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23 Abr 2019 / 07:27 am

 

El olor del polvo: una carta al padre

 Por Álvaro Miranda

El olor del polvo de Leonel Plazas Mendieta conmueve al lector por su fuerza de imágenes. Conmueve porque poesía y narrativa hacen unidad y aún más, para bien de ese conmover, porque su fuerza proviene de la voz de un personaje infantil que siente, sobre su cuerpo y su vida que apenas crece, el desgarre permanente de una sociedad que no sabe que está enferma.

El olor del polvo,  permite que el lector entienda que  su autor, con audacia, se ha adentrado por una tierra poco recorrida por  el lenguaje, la de un niño, como alguna vez lo propusiera César Vallejo en su poema III de  Trilce,  donde el poeta sabe, mira y habla sobre lo que le sucede y lo que le sucede son todos los vacíos que manejan los adultos que lo rodean y que en su forma de trato a los niños, esos adultos solo son una descomposición que viene de una tradición histórica del crimen que brota de todas las formas del poder.

Poesía y narrativa en El olor del polvo tienen la virtud de dibujar la truculencia sin la truculencia. El suceso cruel no es cruel porque sí. El dramatismo se destila, se suaviza en esta obra, tal como nos lo enseñaron Hernando Téllez en “Espumas y nada más” y García Márquez en “Un día de estos”, porque en lo escrito por Plazas Mendieta, se proponen hechos que se tensan dentro de una estética y un análisis que está por fuera de los cadáveres expuestos, de la violencia exacerbada.

La novedad literaria de El olor del polvo, consiste en en colocar a los adultos como directos causantes de la tragedia y en este caso, de adultos sencillos, que trabajan en una panadería perdida en un lejano lugar de una geografía sin futuro, que preparan lechona sacrificada a hachazos, para que, como consecuencia, ese niño se convierta en la esponja que recibe la densidad oscura de la cultura.

Se rompe en este libro la convicción de occidente de tildar a los niños como los culpables de todos los males y perversiones, niños que son capaces de matar al padre y casarse con la madre.

El olor del polvo se escribió con la voz de un niño que quizá, curiosamente, permitió  que naciera un escritor adulto que fluyó con naturalidad, para entender en toda su totalidad la voz de un pequeño, que al estilo César Vallejo, sabe que no puede tener criterio formado porque el criterio es propio de la vida adulta, de la experiencia y el experimentar.

El niño es solo es un observador, un imitador que, al final, con el paso de la vida, podrá reflexionar y en el caso del personaje llamado Leonel, del libro de Leonel Plaza, solo podrá hacer imágenes muy fuertes sobre lo que ha recibido.


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