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05 Jun 2019 / 06:12 am

 

Publicamos una selección de Ojiva libro reciente del poeta venezolano Néstor Mendoza (Mariara, 1985) editado por Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019.

 

 

 

XXI

Parca fue su partida, así tan
parca o quizá tan súbita como
el impacto de la muerte
empaquetada en forma de huevo
que devastó todo lo verde y todo
lo azul del cielo. Por eso ahora
todo es blanco. Todo tiene
el tono de la cal que cubre a
las mascotas olvidadas por
sus amos. Dicen que el descenso
no fue vertical. La ojiva se movía
con diversos ritmos; al horror
hay que darle su tiempo:
debe durar o hacerse sentir
con fuerza. Debe administrar
muy bien sus efectos. Las casas
perdieron sus colores, sus fachadas
cayeron como naipes en una mesa
que ha quedado, al fin, limpia,
diríase dormida. Un muro blanco.
Vino lo blanco, lo blanco.
Tiesos quedaron. Desde tierra
el artefacto tiene forma de huevo.
Es un ovoide metálico, líquido,
no se sabe. Tampoco se sabe si
viene tripulado con destrucción.
El día transcurre claro, no existe
la sospecha del descenso;
los paseantes siguen acumulando
las rutinas en pequeños y manejables
frascos de cristal, sin sospecha
alguna de la detonación. Aún no
llega la onda expansiva. Los cuerpos
aún no reciben el choque previo a la
desaparición. La ojiva aún no silba
su canto de muerte a los oídos vivos.
Hay un sonido seco, vibrante,
reservado a los últimos sobrevivientes.
Para ellos habrá un susurro de viento,
un golpe de aire, no medible, que les
dejará una breve sordera antes de
que sus cuerpos se tornen blancos,
puros al fin, inmaculados.

 

 

 

 


XVIII

Este es el sitio de los desafectos.
Hubo tiempo, desde luego, para el suicidio.
Las navajas fueron utilizadas para
interrumpir el curso de la sangre.
Los balcones sirvieron de acantilado.
Algunos eligieron la breve soledad
de una habitación, lejos de hijos,
de esposa, lejos de madre y padre,
para la decisión definitiva. Eso era todo.
No se puede creer que el descenso elegante
del huevo provoque esta actitud de efigies.
La saciedad no significa la anulación del hambre,
no siempre quita el silbido de los estómagos,
estos estómagos, aquestos estómagos vacíos,
están vacíos, muy vacíos, estos estómagos
de los espectadores de todo lo que cae en forma
ovalada, otra vez, esta vez, el ruido y las tantas
formas de perder la vida con una sola detonación.
El hambre no era ganas de comer
sino la tristeza de estar solo y hambriento.
La rebelión de bolsas abiertas y dispersas
en el camino que no parece llegar a ningún lado,
salvo a otras bolsas igual de abiertas y dispersas.
Y los que buscan y encuentran son tan iguales
a los que no buscan y no encuentran nada, salvo
algún fragmento o vestigio que resguarde un
bocado a la hora del almuerzo o la calma ya
resignada de buscar una botella para llenarla
y agitarla con ambas manos para que desprenda
ese sabor que abajo se aloja, sabor rojo de salsa
olvidado allá abajo, en el fondo, añejo, sin barricas.
Somos tubérculos, llevamos encima la tierra
y las raíces, sucias, bastante escuálidas
para correr, no dan las piernas para correr,
no dan las piernas para caminar, no dan para amar.
Somos tubérculos: deberíamos serlo por el consumo
infrecuente; la piel se endurece, la piel es oscura, de yuca,
terrosa, tiene el color de los objetos enterrados, aquellos
objetos que crecen ocultos, con raíces, muchas,
peludas, brazos pequeños, alargados, que crecen
para sujetarte al suelo, para no irse, para morir aquí.

 

 

 

 

 

XVII

Más cal para los muertos; una pala más de cal,
de su blancura que detiene el avance de los
olores, que disimula la peste con polvo blanco,
momentáneamente, pero no impide que surja
el coro de larvas y de las alas que transforman
lo que alguna vez fue un bello organismo.
Los cuerpos estaban quietos y en fila india,
en filas numeradas, con brazos marcados,
por orden de llegada o por orden del caos
o por quien sea capaz de decir quién va en
la punta o quién va en la cola, de último.
Casi daba lo mismo quedarse en casa, cómodos,
o en algún vagón o vagando y quizá calmando
el hambre, domándola, amaestrándola en la
búsqueda de la saciedad; ojalá llegue la ojiva
y calme, y acabe, a lo mejor, esta hambre.
El hambre también era una bola y rodaba.
El hombre también busca cómo irse
y solo encuentra una opción en la caída.
El hombre decide, no le queda otra opción,
que buscar consuelo desde un alto piso.
No quisiera que cayeras desde arriba, solo,
sin nuestras manos sujetas a las tuyas
para persuadirte de que tu caída irreparable
no debe ser como la de la ojiva; no caigas,
amigo mío, no caigas, que la vida también
puede vivirse luego de este daño heredado.
Tan casando estamos, tan aferrados a esta
quietud de cosa próxima a la despedida.
El cuello duele, alguna parte debe estar
dormida, medio muerta, desanimada, ansiosa,
sudorosa, confundida, con ganas de ver otras
maneras de sentir la aparición o la desaparición.

 

 

 

 

I

Y no tanto la muerte sino la pérdida
de todo temor a morir. Y no tanto
ser aplastado o convertido en quietud
blanca sino el convencimiento de
vivir sin motivaciones reales; sin
miedo iban a buscar motivos para
no morir y justificar la monotonía
de la búsqueda incansable; seguían
viendo el pecho al aire, pequeño,
en lactancia materna, y en esa mínima
boca de niño que chupa el pecho
y los paseantes que miran la succión.
No se logró registrar las maneras de
aniquilar. La onda expansiva duró
tanto y tan sostenida fue su trayectoria
que la muerte llegó y se ajustó a la medida
de todos los zapatos roídos, cansados
de tantos pasos alrededor de la ciudad,
en búsqueda tenaz y bastante agotadora
de esos globos que de la ojiva caían, no se
sabe si bolsas nutricias o vacías pero muy
aptas para la asfixia de todos.
Ninguna escoba
pudo barrer tanto
polvo blanco del suelo.
Del cielo nadie pudo
atajar la caída del fuselaje
y su inestable movimiento.
Al fin cayó la ojiva
y calló a quienes aún
gritaban. Ojalá hubiese
quedado algún
superviviente
para contemplar
este paisaje de cal,
lienzo sin matices,
solo figuras
blancas, enflaquecidas,
que si se tocan
se desploman
y generan una
nube de fino
polvo,
más bien
ce
ni
zas.

 

 

 

Néstor Mendoza (Mariara, Venezuela, 1985). Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Ha publicado tres poemarios: Andamios (Equinoccio, Caracas, 2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011;  Pasajero (Dcir Ediciones, Caracas, 2015) y Ojiva (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019). Finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven «Rafael Cadenas» 2016. Su trabajo poético figura en algunas selecciones dentro y fuera de su país natal, entre ellas, Destinos portátiles. Muestra de poesía venezolana reciente (Vallejo & Co., Lima, 2015); Tiempos grotescos (revista Ritmo, UNAM, México, 2015); Nuevo país de las letras (Banesco, Caracas, 2016), Lyrikaus Venezuela. Nochbleibtuns das Haus (Hochroth Heidelberg, Alemania, 2018) y Antología de poesía iberoamericana actual (ExLibric, Málaga, 2018). Forma parte del consejo de redacción de la revista Poesía, de Ediciones «Letra Muerta», de Poemashumanos.com y del equipo de colaboradores de la revista bilingüe Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán e italiano.    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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