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09 May 2019 / 06:34 am

 

NOMBRAR EL DÍA


Por Miyer Pineda

Fernando Pessoa, el Dios de los mil rostros, recibe en el umbral a los viajeros que quieran entrar al libro Nombrar el día (Gamar, 2019), del poeta caleño Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz (Cali, 1951). A lo mejor todos somos un alter ego lesionado de Pessoa, uno de sus fantasmas equivocados flotando más allá de su universo. Quizás de eso se trata la premisa poética de Jorge Ordóñez, le propone al lector buscar asidero en el desasosiego: “la vida cada día recupera su ritmo” dice Pessoa, y Ordóñez invita al lector a dar cuenta de las fábulas en el otro lado de esa moneda.
En este libro mágico y mordaz, Ordóñez insiste en agudizar el poder de lo simbólico, nutrido en imágenes y en núcleos de sentido, capaces de instalar otra torre de vigía en la frontera del universo poético que ha ido construyendo durante décadas. Alquimista depurador de la condición humana, estructura el libro en una semana de pasión. Aquí el número siete es mágico y contundente; se entiende la razón por la cual comienza con poemas epistolares desde Leopold Bloom a Ulises: cada día todo ser humano vive su propia Odisea, su propia pasión, no solo en el sentido del sufrimiento o padecimiento, sino en atención a lo que nos señala Pessoa, ese ritmo en el que se puede vivir, respirar, desear, descreer y contemplar; la noche es la que alumbra al viajero porque la luna es un camino.
Nuestro mundo sin sirenas es solo de tedio, la rutina nos arrastra entre escombros, noticias y cadáveres; sin dioses, sin sueños, sin espantos, somos la burla del “tiempo sin oficio” (p.14). Ya sin héroes “la vida es simple como un gancho de ropa” (p. 13).
Se trata de poemas sentidos, demoledores: “Olvidé amarrarme los zapatos, madre,…/ Que te puedes caer, tú me decías,/ ¿y cuántas veces me desplomé de bruces, de nalgas, desamores?” (p. 15). El libro depura lo mejor del estilo del poeta; heredero de una tradición fílmica y atroz, en la que la poesía brota de la imagen en su aparente inocencia. ¿Qué vaso comunicante hay entre el cine italiano y Chaplin? Allí nuestro paraíso perdido en el que el tren, el son y la lectura de los grandes poetas, aroma los días de quienes sentimos que vivimos en un país más parecido a Vietnam que a otros reinos: “Hoy es gris mate sobre la tierra” (p. 17); el poeta es ese personaje que aparece con un abrigo rojo mientras recorre el infierno a blanco y negro, así como nos lo enseñó Spielberg mientras descifraba los campos de concentración.
A lo mejor la tristeza y el tedio son lujos que aún podemos darnos; a lo mejor son un par de entradas o de provocaciones para que la belleza nos lastime con el asombro y su extrañeza, contagiadas desde la carga poética en el arte o en la amistad, esa otra forma de la Estética: “Triste y cordial la tarde/ con su pobre vestido de domingo” (p.19), “Usted las vio, María/ cuando era bueno llamarse María” (p.21). Poemas reposados, irónicos, tranquilos como las piedras en la orilla de un río dormido en el sueño del poeta.
Y de la Luna pasamos a Marte, de la noche luminosa a ese Dios que guía los días y se ensaña en el destino de los hombres. Pessoa permitirá entender mejor el peso del poema “Ciudad”, en el que se describe la enfermedad exhibida sin pudores en las precarias aldeas medievales, encubiertas en la modernización, y por tanto, “en víspera de cataclismo” (p. 26). Vivir es guerrear, luchar, estar a merced de misterios y de bárbaros, “un hombre es convertido en estatua de sal bajo el semáforo” (p. 25), “Un sordo hace sonar una caja de fósforos/ su risa de hilachas cae como inútil maná/ en los paraguas que flotan en la lluvia” (p. 28).
La poética de Ordóñez rastrea la esencia del arte; leemos poesía porque aunque somos conscientes de “la indiferencia de los astros” (p. 28) sabemos que el mito siempre estuvo anclado en las palabras, y que los poemas lo recomponen en sus imágenes y en sus silencios, aunque la vida de los hombres no sea más que un compendio de “fragmentos de viaje” (pp. 29 a 31).
Nombrar el día (2019) nos enseña que la poesía es eso: “una joven desnuda picoteada por alucinados colibríes” (p. 30), una “ciudad que dormita” a cuestas de insectos soñados por Kafka, y de los cuales “nos separan varias glaciaciones” (p. 32).
En el día de Mercurio llovía. Al nombrar a Hermes se comprende el poema “Ladrón diurno”; allí un alfabeto secreto y un botín cifrado en la imagen poética, “en un pacto que sólo obedece a la noche” (p.37). Ladrones, pobres, ignorantes, desplazados, pordioseros, políticos deformes, poetas y asesinos comerciantes de la muerte. Cada acción u omisión de los hombres tiene su dios, no olvidemos que Hermes, además de ser el mensajero y uno de los creadores del alfabeto, también es dios del ladrón, del prestidigitador y del comerciante. Cada uno de ellos, a su manera, es Atlas sosteniendo la realidad que nos circunda, ese “reino de piltrafas” (p. 40).
En el día de Júpiter, la nostalgia sabia y poderosa del gran Dios envejecido recorriendo la ciudad, o huyendo de ella mientras descifra las raíces que lo sostienen a este mundo desde el otro: “pasa ensimismada/ la muchacha que una tarde/ iluminó con sus ojos medievales” (p.47).
Ahora va Nadie en la cóncava nave de la existencia, sin otra posibilidad de encontrar a las sirenas, a Circe o a otras hechiceras; al menos otras islas en las que algún perro reconozca también las cicatrices. Al poeta lo sostiene la memoria: “Tu vestido que cae/ como una oración entre la sombra” (p.49), “pienso en el termal, en su hongo de fuego/ donde mi cuerpo flotó un instante, junto a otro cuerpo,/ herido, tal vez, por la fugacidad de un aerolito” (p. 54).
Al llegar a Venus, la ciudad retorna con sus cadáveres y su histérica banda sonora; sólo queda comprender el tedio y advertir su cercanía a la belleza: “ninguna crónica habla del choque/ entre un furtivo murciélago y un poeta que sufre de insomnio” (p. 58). El poeta hace que la poesía resplandezca en el misterioso encuentro de la sabiduría y lo real, porque la poesía late allí, en esos momentos sin importancia: “si tu voz, escondida en la sombra del rebaño” (p. 61) se pronunciara, a lo mejor la vida podría respirar; eso dice el vocero de la tribu, alejado del mundo y sus frivolidades: “Así la vida, pienso,/ es ese instante de euforia,/ hasta que alguien, desde la sombra,/ lanza un guijarro/ y todo se aquieta en un segundo.” (p.63).
En Saturno la muerte es otro mar y el lector comprende que las palabras están gastadas; el poeta advierte que solo llueve sin sosiego (p. 67), entre extrañas músicas que nos descifran. Quizás esa es la razón para buscar la fuga, esa Alaska en la que respira el alma de Alexander Supertamp y que nos enseñó lo que realmente significa la felicidad, mientras Thoreau, London, Pasternak, Sharon Olds y lo salvaje, suceden sin remedio, lejos de un reino de asesinos. Jorge Ordóñez, en las imágenes de Nombrar el día (2019), define la poesía, ese “resplandor efímero/ donde quizás habita el mar” (p. 73).
El día del Sol es la última estación, y como en toda estación esa “saudade de algo”. Se trata de la poética del péndulo; ese tránsito entre umbrales, entre mundos poblados de criaturas al margen de los hombres y de su precaria existencia. El poeta es Galileo descifrando el misterio, pero a merced del ruido de la infamia. El poeta detiene el día para nombrarlo y cifra los instantes: “y mi mano tejiendo estas palabras/ con la pasión de un navegante solitario/ que empieza a remar hacia la noche” (p.77). El lector al pensar en la odisea de lo cotidiano se asume como el lugar en el que sucede el viaje, se asume habitado por fantasmas y abismos y heridas por resanar con las palabras inútiles frente a los recuerdos. La poesía apalabra el día y resguarda nuestros ojos en la sombra para que la belleza se detenga al menos un instante.
En el libro ese poder de síntesis en diálogo con la sabiduría del artesano que pule sus versos mientras se contemplan las aguas del río que somos a destiempo. No se trata de la audacia gratuita o impostada; se trata de un imperio ontológico conquistado, anclado unas veces en la infancia, otras en el reino nostálgico del café o en la orilla desde donde nos preguntamos por el ser mientras padecemos lo real. Bienvenidos al mundo del poeta, sujetar la nostalgia es necesario, ahora que los amigos se diluyen dejando sus músicas cifradas en versos poderosos: “mi lucha cotidiana es tan heroica como la tuya:/ mi destino consiste en no tener destino,/ sólo en pasar por el ojo del día/ como un camello ciego hacia la nada” (p.14).

 

COMO UN BARCO SIN MÚSICA

Uno va por ahí, mirando las vitrinas,
ajeno a la fluctuación de la bolsa,
a los cambios climáticas
por el enfurecimiento del sol
y de pronto lo sorprende una vieja melodía
que no por coincidencia
le relata su precario paso por el mundo.

Para mayor sorpresa, pasa ensimismada
la muchacha que una tarde
iluminó con sus ojos medievales
la epifanía de unas palabras.

La primera intención, decirle algo,
un poema quizás, o simplemente
tenderle la mano para que entienda
el pacto secreto de la sangre.

Pero no, la vida no pasa en vano,
edifica silencios, oscuras cicatrices,
y, entonces, la mujer sigue pasando
como un ave extraviada o un barco sin música
y las miradas se pierden en un horizonte de anuncios
y baratijas simples
como un reloj son horas
o una escalera abandonada en el patio.

 

DOMESTICAR EL TIEMPO

En la casa de campo
la yegua negra,
la yegua blanca
le dan vueltas al círculo,
un mocetón las azuza con una vara
hasta que aparece un labrador oscuro
y empieza a perseguir sus briosos cascos.

Así un buen tiempo:
la mañana es un río bullicioso
con el piafar de las bestias
y el perro inquieto
que se fuga, sumiso,
cuando una piedra interrumpe su faena.

Así la vida, pienso,
es ese instante de euforia,
hasta que alguien, desde la sombra,
lanza un guijarro
y todo se aquieta en un segundo.

 

OLVIDOS

Olvidé amarrarme los zapatos, madre,
tú me despedías sin besos, apenas una señal de cruz en el aire,
tan cerca del aljibe, ponías en mi siniestra una granadilla
y en mi maleta escolar un lápiz que olía a maderas ocultas,
aserrín de algún sueño que contaban los hermanos menores.

Que te puedes caer, tú me decías,
¿y cuántas veces me desplomé de bruces, nalgas, desamores?
Quise aprender tu lección, casi analfabeta,
pero el olvido fue mi yermo territorio.
Aún recuerdo que pintaste a Moisés separando las aguas
con tus rasgos menudos, casi con vergüenza,
porque yo tenía el brazo entablillado, tal como ahora
el corazón, la vida, entablillados,
y mientras dormía en un laberinto de monstruos y temores
tú, bajo el mosquitero, intentabas curarme
con un aceite fétido de tuétano y lombrices.

Ahora, con esta voz que me sale a hurtadillas,
por entre matorrales de cemento y de niebla,
quiero decirte que tus pasos endebles, a causa de la artritis,
suenan con tanta fuerza en mi escalera crujiente
que ya puedes respirar tranquila: no me he vuelto a caer
así lo espero. Cuando miro mis zapatos, como focas
invernando en un rincón de la buhardilla,
no puedo menos que sonreír despacio y aspirar con ternura
ese bálsamo que ha curado la desolación de mis madrugadas.

Vuelve a nevar ahora, vuelvo a escuchar tu voz
como un susurro que arrastran los duendes germinales del patio.

 

ALASKA

Quiero llevar mi corazón a esos bosques de nieve
ahora que tengo en los labios una fruta de sabor amargo,
minuto tras minuto, incluido el avaro momento del sueño.

Hay un fantasma dentro de mí,
encogido bajo su báculo de roble,
se niega a sonreír, a comenzar el día.

Entonces pienso en Alaska y quisiera para mis huesos
esos largos meses de hibernación,
cuando el oso desaparece
y regresa meses después,
tímido y delgado, a tomar el pulso de la primavera.

Para entonces, quizás el cardumen de salmón
regrese a morir al lugar de su nacimiento
y el oso espere, erguido otra vez, junto a los pinos.

 

JORGE ELIÉCER ORDÓÑEZ MUÑOZ. Cali, Colombia, 1951. Licenciado en Filología e Idiomas, UPTC, Tunja. Estudios de Lingüística en la Universidad del Valle. Magíster en Literatura Hispanoamericana. Instituto Caro y Cuervo, Bogotá. Profesor de Literatura y Artes del Lenguaje en la UPTC, de Tunja. Uno de los fundadores del grupo Si Mañana Despierto. Ha publicado los libros de poesía: Ciudad Menguante (1991); Vuelta de Campana (Premio Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá, 1994); Brújula Insomne (1997); Farallones (2000); El Puente de la Luna (2004); Desde el Umbral, poesía colombiana en transición, Tomos I y II, antología y estudio introductorio, 2005 y 2009; Exiliados del Arca (2009), Palabras Migratorias (2010), La Casa Amarilla (2011), Manuscrito de Sísifo (V Premio Nacional de Poesía UIS 2014), Cuerpos sobre campos de trigo (XV Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, 2014), La tarde no cae (Obra reunida 2008-2014, Finalista en el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura 2015).) Con su ensayo La Fábula poética en Giovanni Quessep, obtuvo el premio Jorge Isaacs a la Crítica Literaria, 1998. Sus artículos se encuentran publicados en las revistas La Palabra (UPTC), Cuadernos de Literatura del Caribe e Hispanoamérica, Universidad del Atlántico, Itaca, Universidad Popular del Cesar, Logos, Universidad de La Salle, Espéculo, Universidad Complutense de Madrid (virtual), Casa de Asterión (virtual).


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