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04 Dic 2018 / 08:32 am

La quinta temporada

Albucius, las mil y una noches del mundo romano

por Yves Ouallet

Traducción de Audomaro Hidalgo

No hay ninguna relación aparente entre Las Mil y Una Noches y el librito que Pascal Quignard publicó en 1990, consagrado a un retórico romano contemporáneo de César y de Augusto, llamado Caius Albucius Silus. ¿Qué relación podría existir entre este libro, que reinventa la obra perdida de un amigo de Séneca el Padre, y Las Mil y Una Noches? Nada se parece, ni la época, ni la civilización, ni los lugares, ni los personajes, ni el estilo. No se trata de una reescritura, tampoco de una transposición. El Oriente de Quignard es el Oriente de la Roma antigua y si va más allá, es en dirección del Extremo Oriente chino y japonés más que al mundo árabe-musulmán. Por qué escribe entonces de forma enigmática en la cuarta de forros:

Este libro exhuma un tesoro compuesto de novelas eróticas, novelas no sólo desconocidas sino menospreciadas o abandonadas en la sombra por razones morales, estéticas y académicas. Son Las Mil y Una Noches del mundo romano bajo la dictadura de César, al inicio del Imperio. La vida de Caius Albucius Silus-la vida del más grande y del más singular de los novelistas de entonces-sirve de marco.

En Las sombras errantes (Premio Goncourt 2002 y primer tomo de Último Reino) Quignard volverá a decir: “Mi sueño hubiera sido incluir los Ensayos en Las Mil y Una Noches”.

Albucius fue publicado por Quignard en 1990, un año antes del libro que lo daría a conocer a un público más amplio: Todas las mañanas del mundo (1991). Albucius procede exactamente del mismo principio que la historia de Saint-Colombe, violinista y compositor, maestro de Marin Marais: rescatar del olvido la figura de un creador y a partir de los restos recogidos en los márgenes de la Historia, restituir desde la ficción una vida. Albucius, como Saint-Colombe, existió, del mismo modo que para el músico subsisten fragmentos de la obra: “traigo lo que puedo con una red que nadie ha utilizado.” Diríamos que el pescador de Las Mil y Una Noches trae en su red una carroña, una jarra llena o un jarrón de cobre amarillo que encierra a un genio.

 

La quinta temporada

La narración, cuyo arquetipo es el cuento, abre un mundo fuera del tiempo o mejor dicho, un tiempo extranjero interpolado en el tiempo ordinario. El tiempo del relato suspende el tiempo del calendario, diurno, de los trabajos y los días. Narrar abre una brecha en lo improbable, en lo inactual, en lo desconocido. Es la metáfora de “la quinta temporada”:

Séneca decía: “hay una quinta temporada”. Según Cestius, de lo que se trata es de un “país desconocido”. Según la versión que nos ha dejado Polio: “existe una quinta temporada, dice Albucius, donde las esponjas revientan, donde los vasos son blandos, donde las cosas imposibles son posibles”.

Ese tiempo improbable donde las épocas se mezclan, ese país desconocido donde se reúnen los lugares distantes, esa Historia llena de historias en la cual lo imposible se vuelve posible, es la ficción. Pero no es cualquier ficción, es un cuento al margen de la vida diaria, una saga para atravesar el espacio y el tiempo, un rito chamánico para vencer la muerte. Es un mundo intercalado en el mundo real, un instante perpetuo en el calendario de los días. “Albucius ubicaba esta quinta temporada entre quinctilis y sextilis, entre Julius y Augustus, es decir entre lo que es Julio y Agosto. Estamos en la anacronía y los sueños”. Es una especie de tiempo suplementario, inmóvil, interminable, indefinido, en donde todas las sombras de los muertos de todos los tiempos y de todos los países se reencuentran y hablan por toda la eternidad.

Es la Noche, de crepúsculo en crepúsculo-del crepúsculo de la tarde al alba. Es el Principio y el Fin que se muerden la cola. No es la noche en la que se duerme, no es la noche de los sueños. Es el sueño despierto, el sueño nocturno de los ojos abiertos, de las historias escritas con la punta de la aguja en el ojo, de los oídos atentos a la boca de sombra que no cesa de contar la vida improbable de los humanos entre los muertos. Es la noche suplementaria que se agrega a la noche ordinaria: la mil y una noche. Es la temporada salvaje, interminable, inconmensurable, inenarrable de la comedia humana.    

La quinta temporada es más exactamente la temporada de Scheherezade. Es el tiempo del cuento, de las historias interminables y recomenzadas infinitamente, en la cual el tiempo mismo se olvida: “Había una vez…”, “Hubo en Roma…”, “Hubo en Bagdag…”.

Lectus: lo que leo y lo leído; Liber: el libro, lo libre, pero también el phallus fecundante (Liber pater). Esta temporada es la parte sagrada, maldita, prohibida, chamánica. Es el sueño, el sexo, la muerte, la noche, el lenguaje, la ficción. Se debería estar muerto y seguir en otra parte, en un tiempo Otro, en el nocturno cuarto sexual o en la habitación proustiana de la escritura. Alguien narra, pero no es el cazador que vuelve de la caza y cuenta sus hazañas al grupo, sentado en círculo en torno al fuego, sino la mujer cautiva, presa convertida en predadora, que fascina al auditorio, cazador cazado, predador pasivo. “La noche sexual es la noche narrativa”Los textos romanos son las primeras bases en el camino que se hunden en la noche sexual-ese camino atraviesa invisiblemente Las Mil y Una Noches. Albucius está escrito a medio camino de la vida imaginaria de Las tablillas de Boj de Apronenia Avitia y el ensayo El sexo y el espanto.

Es sin duda en Las Mil y Una Noches que asistimos de forma directa a la transmutación de la noche sexual en noche narrativa. Pascal Quignard anota en El sexo y el espanto:

“El relato, más que el sexo, repite sin cesar: “Más”. Porque su placer propio es el deseo y no la “voluptas”. Su deseo es su origen. Su deseo es la más antigua escena tumescente-aquella que en verdad era necesario que fuese tumescente para que se mostrase fecunda-que inventa la intriga narrativa en sí misma mucho antes del lenguaje, que engendra la intrincación sucesiva de las secuencias. La intriga es lo que ofrece el tiempo, es lo que permite instaurar el instante entre el antes y el después repitiendo en forma de escenas soñadas la escena invisible que obsesiona”.

Es Scheherezade sosteniendo en vilo a Shahriar, quien responde a la noche sexual por la noche narrativa. El suspenso del relato no sólo pospone la condena a muerte, sino que la escena narrativa toma el lugar de la escena sexual. Desde la primera noche, la desfloración de Scheherezade por Shahriar está expuesta en una línea:

El rey se levantó y desfloró a Scheherezade, después los presentes se sentaron y comenzaron a hablar. Dunayad dijo entonces:

-Por Alá, hermana, cuéntanos una historia para alegrar nuestra vigilia.

-Con mucho gusto y de corazón, respondió Scheherezade, si el rey de suaves gestos así lo desea.

 

La caza y la predación

Pero no hay que equivocarse: la noche narrativa no destrona la noche sexual, le responde, la suspende, depende de ella. Hay una energía deseante en la intriga que avanza hacia su fin, pero que retarda su placer, lo entrecorta de todos los juegos posibles de los relatos intercalados-como las intermitencias de los juegos del deseo retardan el final del goce. Del mismo modo la ficción no sustituye el sueño. Es su derrame en la vida real. Porque el hombre es un mamífero que se agita en el sueño paradojal, en el tiempo de la noche, se lanza a lo imaginario y se proyecta en la historia virtual del tiempo real.

En el capítulo “Liber” (el dios fálico Liber, pero también el libro, lo libre) de El sexo y el espanto, Quignard compara “la predación de los libros y la predación de las bestias salvajes”:

“Una carta de Plinio a Tácito evoca esa mezcla tan específicamente romana entre la predación de libros y la predación de animales salvajes: “Vas a reírte, Tácito. Cacé tres jabalíes enormes. Fue en un bosque de la antigua Etruria. Yo estaba sentado detrás de las redes. Cerca de mí tenía mi venablo y mi dardo, eran mi estilo y mis tablillas. Rumiaba pensamientos y tomaba notas. Me decía: tal vez regrese con las manos vacías, pero volveré con la cera llena. No desprecio mi manera de trabajar. El espíritu se despierta por las idas y venidas de los cuerpos. Los bosques, su soledad e incluso ese gran silencio que exige la caza incitan mejor que nada al pensamiento”.

Escribir es estar al acecho, esperar para capturar, tomar en los redes todo lo que vive. Luego es captar la atención, inmovilizar, fascinar, hechizar al lector o al auditorio. En esta captación del sujeto de la escucha que asemeja en la caza el objeto de la búsqueda, es el acto de narrar que revela el mecanismo más evidente de la caza. Existe un mimetismo triangular entre el relato, la sexualidad y la caza. Hay un mimetismo de la sexualidad en la caza, del relato en la sexualidad, del relato en la caza. Y existe un intercambio posible entre el predador y la presa en el pasaje de la noche del cazador a la noche sexual y luego a la noche narrativa.

Esta triangulación mimética está dada como un espectáculo en Las Mil y Una Noches. ¿Qué va a hacer entonces el rey Shahriar, que deja toda ocasión a su esposa de tomar placer con Massud, el bello esclavo negro? El rey va a cazar: “Quisiera que fuéramos a cazar la gacela juntos durante diez días”. Shaseman, que ha rechazado acompañar a su hermano a cazar, asiste desde su ventana a una escena de orgía sexual. Y enseguida, para convencerlo de la veracidad de su relato, le dice: “Anuncia entonces que vas a ir a cazar y escóndete en mis aposentos. Podrás comprobar con tus propios ojos lo que quise decirte. Inmediatamente, el rey hace creer que se va de caza”. Comprendemos así que él va a cazar seguido, abandonando a su esposa por las gacelas-y ella lo aprovecha, se venga sexualmente. A cada cacería corresponde un acto sexual. La cautividad del harem es transformada en liberación sexual, gracias a la cual la presa se vuelve predadora. Enseguida y de la misma manera, cuando Shahriar posee cada noche a una joven virgen y la tortura al alba, Scheherezade invierte la relación cautivando al rey con su narración. En esta triangulación depredadora (la entrada al relato), después de haber interrumpido su muerte fija un plazo a la condena a muerte del otro. ¿Al final utópico de la narración, al término de las Noches, la caza al fin terminará? En la alternancia reencontrada de la noche insomne y del día sin caza, el hombre y la mujer, capaces de intercambiar la palabra y la escucha ¿abolirán toda depredación? ¿La narración será la transformación de la caza salvaje en caza domesticada?

 

El sueño

La caza no tendrá más lugar sino en el sueño. Narrar será danzar para mostrar a los otros los trazos de la caza pacífica entre los árboles y las plantas. No habrá sino recuerdos de caza, una danza narrativa que recoge las escenas de la cosecha, indicando los caminos recorridos en la labor del día, como un ballet solar. El antepenúltimo capítulo de Albucius, titulado “Las abejas del sueño”, presenta a Albucius enfermo, en espera de la muerte, sufriendo. Albucius pide a alguien le lea uno de sus poemas, Apes pauperis (“Las abejas del pobre”). Se trata de una fábula sobre el rico y el pobre, una parábola sobre la depredación pecuniaria del trabajo y las virtudes del ocio, una apología sobre el oficio de urdir relatos:

“Albucius decía: los hombres son las abejas. Regurgitan su vida bajo la forma de relato para no continuar aturdidos en el silencio como los locos o los desdichados. A cada vuelta de la noche restituyen, acumulan, comparten y devoran la miel que han recolectado y el relato de su búsqueda. Son las vigilias y son los sueños. Albucius decía: No estoy seguro de que los relatos de los hombres sean más voluntarios que sus sueños. Si son relatos (declamaciones) me gustaría que fueran majestuosos. Los relatos son a los días lo que los sueños a las noches. ¿Qué bestias depredadoras podrían soportar que su vida se desviara de esa imagen de una especie de caza y de carrera, de deseo y de presa? Llamamos a eso el sentido de la vida. Disfrutamos las palabras impresionantes. No pueden vivir sin mordisquear un pedazo de carne y de corteza, sin morder también una parte de la víctima. Los libros que los hombres escriben desde Troya y desde el Comienzo no son más cultos o más civilizados de lo que es la miel para esos insectos amarillos y negros que vuelan y que extraen su botín del sexo de las flores”.

La depredación permanece. Es el origen animal de esta especie, que ha provocado la carnicería de las fieras y la ha imitado en las escenas pintadas y en los relatos. La parábola de las abejas regresa aún sobre el mimetismo cinegético del relato, pero el acecho se vuelve deseo y la caza una búsqueda, sobre todo en el cuento y la novela. Rueda del deseo, inquietud de la búsqueda, errancia, vagabundeo, sueño. Narrar es soñar en tiempo pasado, reconfigurar las acciones, mezclar los tiempos, desplazar las causalidades, volver al fondo aorístico, improbable y persistente del “Había una vez”. La ficción es más sueño que el sueño, más que la inmersión del sueño nocturno en la ensoñación del día, es en la expansión de la actividad onírica que aparece el sueño paradojal de los mamíferos y de los pájaros. Construir historias, volverlas imagen, asociarlas y disociarlas, separarlas y engarzarlas, injertarlas, condensarlas, reducirlas o enriquecerlas en una gigantescasyllepse”, es todo el trabajo de Las Mil y Una Noches, que multiplica a una escala colectiva el trabajo del cuentista y del novelista. Como Abou Hassan, que es Haroun Al Rashid, el tiempo del día y no el tiempo del sueño, el narrador y luego el lector de cualquier ficción sigue la actividad onírica en la vida real. Narrador de las noches, escriba tejedor de historias, novelista, su trabajo es el mismo: decantar lo maravilloso y lo sórdido, transformarlos, resumirlos, engullirlos, digerirlos, oralizarlos, secretarlos: volverlos miel.   

Como Chuang Tzu que no sabe si la mariposa que sueña es Chuang Tzu o Chuang Tzu que sueña que es una mariposa, o Chuang Tzu que sueña que es una mariposa soñando que es Chuang Tzu o…, no sabemos en qué estadio del sueño estamos cuando escribimos, cuando leemos, cuando miramos las imágenes, cuando vivimos.

“La quinta temporada” es aquella en la que las abejas liban y vuelan de aquí para allá para obtener su miel. Esta temporada improbable y por tanto inexorable, es la de los cuentos y las novelas, la temporada de las noches que se extienden a los días. Es la época de los animales contradictorios que no dejan de aproximar sus vidas a sus sueños. Es la época de los fabuladores de historias. Época durante la cual el hombre continúa esta actividad extraña que consiste en dejar de vivir para contar la vida, en suspender el curso de las acciones para fijar las pasiones, en invertir la actividad vacía de los días con la escucha atenta, concentrada, fascinada, sexual, nocturna, soñadora, contemplativa, de los destinos innombrables e improbables de las bellezas abominables e innombrables, inmundas y maravillosas. “Puedo dar testimonio de que esta quinta temporada de verdad existe, ya que es donde me acuerdo de Albucius Silus”, dice Quignard. 

La última línea del prólogo de Pascal Quignard dice de una manera simple el secreto de esta quinta temporada, paradojal, onírica, nocturna, en el interior de los días: “He embellecido mi vida con unos días que no he vivido”.

Esos días pertenecen a la noche.

 

  

YVES OUALLET es profesor de Literatura Comparada y tiene a su cargo un taller de escritura creativa. Ha publicado los libros L’écriture et la vie tome I, InscriptionsL’écriture et la vie, tome II, La survie poétiqueL’écriture et la vie tome III, Éthique et écriturePetit traité des émotions, todos publicados por la editorial Phloème.


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