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25 Feb 2016 / 10:00 am

Nota y selección por Henry Alexander Gómez


Carlos Obregón (Bogotá, 1929 – 1963) construyó una morada aparte, una poética sin antecedentes, en el devenir histórico de la lírica colombiana. Como Silva erigió una obra difícil de comprender en su tiempo, una épica íntima y llena de misterio, la cual encierra las vicisitudes de una tempestad interior y un imaginario que trasciende la metafísica oculta de la palabra.

Todo verdadero poema tiene algo de mística, de videncia, y es en este escenario, donde se funda la poética de Obregón, estas condiciones se hacen más visibles, más evidentes. Sus formas abrazan una exploración espiritual, la suerte de ser uno y el otro, la búsqueda y la imposibilidad de Dios. Con una mítica arquitectura, sus poemas escriben un óleo nocturno de luz, trazan la angustia de ser carne y llama, polvo perdido y encontrado.

Nómada en el mundo y errante de sí mismo, Carlos Obregón se suicidó en España, en enero de 1963.

 

  

De Estuario (1961)

 


(El silencio de fuego)

 


COMO LA ROSA contiene su quietud
y el mar el tiempo,
el fuego, más que fuego, contiene en certidumbre
liturgia de sí mismo, silencio en el silencio,
desde adentro volcando en fulgurante idioma
hacia qué atmósfera libre de criaturas,
hacia qué santo rezo.
Instante ardiente: su fervor se engendra
en la pupila tutelar del ángel
y su sustancia es la noche misma.

 

 

****

 

 

BAJO EL ALA DEL VIENTO el alma
florece y se recrea
como el mar milenario
madura de presagios
se entrega donde el ser es de noche
morada oculta para tanto incendio.

 

 


(Días de monje)

 

 


MIENTRAS SUBE el incienso
los pilares esperan
que Tú les des vida .

Entre densas volutas
he visto manos
de vigorosos ángeles .
Y también he visto
que tu rostro es de fuego.

 

 

****

 


Con la liturgia tu silencio
florece y se proyecta
en simples líneas
y volutas de incienso.
Los cirios lo guarecen
y su frágil certeza
hace vibrar el cáliz.
Pero al salir del templo,
lo siento más distante
respirando la noche.

Y a esa hora,
entrar en él es ser ya todo.

 

 

****


TE ESCUCHO CUANDO rezo.
En ti crezco y avanzo.
Pero no sé si es el umbral
o el fondo de tu noche.

Estoy en ti
como un río bajo el viento
y mis ojos conocen
el fuego de tu abismo.

 

****

 


LO QUE VEO ES MUY sencillo.
Pero lo que no veo
es aún más sencillo.
Desde tu hondura veo
contra la noche
un ciprés y una rosa.
Y lo que no veo
solamente es tu hondura.

Me hiciste monje
para cerrar los ojos.

 

 

****

 

CUANDO EL DÍA se apaga
tu soledad es como un árbol
suave y sonoro entre los ángeles.
Entraré en tu silencio
y te adornaré
en diferentes lugares
de la noche.

 

 


(Peregrinaje: Elohim)

 

 

 

¿EN QUÉ FULGOR, HACIA qué morada
llena de verde tiempo avanza,
socava en soledad el ojo, el río, el viento?
Cada dios surge como largo recuerdo
de lo que nunca ha sido,
aviva el ser hacia el abismo,
desgarra la mirada bajo la luz del siglo.
¿Quién, qué cuerpo trashumante,
qué nave de exilio te busca, te redime?

Solo contra la noche el ungido se yergue
como un árbol de fuego
y lo que aún perdura atestigua y me salva
en su alto silencio.

 

 

****

 

 

DESDE EL SILENCIO hasta la luz
la roca nos vigila.
A plomo cae el día sobre la frente:
una onda solar vibra en el cuerpo.
Sobre el tiempo, los signos, los vocablos.

Ser simplemente
el salmo primordial que el sol anuncia,
la estación plena que en las playas canta,
alto fulgor que hiere la mirada,
ángel tenso de piedra contra el cielo,
ángel que enciende, que redime el alma.
Estoy entre las rocas,
estoy ciego de hondura, huido el tacto
tras las espadas de su fuego,
ya el tiempo es mar, y toda lejanía
entre las manos se consume.

Pasa la brisa bajo un ala inerte,
humilde rezo de las horas,
santidad blanca para el viaje:
quieto el día en el claustro
y la mirada inútil,
todo el viento es santuario de un instante.
Y luego perdurar. Lejos la piel,
los ecos, los péndulos del tiempo.

 

 


(El tiempo contemplado)

 

 

DESCIENDE HASTA LA CARNE el peso de las nubes,
humo de sol de par en par mordido.
La simiente madura su silencio,
socavada la noche en su raíces,
y gira su oración en torno a la espiga.
Tiempo de metal grave, cuerpo hendido.

El medio día aviva un hambre eterna
y el ojo padece un fuego ausente
como insecto lunar que vive en tierra.
Muros de cal ahogan el sonido,
crecen la sombras y las voces duermen.
El tacto se calcina abierto hacia las piedras
y hondamente gravitan las horas bajo el polvo.
La piel conoce el tiempo, el pulso de la tierra.
Un gusto de desierto surge entre los labios.
Por la isla quemada caminan los caballos,
cascos duros de anhelo bruñidos por los años.
Día vertical, nulo de esperanza
como aljibe sin agua. Está a fondo la carne.
dan vueltas lentamente las aspas del molino
y el viento muele el trigo con fervor milenario.
Los párpados esperan que las horas los venzan
con su fardo profundo, que la noche borre
las huellas de los pasos. Ningún ayer del mar
queda en las riberas, tan solo restos
roídos por las olas.

                                            Formentera se aleja
barrida por el viento, desierta, castigada.
El faro de la Mola en vano cava el aire
en busca de la noche. El mar solo es presente
renovado en los ojos, eco eterno y sin fondo.
Soledad en la luz. Gira el tiempo en las aspas.
Se espera, se trascurre. El tiempo está en la carne.

 

 


De Distancia destruida (1957)

 

 

III

Acaso el tiempo no es un fluir invencible,
sino una realidad de dimensión interna.
El tiempo puede ser la hechura de la angustia
o el antojo soberbio de algún dios solitario
o las horas eternas en que un yo de violencia
proyecta sus canciones en un rumor de siempre.
Puede ser un sondear, un mirar hacia adentro
cada instante en sí mismo, cada vez con más noche.
Cuando entonces llegamos a algún fondo sin cifra
sabemos que las torres que vigilan las horas,
son torres inconclusas y que un mar de silencio
penetra sus criaturas en extenso misterios
y bosques sin sonido. Toda plenitud mía
es plenitud antigua: algo que estuvo en mí,
densamente remoto, antes de que mi voz libre,
antes que mi existencia, siempre tallando instantes,
para erigir días o noches en la noche
donde mi ser comienza. Hay algo primordial
que nos hunde en el mundo, que nos dice que el sol
puede ser nuestro fuego o algún fervor intenso
trabajando lo eterno, la eternidad presente
que es memoria olvidada de otro lugar del tiempo,
gestación silenciosa de momentos distantes
sin embargo inmediatos en el sueño y el día:
ese camino adusto, ese vivir en sí
antes que nuestra sombra o que el gesto que inicia
aquel objeto muerto, externo y abolido
sin discernir su sitio, caído con inercia
sin conocer su origen. El aspecto de ausencia
que hoy existe en la tarde es algo desvaído
que tu presencia anula al romper con sus alas
el éter de la nada. Este cuarto no existe
cuando yo en mí me habito, ni existen las murallas
que limitan el tiempo: yo me existo hacia adentro
y en mi existir arrastro los árboles y cerros
que conoce mi tacto. Sus raíces son siempre
raíces en la tierra, garras, voces esbeltas
de un proceso oscuro que azotan mis viajes
para extender los días ─verticales, distantes─
integrando en su golpe la voluntad del mundo.

 

 


VIII

Existe, vive en extensos murmullos
que doblegan el mar y la opulencia del verano
brotando como árboles antiguos,
aun más absortos que la noche irreductible
                                  donde el hombre nace.
Todo es la lucha, la violencia del sueño
donde una fuerza ciega nos crece y nos integra
                                  en el rumor del bosque
y en su lenta espesura hoy se escucha el viento
venir desde más lejos, venir,
vivir la tierra, sus huesos siderales,
los héroes y los potros que marcaron las sendas.

 

 

 

XIV

En la orilla del viento
todo grupo de signos, como densa promesa,
se yergue en el canto de los días
invadiendo un transcurso
pleno de la oración fulgurante del sol:
memoria alta y sumergida en la dura presencia
que intangiblemente asalta
lo que en nosotros vive y viaja hacia el silencio.
Extranjero: ciegos son tus mares
ciego navegas en su clima nocturno
y ya nunca el dios que en ti proyecta
su lejanía apenas soportable,
invadirá con su terror la selva liberada.
Ahora sus primicias son tiempo esbelto
que como un destello asciende por los huesos
para cumplir lo más remoto de su misión agreste.
Continúa, surca el espacio que hacia a ti se abre
rompiendo las rudas murallas que te encierran.
De la noche sólo queda el ser antiguo y la comarca de
                                             su nombre.

 

 

 

XVII

Fue desde el mar la roca de su canto
un templo vivo del ángel en las horas.
La voz estuvo en la plegaria, desbandada
en la arena, cuando las aves comenzaban el exilio
y los despojos y los altos cedros, cerca de la orilla,
eran signos oscuros en la senda nocturna.
Navegar, extranjero, es entregarse al vocerío de las
                                              olas antiguas
buceando en el fondo nulo con la noche en los ojos
mientras las naves, fieles a la alianza,
van buscando entre los soles el sol nuevo.
Hondo es el espacio y terrible navegar en el asombro.
El silencio pregunta y al declinar la luz
su lejanía declina entre las densas sombras
y un mar nos puebla y habla,
y entonces, casi como llegar es sumergirse
y que el eco total retorne redimido de voz
                                              en el naufragio.

 

 

 


Carlos Obregón (Bogotá, 1929 – 1963) Nació el 21 de febrero de 1929 en Bogotá. Estudió Física-matemáticas y la ejerció en la Universidad de los Andes. Entregado a conmemoraciones místicas, se encubre bajo un manto de conmiseración con el mundo y emigra a España, donde publicó sus únicos dos libros. Se dice que “su paso por la tierra es sencillamente un silencio estrepitoso, una tortura violentando la carne del verbo, un grito que hiere hasta el lenguaje”. Sus poemas retratan el silencio, la espiritualidad y la muerte. Obregón se suicida el 1 de enero de 1963 dejando como despedida la luz de su misterio. Sus libros son Distancia destruida (1957) y Estuario (1961).

 


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