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29 May 2019 / 10:45 am

 

Selección y nota de Danny León

 


Alejada de los círculos literarios, relegada en su provincia y olvidada en cuestión de años, Carmen de Gómez Mejía (Piedecuesta, 1916) dejó en su haber una obra de seis libros publicados en vida, dos antologías y un poemario inédito. Editada en cortos tirajes que no contaron con mayor difusión y trascendencia. Carmen cimentó una obra personal, silenciosa y de un gran calado simbólico, donde se denota un tratamiento particular de temas como el dolor, la muerte y el abandono. Aunque contó con los juicios favorables y los elogios de autores destacados como Jorge Zalamea, Luis Vidales o Aurelio Arturo, su figura en el panorama de la Literatura Colombiana— como la de tantos otros — es prácticamente nula. Vale la pena, ahora que estamos en una época de revisionismo de nuestra tradición, no solo rescate y la relectura de Carmen de Gómez Mejía, sino también el otros autores ( mujeres y hombres) encasillados bajo la etiqueta despectiva de poesía regional. La presente selección tiene como base el libro 33 poemas, publicado por la Editorial UNAB en el año 2001.

 

 


Juan Carlos

Ya por tu ausencia sube
los niños con sus trompos de colores
a esperar las alondras.

Juan Sánchez Lamouth

Por alguien pregunta mi voz.
¿Es por el hijo muerto?
Por nueve meses lo llevé en mi cuerpo;
se hizo flor en mi sangre.

Su vida tuvo un nombre:
Juan Carlos, espiga de mi corazón.

Se partió en dos su vida
como las alas de un ángel.
Desprendido de mi carne
se esfumó al filo de la primera luz.

¿Cómo eran sus ojos?
¿Cómo eran sus cabellos?

Caracoles azules
debía tener en su mirada
y cabellos de noche
sobre su frente de oro.

Y en su garganta ese aletear primero de los bosques
y en sus manos arco iris de presagios
y en sus pies naciendo las raíces de los lirios.

No hubo dolor en el alumbramiento;
más pesaba la nube que su cuerpo disuelto
por mi pena y la fuerza del tiempo.

Todo el paisaje era blanco.
Subía por mi garganta un sabor
salobre de mar muerto;
mi cuerpo no percibía el milagro.

Voces interiores anunciaron
el mensaje de su muerte.
Desperté como de un sueño,
taladrada de silencio.

No estreché contra mi carne
la forma de su cuerpo;
guardaron su sonrisa en la madera blanca
llevada por los ángeles.

 

 

La voz de la sangre

La sangre es inmortal. Pasará a la memoria
Cuando ya no existan las arterias.

Cardón Baireira

Madre:
vengo desde la tierra de tus huesos
donde nacieron mis palabras,
donde creció mi vida como un árbol.

Frente al silencio de los muertos
te busco en las cosas más elementales:
en una flor, en una mirada,
en una sonrisa, en una palabra.

En la campana de mi infancia que es la tuya,
la misma que repicaron tus ángeles celestes.
En la campana de la vida y de la muerte;
el mismo viento que estremeció tu sangre.

Y te busco tanteando los abismos
y te busco presintiéndote.

Un poco de aire es tu pensamiento,
un trozo de niebla tu cuerpo;
vacío ahora tu corazón.

Lo óxidos de la muerte están enmoheciendo
todas las formas palpables:
la flor de tus ojos,
la raíz de tus cabellos.

Pero tu sangre está aquí repicando.
Yo la llevo viva entre mi pecho,
yo la llevo pensando.

 

 

Presencia del silencio

Un bosque de invierno, horizontes violetas
y golondrinas heladas
fue todo lo que quedó de nuestro sueño.
Yo sentía próximo el final de la existencia
y entre tu palabra y mi palabra crecía el silencio.

Coloreada de raíces por el único verano
iba hacia ti sangrada por el último aleteo de las aves
y por la nieve de los bosques morados.

Todas las palabras se han quedado temblando;
mi corazón no sabe si es muerte o vida este silencio.

Estoy triste, hasta mí llega el viento
con sus campanas.
Seguiré soñando con una primavera que no llega.

Las almas como las flores también tienen estaciones;
este es un paisaje blanco, como las olas.

Aquí en la forma de los bosques está el invierno
con sus aves muertas,
los niños ciegos, los surcos desolados, las raíces secas.
Jamás sobre mi forma habrá otra forma
más perfecta,
ni otro paisaje que iguale a mi existencia.
Jamás ninguno tan hermoso como este próximo
a la muerte.
Este que me está nevando el alma,
este que me está doliendo en la sangre,
este que me está asombrando con mi silencio.

 

 

Peso

Adherido al paisaje mi cuerpo se curva
como los frutos en verano
y mis pulmones piden oxígeno
al azul secreto de las aguas.

Yo no quiero más tierra para mis hombros,
ya no quiero más cielo para mis ojos.
Feliz el que no sabe de este peso que agobia
y el que no ha visto morir en sus manos
estrangulado el sueño como racimo de palomas.

Feliz el que desde sus abismos
puede mirar tranquilo un rebaño de turpiales
y llenarse de estrellas y de frutos la boca.

Pesa el alma, pesa el cuerpo, pesan los ojos.
Y hay un límite entre la tierra y el hombre,
después polvo tapándonos la cara
y más allá la levedad o el peso de Dios.

Yo no quiero más tierra para mis hombros,
Yo no quiero más cielo para mis ojos.
Los hombres lloran frente a las puertas
cargados de sueños rotos.

Percibimos el misterio de Dios en todos los sitios.
A nuestra espalda se confunde y se evapora el hombre
y yo estoy sola sosteniendo al mundo entre mis manos.

 

*


Esperanza

Esperé en vano a la puerta de la casa.
En vano esperan los hombres.
Todos esperamos la primavera.
¡Oh, los últimos peldaños del ensueño!
Bajarlos es sentirse sin oxígeno;
estos son los caminos que llevan a la muerte.

¿Habéis sentido frío? Tocadme.
Sin embargo, hay otro sol alumbrando,
calentando el mundo.

A la espalda escueta de mi canto
está la primavera.
Y miro el sol frente a frente,
yo cargada de cadáveres.

El otoño no está muy lejos,
la sangre busca sus caminos
por las raíces de los muertos.

Pero yo insisto en creer que llegará
a mi corazón la primavera
y entonces no me pesarán tantos cadáveres
y el mundo no será el mismo.

 

*

 

Única en mi dolor

Yo estoy sola en mi casa de dolores,
no percibo el rumor de los de afuera.
Es un olvido de todos los comienzos
y de todas las cosas exteriores.

Sobre mis riberas de silencio
hay niños pintando corazones.
Qué importa que me duelan estas formas
si yo estoy sola entre mi dolor y mi silencio.

Entre Dios y yo, aislamiento.
Entre el hombre y yo, un paréntesis.
Estoy anclada, sola
en mi último momento.

 

 

Carmen Ortiz de Gómez Mejía


(Piedecuesta, 1916 - Bucaramanga, 2002) Poeta y periodista, fue Miembro de la Academia de Historia de Santander y de la Academia de Filosofía y Letras de Bogotá. De ella dijo Ramiro Lagos: “Su poesía, aunque insular en Colombia, comienza a abrirse paso dentro del amplio marco de la poesía testimonial hispanoamericana”. Su obra fue comentada por autores como Jorge Rojas o Aurelio Arturo, quienes fueron jurados del concurso que ella ganó en 1966.

Obras: Altos muros (1961), La voz sobre la nada (1963), Estación del ritmo, Primer Premio Concurso de Poesía Emilio Pradilla (1966); La sombra de los rostros (1967),
La casa de los espejos (1975), Los rostros de los niños (1981), A orillas de la sombra (1993), Poemas - Antología (1999) y 33 poemas (2001).

 


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