó en el tercer puesto en el concurso de cuento Andrés Caicedo y finalista en el concurso Mirabilia de cuentos de ciencia ficción. Ha sido ponente en varios eventos como el I encuentro de programas de Creación Literaria y Escrituras Creativas de las Américas. Es director del grupo literario Contracartel. 

 

[1] Todos los poemas fueron extraídos del libro Poesía Completa, publicado por la editorial Aldus en México (2008).

[2] Del libro El nadador (1957)

[3] Del libro El nadador (1957)

[4] Del libro Humanae Vita Mia (1969)

[5] Del libro Plaza Batallón 40 (1971)

[6] Las elisiones son mías, pues podemos considerar este libro como un solo poema largo. Aquí solo presentamos fragmentos.

[7] Del libro Hospital Británico (1986).

[8] Del libro Hospital Británico (1986).

 


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