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10 Dic 2017 / 23:15 pm

Eugenio Montejo afirma que los poetas son los mineros del lenguaje, la poeta Camila Charry Noriega sabe de qué naturaleza es el material con el que trabaja. La precisión de la palabra, el cuidado de la imagen y la construcción de una atmósfera poética en la que caben múltiples temas como: lo familiar, el amor, el contexto político, el cuerpo, la escritura, la vida, entre otros. Los invitamos a leer esta selección de poemas pertenecientes a la antología Arde Babel.

 

Arde Babel, colección Un libro por centavos , Universidad Externado de Colombia, Bogotá, 2017.

 

Apariciones

Qué mueran los dioses, pero no ese temblor de las hojas donde nacen.
Nicolás Gómez Dávila


Como signos los dioses,
su voz sin polvo en las palabras
su voluntad que se vacía y reverbera sobre la vegetación
después de la lluvia;
su ardor en el corazón de mi perro que palpita;
en el reverso de un derrumbe
que quiebra la razón de lo dispuesto a caer.

Están los dioses en las cosas más sencillas.

En la tenacidad del sol
que incendia la tarde y muere trágico
sobre la carne y en los ojos.

En el cuerpo que se hunde entre la hierba
agitada por el viento que ondula;
en esa limpia ceremonia
que es abrirse el pecho y pasar
lenta la lengua
hasta que ese tentáculo prodigioso
de las entrañas descosa la canción.

 

*

 

Lección de vida

Un par de moscas
se frotan y copulan contra la luz.

Observamos
               fascinados
el deseo en todo lo que existe.

Ayer apenas nacían.

En este instante luminoso
cuando arden
y sus alas se deshacen contra el cristal de la ventana,
sospechamos la vida.

 

*

 

Canción de la abuela

Mi abuela canta en el balcón,
su voz no me conmueve
es rancia y está vencida por el viento.
Todos deben escucharla,
dice que está loca y que tiene derecho a cantar.

Su canción es parecida a un salmo
y por eso la desprecio;
le grita desde el balcón al panadero:
-¡arroja el pan a los gusanos!-.

Está loca,
dice que un dios alucinado
olvidó, entre tanto, dar a su palabra
la veracidad del fuego que quema lo que toca.

Los caminantes y yo misma
descreídos la miramos,
su voz lo ocupa todo
incluso hace arder el pan que tiembla
entre el barro, vivo, renovado
al acervo de las fieras.

 

*

 

Variable

La claridad de una palabra
surge del hambre.
No se puede escribir con el estómago lleno,
dice Henry Miller.
Se escribe con la entraña lacerada
en medio de la sed y a la intemperie.

Yo escribo en mi casa
que flota entre el humo
y pensando en el hambre que no tengo hoy.
Escribo desde la sed y a la intemperie
aunque no parezca esta geografía
de muebles y de libros un desierto.

Un amigo dice que la punzada
es siempre la misma en el estómago
y que la abundancia proviene a veces
de una extraña fiebre
que hace colapsar;
de la impotencia de presentir en las palabras
un más allá que no se alcanza.

La exuberancia, no la aridez
y su esquiva sustancia,
también sostiene el poema;
las palabras son a veces simplemente
la imagen de un pozo, una nube
o un símbolo que los años mudarán.

 

*

 

La belleza

De lo bello nos conmueve
su feroz manera de palpar
la herida que es el hombre.

Esa es la belleza;
a la intemperie aceptar de ojos abiertos
la vastedad de lo que llega.
Voluntad ciega que nos eleva fuera de los signos,
que nos iguala al parto de las cosas
llamadas a durar apenas el instante
en que se duelen pero cantan.

 

*

 

Meditación

Aquí fumando,
mal hábito deseado,
el letargo es contingencia.
Estirar la mano entre el humo y el cenicero,
amputar la ceniza y de la incisión
extirpar el signo.

Los malos hábitos
se aprenden a escondidas,
mirar bajo el vestido de una monja,
en el vino encontrar la salvación
y ante el gesto generoso de los hombres
confirmar la inexistencia de Dios.

Pertenece al artificio,
a la civilización,
el escándalo.

Por acá, solo el humo que fluye,
la pena del fósforo que no atina
al cuajo.
Cuánta carne sobre la tierra.
Cuántos coágulos.

 

*

 

Las herencias

Hemos heredado lo bello
de todo lo que nos cubre con su espanto;
la sombra del pino donde cantaba el día
el rincón del cuarto donde murió la pasión.
La luz sostiene hoy una música triste
que sobre el cuerpo se cierra;
luz carnívora que envenena el futuro.
Heredamos, como una enfermedad,
el amor por lo que huye
la herida que cicatriza sobre la herida de siempre,
el largo detenerse de los pasos que se alejan,
los ruidos menos humanos que el pánico hace familiares
como la presencia de Dios.

 

***

Camila Charry Noriega

Bogotá, Colombia, 1979. Es profesional en Estudios literarios y aspirante a maestra en Estética e Historia del arte. Ha publicado los libros Detrás de la bruma, El día de hoy, Otros ojos, El sol y la carne y Arde Babel. Ha participado en diversos encuentros de poesía en Colombia, América y Europa. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, rumano, polaco, portugués e italiano. 


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