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01 May 2016 / 14:48 pm

Decir que Armando Romero es un poeta y narrador maduro es apenas empezar a describirlo: es igualmente un maestro universitario, un amoroso padre y abuelo, un gran amigo y un cálido conversador. Un erudito de la poesía universal, especialmente de la latinoamericana, que ha conocido a sus protagonistas en los libros y a pie, literalmente: en su juventud cruzó de sur a norte, a veces caminando y a veces en autobús, el continente americano, hablando con los poetas de cada país visitado. Venezuela y México, especialmente, fueron cuna de grandes historias y de importantes poemas. A pesar de haberse establecido en Estados Unidos hace varias décadas, su natal Colombia nunca lo ha dejado.

Habiendo formado parte del movimiento nadaísta, Romero siempre ha sido un poeta difícil de clasificar. Álvaro Mutis escribió: «Esta poesía de Armando Romero no tiene antecedente en ninguna escuela o grupo conocidos. Yo no le encuentro esas raíces, esos rastros que denuncian presencias ajenas, visiones retomadas, condición por cierto nada peyorativa siempre que esas presencias y esas visiones sean grandes y valederas. Yo encuentro en la poesía de Romero un acercarse, un palpar y narrar, luego, un mundo que le es esencial y sólo compartible a través de la delgada rendija de sus poemas. Qué envidiable y qué terrible condición es ésta. No creo que esta poesía goce —o padezca, según se mire— lo que suele llamarse una gran difusión, una cierta popularidad. Son poemas escritos sólo para poetas, son como agua que una noria febril devolviera a su cauce primitivo».

Varias ciudades ahora pueblan la literatura de Armando Romero: Atenas, Venecia, Cincinnati… En la última de ellas es que tenemos esta muy breve conversación, que da pie a sus poemas.

 

Manuel Iris

   

 

1.- ¿Cuáles son los temas centrales de tu poesía?

Creo que en todo poeta los temas centrales de su poesía son como capas que se superponen, y así cada una es necesaria para la otra, ya sea que vayan hacia lo interno o lo externo. En mi poesía hay una constante que envuelve otros temas y esa es el viaje, los desplazamientos ya sea a través de la geografía o por la escritura. Y estos temas internos se entrelazan para crear una urdimbre que atrapa en su conjunto el ser de mi poesía. Y este ser va de lo litúrgico sagrado a lo cotidianamente mundano, de la extrañeza de la realidad a la luz que todo lo irradia. Es un ser en el ir y venir, un monje que no para de andar en la quietud de su celda.

 

2.- ¿Cómo definirías tu estilo? ¿De dónde provienes poéticamente?

Definir mi estilo me es casi imposible, así como no podríamos definir un paisaje, una naturaleza muerta, un brochazo que intenta el caos, el rostro de una mujer, un niño llorando a la salida de la escuela. Yo nunca me he quedado quieto en mis búsquedas, y así de los saltos por las delicias del surrealismo he ido a la paz que traen los monasterios, buscando hendir la corteza de lo romántico barroco con la osada agudeza de lo clásico conceptual. Y al final podrá ver el amigo lector, con sorpresa, las múltiples voces que se me vienen en versos. Me acerco a Pessoa pero como antónimo, no como heterónimo. Un cierto Pluma, de Henri Michaux, define bien mi procedencia.

 

3.- ¿Cuáles son las dificultades y/o ventajas de ser un escritor latinoamericano radicado en Estados Unidos?

Vivir en los Estados Unidos es como vivir en otra parte y en ninguna. Si tienes algo de dinero y un trabajo estable es una gran ventaja, pero eso mismo es una terrible dificultad. Tú me sabes entender bien.

 

Poemita dedicado con cariño
a la memoria del señor Isidoro Duchase (Q.E.P.D.)


La gente se ha sucedido en quemante procesión
contra tu rostro y tu cuerpo viejo amigo,
y han dicho:

Te crecerán dientes en vez de pelos
y aparecerán agujas por tus poros.
Cortarán de un solo tajo tus entrañas
y coserán tu vientre con ametralladoras.
Te lanzarán como piedra al abismo
y te caerán abismos en la cabeza.

Pero tú estás allá junto a Él,
escuchando estas Fábulas que bien escribiste
interpretadas por Coros Angélicos
en el Cielo Izquierdo,
mientras que en el Cielo Derecho
cantan esas tus Poesías.

Y estarás en silencio
mientras Él meditando
escuchará a sus santos que dirán:
Esto es una delicia.
Y con su sonrisa de viejo sabio
te mirará y comprenderá.
Luego, pasándote su brazo
por encima del hombro,
y mientras te conduce
por un amplio laberinto,
te irá diciendo:
Haz lo mismo que yo,
olvídate de todo cuando estés
en el Paraíso


Y tú, polvoroso Conde,
lanzarás entonces contra la cara de Él
tu estridente carcajada.


Dicen que en los Cielos
el asombro ha remplazado la cordura.

 

Devino misterio

 

¿Cómo convertir en canto ese silencio
de la tarde fuera del monasterio, frente al mar?

En el pequeño malecón dos pescadores,
vueltos hacia sí, desempacan su cosecha de peces espejeantes.

¿Detener con las manos las imágenes mudas
que esperan contener nuestros cuerpos?

El viento pega contra el portal inmenso
pero de ello también hay silencio.

¿Vivir este tiempo al otro lado del tiempo?

Un monje pasa y entrebarbas escupe su
risa a los pescadores.

¿Restregar la memoria hasta donde
no lo quiso el recuerdo?

El mismo monje observa el espacio
que habito y sonríe cortésmente.

¿Dónde está el poema, entonces,
la mirada hacia adentro?

 

Las dos palabras


Un Monte es un Monje parado sobre su cabeza.
Un Monje es un Monte sentado sobre sus pies.

Monte y Monje
son la misma cosa.

El Monte con su cabellera de fuente de lodo.
El Monje como un siluro dando coletazos al aire.
No hay un Monte que no haya cabalgado sobre un
Monje.
No hay un Monje que no haya arrancado de raíces un
Monte.

Los Monjes se dan silvestres.
Oran como relojes de péndulo,
a garrotazos.
Silvosos como una misa en la calle pelada.

Un Monte que grita
es un Monte que calla.

El Monje corta el Monte con una cuchilla.
El Monte desgarra el Monje con un serrucho.

Hay que hablar bien para que todo quede claro.

 

Qué es el río

Qué es el río sino esa agua sucia deslizándose.
Entre colinas, hondonadas, terraplenes,
ara un limo poblado de peces oscuros, ramas engañosas.
Perplejo el cielo se niega en el reflejo de sus aguas.
Qué es el río que no dice adiós por debajo de los puentes.
Solo en lo vasto de su tiempo lo puedo capturar
si alerta voy al instante.
Qué es el río sino ese ir por el agua sucia deslizándome

 

El árbol digital



Era un hombre al que le habían enterrado su mano
          derecha
Pasaba sus días metido en una pieza vacía
Donde se sentaba
Los pies contra el ángulo superior de la ventana
Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey
Por el cual los rinocerontes
Ensartaban su cuerno
Y hacían brillar su corteza metálica

Le había dado por ser poeta
Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra
De tal manera
Que había descuidado su mano derecha
Esta creció lenta y furiosamente
Y sin que él se diera cuenta
Atravesó el mundo de lado a lado

Cuando los niños de la parte norte de Sumatra
Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos
Corrieron espantados a llamar a sus padres
Estos vinieron con sus gruesas espadas
Y cortaron el árbol de raíz
Un líquido blanco lechoso salió de la corteza
tronchada

Desde ese entonces
El hombre como un poeta
Siente un dolor terrible
Agudo
En un sitio del cuerpo que no puede determinar.

 

****** 

ARMANDO ROMERO, (Cali, 1944). Perteneció al grupo inicial del Nadaísmo en Cali, Colombia. Master y doctor en literatura latinoamericana de la Universidad de Pittsburgh, Estados Unidos, obtuvo el grado con una tesis sobre los poetas colombianos que él por primera vez agrupa con el nombre de Mito. En Grecia escribió la novela Un día entre las cruces (1993). Es actualmente profesor de literatura latinoamericana de la Universidad de Cincinnati, en Estados Unidos. La Universidad de Atenas, Grecia, le concedió el doctorado honoris causa. Libros de poesía: Los móviles del sueño (1976); El poeta de vidrio (1976); Del aire a la mano (1983); Las combinaciones debidas (1989) y A rienda suelta (1991); Hagion Oros (2002); De noche el sol (2005); A vista del tiempo (2005). Sus libros de ensayos: El Nadaísmo o la búsqueda de una vanguardia (1988); Gente de pluma (1989). Los de cuento El demonio y su mano (1975); La casa de los vespertilios (1982); La esquina del movimiento (1992); Una mariposa en la escalera —selección de los libros publicados— (1993); La raíz de las bestias (2002) y las novelas La piel por la piel (1997) y La rueda de Chicago (2004).

 


Fundación La Raíz Invertida
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