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01 Abr 2019 / 11:35 am

 

Nota y selección de textos por Fadir Delgado Acosta

Al abandonar la patria de la infancia corremos el peligro de la demolición. Eso anuncia la poesía de Gustavo Arroyo donde la palabra es una brújula que guía al lector por la ciudad; por el juego que se sostiene con el miedo y el agua que nos plagia el rostro, la misma que oculta la intención desalmada de inundar.

 

 

 

DENTICIÓN URBANA

Crecer no fue una opción que pudiera elegir.
Simplemente ocurrió,
mientras el tiempo jugaba a durar menos cada día.
Entonces primero no hubo,
luego sí,
después cayeron varios,
brotaron otros,
y la encía a veces gorda como un capullo,
a veces tenue y olvidada,
era reflejo de la inestabilidad policromática del crecimiento.

Los edificios crecen a su manera.
De pronto hacia arriba o a los lados,
pero esas son las formas menos comunes.
Por lo general crecen enmoheciendo,
despintándose,
fluctuando entre el giro habitacional y el comercio,
en medio de una peste de goteras
que son, sin duda,
parásitos inmobiliarios de bajo perfil.

El niño disimula su profundo dolor.
La inocencia ya no le cabe en el cuerpo.
Un par de lágrimas mojan la almohada
debajo de la que deja uno de sus dientes
en un desesperado intento por seguir siendo niño,
que de nada servirá.
En el fondo, él lo sabe.

Cuando los edificios crecen hasta el tope
llega el momento en que dejan caer sus semillas
y son demolidos sin remedio.
El suelo vuelve a exhibir la desnudez
que las ropas de concreto habían escondido,
según las normas de la moral constructiva.
Algo resurgirá.

Los dientes están completos de nuevo.
Volverse adulto también es una forma de demolición.
La más cruel y silenciosa.

 

 

 

 

INGRATITUD PLUVIAL

I
Llueve, ahora nueve meses al año,
y no como antes llovía.
Llueve de una manera extraña,
enferma,
atlántica,
como si las aguas escondieran
una intención desalmada de inundar,
de comerse el alcantarillado,
de apadrinar desastres repentinos.
Antes no llovía así.
Nunca.
Llovía acompasadamente,
con sanas proporciones meteorológicas
que se basaban en la resistencia
y no en el rencor.
A veces he pensado
que en estos días el agua cae del cielo
con el ánimo de asesinarnos.

II
He topado con la suerte
de conocer a un niño de dos años
que todas las mañanas
se pone sus zapatos al revés.
Me han dicho
que no es el único que lo hace,
y que esa es una práctica común
entre los pequeños de su edad,
lo cual no me consta.
Es frecuente verlo descalzo,
en exhibición de las primeras uñas
y de los dedos, tiernos como frijoles,
que no tienen aún su forma plena;
y anda así muchas veces
debido al bochorno que le trae
la ingratitud de los mayores
por la confusión que lo victimiza.


III
Hoy llovía a cántaros –otra vez–
con ese vicio al que ahora
se entregan los aguaceros,
cuando alcancé a ver al niño
que resbalaba en su intento de huir.
Traía los zapatos bien puestos
y en su cara los vestigios
de la incomprensión.
Hay cosas contra las cuales
los niños no pueden luchar.
La lluvia no es la peor.

 

 

 

 


CARPINTERÍA OPTIMIZADA

El martillo del carpintero
tiene al otro lado del percutor
un par de dientes que desclavan.

Es decir,
trae aparejados
el logro del acierto
y la enmienda del error.

Así como ella,
que con los mismos labios
pone el primer beso
y arranca el último,
sin importarle
los clavos que sobran.

 

 

 

 

 

EL INMINENTE FINAL DE UNA PLANTA CON PECHOS

Ayer pude medir la angustia de una mujer estafada. No hay instrumentos para ello, como barómetros o invenciones similares. La angustia se mide en los dobleces del rostro y en la repentina dificultad para respirar con armonía; esos son sus paralelos y meridianos. La peor estafa, por su parte, no es la que lesiona el patrimonio, sino la que ataca la madera que conforma a las personas. Porque eso es lo que somos: árboles venidos a menos por la imposibilidad demostrada de esperar con certeza sanidad en los frutos. Lo nuestro no son brazos y piernas, sino ramas y raíces que lograron moverse a voluntad. Ayer, cuando medí su angustia porque así me lo pidió, me percaté de que faltaban tres minutos para que aquella mujer muriera aserrada.

 

 

 

 

 

ABSOLUTORIA TARDÍA PARA NARCISO

-I-
Hay emociones de cal,
que queman la superficie
pero tuercen los deseos.
Tienen que ver con uñas largas,
señas pretendidas,
y atropello a los mandatos.

Hay emociones que podrían partirnos el fémur
y, pese a la advertencia,
las ansiamos antes de dormir.

Como la sensación que viven los gemelos
si alcanzan juntos el imposible trago
de hacerse el amor a uno mismo.

Porque no hay cosa peor
que el sexo que marca de por vida.
Ni nada mejor, a la vez.

-II-
¿Qué culpa puede tener aquel
a quien el agua le plagia el rostro
para atraerlo desde abajo?
El agua es planeta,
el rostro, satélite.
Qué culpa puede tener por su belleza,
o por la belleza que dice tener,
o por la que le han dicho que tiene
esos que, como nosotros,
nunca dicen que no
para mantener la básica simpatía
de la sal en la mesa.
El muchacho toma distancia
y mira con atención,
es consciente de lo que pasará
pero no deja de chuparse los labios.
De pronto recuerda el olor de aquella librería,
a cien metros de la escuela,
donde compraba helados verdes
y diccionarios con aroma a exceso de palabras;
¿qué culpa puede tener por no haberlas aprendido todas?
Se aproxima,
descansa los ojos.
Empieza a meter la lengua en su otra boca,
a llenarse del agua que hace posible el amor.
El peso de los pulmones precipitará el orgasmo.

-III-
Tenía razón Pacino
–al interpretar al Demonio,
que a su vez interpretaba a John Milton–
de tener la vanidad como su pecado predilecto.

 

 

 

 

 

CÍRCULO DE DIÁMETRO VARIABLE

El poeta escribe un poema
mientras piensa en Walt Whitman,
quien, en su pensamiento,
escribe un poema.

El poeta se llama Walt Whitman
y piensa en sí mismo mientras escribe un poema
que será escrito dentro de muchos años,
cuando un poeta escriba el poema
mientras piensa en él.

 

 

 

 

 

7

NO SE PUEDE JUGAR con el miedo,
es un contrasentido.
En realidad sí se puede,
pero entonces el juego pasa por una filtración,
deja de ser tal,
y empieza a parecerse
al sueño en el que somos perseguidos por nuestro padre,
quien se desvive por hundirnos una navaja
a la altura de las cejas.

El miedo nos viene por partida doble:
de la necesidad de ser encontrados antes que el último,
y de la naturaleza musgosa con que imaginamos,
de previo,
cada escondite potencial.
Pese al carril ambivalente,
que no es más que un espejismo dulce
con aroma a sexo recién utilizado,
el miedo se decanta en el goteo viscoso,
amarillento,
que nos dieron a beber desde antes de la conciencia,
haciéndolo pasar por calostro inmaculado.
Los ejemplares de especies menores
consumimos el miedo a través de la lactancia,
y lo llevamos en germen
hasta el momento de su primera explosión.
Explosión brutal,
fálica,
madre de todas las descargas opuestas.

¿Cómo recoger las partículas,
cómo volver un estanque a su estado anterior,
cómo separar de nuevo las gotas que lo conforman?
Imposibilidad amnésica,
terca egolatría,
muerte anticipada de todos los esfuerzos.

Y el miedo que baila
a través de la espina,
a veces con pompa,
otras con cautela
o con emisiones de corta intensidad
que nos llegan hasta la garganta
bajo la forma ancestral del presentimiento.

Miedo en nuestra sangre, semen y saliva,
que primero es fantasma, sombra, pezuña en cama propia,
que luego es espejo, olor penetrante, imposibilidad de solución,
que al final es simplemente todo, con aspecto de nada.

 

 

 

 

 

ÁNGELUS SIN GABRIEL

Venís,
sin ninguna reserva
ni miramiento,
a confesarme tu culpabilidad
respecto de una historia
que todavía no escribo.
En medio de esta nada,
¿hasta dónde llega el vicio,
hasta dónde los escombros?
Qué osadía:
venir así, sin respeto alguno;
contarme de un tirón
el final de esa historia,
que apenas pasa por mi mente
como un grumo de polen,
inconstante y fugaz.
Decirme,
con garbo y entereza,
que sos el personaje
aún no estructurado
que dará final al cuento
distante y esquivo.
Presentarte,
en medio de la candente ironía,
y argumentar que la única forma
en que puedo hacerte nacer
es esta:
que sin saber de dónde,
mucho menos cómo,
aparezcás ahora ante mí
con extrema brevedad,
para que dentro de siete semanas
pueda describirte
a partir del recuerdo.
Y contarme entre afonías,
desde la punta de la lengua,
que con esa descripción
iniciará el olvido necesario.

 

 

 

 

Gustavo Arroyo (San Ramón, Alajuela, Costa Rica, 1977). Ha publicado cuatro poemarios: Dialéctica de las aspas (EUNED, 2014), Círculo de diámetro variable (Uruk Editores, 2016), Los amores imaginarios (EUNED, 2016) y Los elementos nobles (EUNED Cofundador del Conversatorio Poético Ceniza Huetar (fundado en el año 2012, con sede en San Ramón, Alajuela, Costa Rica), agrupación que se dedica al estudio de poesía contemporánea nacional e internacional, 2018).

 

 

 

 


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