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10 Feb 2016 / 14:06 pm

 Paraíso de fisuras

 

Por Henry Alexander Gómez 

Más allá del rescate o el preservar una lengua, un hecho importante para no olvidar dónde se nace, se recobra y se traduce un crisol de saberes, una tradición, una cultura. Natalia Toledo, poeta de expresión zapoteca, nacida en Juchitán, Oaxaca, México, en 1968, a partir de su obra poética y narrativa, nos sumerge en universo que se disuelve entre lo real y lo mitológico, entre lo cotidiano y lo maravilloso; un viaje que pierde coordenadas temporales y desemboca al suroeste de México, en gran parte del estado de Oxaca.

Sus poemas e historias están atravesadas por el saber que encierra la oralidad, pero no es una arte que viene únicamente de la voz de los hombres, está allí un canto hilado con la voz de la tierra, de los árboles, del venado o el coyote, de la casa. Así lo leemos en el poema “Origen”:

Fuimos escama de Dios,/flor, venado y mono./Fuimos la tea que partió el rayo/y el sueño que contaron nuestros abuelos./Caímos en el monte/y el sol nos atravesó con su flecha,/fuimos cántaro¡au!,/fuimos agua ¡au!./Ahora somos ceniza/bajo la olla del mundo.

Pero está médula también es atravesada por el mundo de la infancia. Sus poemas exploran los torbellinos de la casa, el tiempo recobrado, los objetos y los oficios. Acá nos encontramos con otro centro en la poética de Natalia Toledo, los cuadros que describen el pueblo indígena, las labores diarias, la existencia del ser. Aparece la conciencia de un pueblo con la firme percepción de lo cercano y lo distante que esa manera de ver instaura entre lo natural y la subjetividad que nombra. Es una conversación entre la carne y lo espiritual, materia viva que se desplaza en una búsqueda de lo infinito. En palabras de Elena Poniatowska: “Natalia nombra lo verdadero y palpable de su mundo, ese mundo habitado por las hamacas que teje su madre…” “El amor que Natalia le tiene a las calles, los mercados, las plazas, los caminos llenos de baches de agua lodosa lo refleja en su poesía. A través de sus versos, uno recrea Juchitán, los pasos femeninos que dejan su huella en el camino, las fabulosas cocineras que sacan los totopos como grandes ostias del centro de la tierra, preparan la “vela” en casa de Alfa Henestrosa y ríen sus onduladas risas de dientes de oro..”

Vemos la vinculación de la experiencia o la infancia con un espacio, en este caso la casa y el pueblo, relatos de lo imaginario y liberación de vivencias. “soy la niña que se le caen las cocadas y no las levanta, un huevo de gallina negra me recorre y despierta. Soy una nariz que huele el adobe de la casa de enfrente un patio y todas sus casas”. Es una puesta en marcha de un proceso de retorno al pasado y al presente, un fuego anterior al nacimiento, a lo mítico y la materia primigenia. Las calles de la infancia, o las calles del pueblo, o la montaña, son centro sagrado para el yo lírico, cada verso condensa los lazos con el mundo originario del que nace y en torno a la cual se construye la vida como totalidad.

Natalia Toledo escribe, literalmente, con un lenguaje de nubes, con un habla de celajes que va poblando la tierra y la poesía.

 

 


Caree yaande guiigu’
guirá xixe raca benda.
Diuxi ribeelú guriá ti yoo caruxi
naa ruyadxiee’ laabe deche ti yaga guie’ yaase’.

El río se desborda
todos se convierten en peces.
Dios aparece en una pared descarapelada
yo lo observo detrás de un olivo negro.
***

 


OJO DE VOLCÁN
En el ruedo un toro
escarba el mundo con las pezuñas:
me espera.
Yo paso dormida sobre una nube
y me arrojo.
***

 


VERGÜENZA
Pon el filo
de la luna sobre tus ojos
y corta la vergüenza que se esconde
en tu canica de tierra.
Llora espejos enterrados
hasta que desaparezca la niña.
***

 


MI CASA ES TU CASA
Orlas se tejen sobre la cabeza.
La muerte es un grillo que aguarda
sobre la hoja de tu puerta.
***

 


NIÑA CON RAÍCES
Tengo una foto en sepia
con los ojos llenos de agua y una flor en los labios
alguien entró a esa foto
y arrancó de raíz la flor.
***

 


CASA PRIMERA
De niña dormí en los brazos de mi abuela
como la luna en el corazón del cielo.
La cama: algodón que salió de la fruta del pochote.
Hice de los árboles aceite, y a mis amigos les vendí
como guachinango la flor del flamboyán.
Como secan los camarones al sol, así nos tendíamos sobre un petate.
Encima de nuestros párpados dormía la cruz de estrellas.
Tortillas de comiscal, hilos teñidos para las hamacas,
la comida se hacía con la felicidad de la llovizna sobre la tierra,
batíamos el chocolate,
y en una jícara enorme nos servían la madrugada.
***

 


LO QUE SOY, LO QUE RECUERDO
Una libertad que retoza y no se ha hecho fea.
La sensibilidad de un loro que habla,
soy la niña que se le caen las cocadas y no las levanta,
un huevo de gallina negra me recorre y despierta.
Soy una nariz que huele el adobe de la casa de enfrente
un patio y todas sus casas.
Una fotografía regañada,
un trazo delgado en medio de la selva.
Una flor para el agua, para otras flores y no de las personas.
Soy una resina que lloró San Vicente.
Soy un alcaraván que ahogó su canto en otro idioma.

 

 

LA CASA DE MIS SUEÑOS
Desciendo de la montaña
un ojo de agua me mira,
veo la casa de mi abuela
en medio de la selva.
Camino sobre el follaje
una puerta gruesa se abre,
puedo tocar las paredes descarapeladas
¿qué huele mi nariz?
el cirio desprende chintul
en el corredor del viento.
Abro la ventana, ahí está la jungla:
la casa es fresca,
voy a la cocina
las ollas son el vientre de mi madre.
Aromas de anonas, nanche maduro,
el ruido del aceite cuando se fríe, humo de pescado.
¿Qué siento?: estoy feliz.
Desciendo de la montaña, enfrente:
una casa de caliche desdentada,
camas de hilos atraviesan su cielo, en mi jardín no faltan pájaros.
Acaricio un venado y sus ojos son una tristeza ovalada.
Tengo puesto un vestido de cuadritos
y dos cangrejos pellizcan mis senos de niña,
no sonrío, estoy parada como un poste.
Tengo ocho años y mi cuerpo es una casa, que recuerda su casa.
***

 


LA MESA
Fui abandonada
junto a un cangrejo lleno de hormigas rojas
más tarde fueron polvo para pintar con la baba del nopal.
De la mesa rayada con gubias: xilografía que surcó el silencio
sobre pieles bilingües y morenas.
Hubo distancia en ese entonces
la geografía no benefició a la palabra.
Bajo el cerro del tigre
busqué un tesoro para domar el miedo
y un líquido ígneo borró de mi ojo izquierdo
todas las flores que he visto en mayo.
***

 


INFANCIA
Hamaca Brazos de mamá
Cielo Papel de china
Tierra Todo lo que me tiñe
Don Juan Míchi Tradición oral
Flores de mayo El collar de los santos y de los ladrones
Maíz Cerro desgranado
Juegos El sol entre mis piernas
La ropa de las juchitecas El zapoteco
Caña Falo del cielo
Mis ojos Fruta de noche
Juchitán Mi única casa
***

 


GRANA COCHINILLA
Sangre del nopal
rubí de espinas sobre la carne de los insectos
Mano de Cristo sembrada,
llora la tinta
que visten las oaxaqueñas.
***

 

 

HUIPIL
De cara al cielo como una lagartija,
te acomodo dentro del baúl con olor a ocote
mi piel revienta las flores que dibujaron sobre mi vestido
pueden venir esta noche a pellizcarme hombres y colibríes
mi alegría es néctar que emana.
A bailar voy a las fiestas y si llueve
el corazón del día arroja un arcoiris
sobre mis ojos y mi huipil.
Cuando un rayo cae, quema el cielo,
entonces abro mi boca de lagartija para beber su fuego.

 

 


***
Mis ojos:
monedas de mica adheridas
a la piedra de su origen.

 

 

 

***
ORIGEN
Fuimos escama de Dios,
flor, venado y mono.
Fuimos la tea que partió el rayo
y el sueño que contaron nuestros abuelos.
Caímos en el monte
y el sol nos atravesó con su flecha,
fuimos cántaro¡au!,
fuimos agua ¡au!.
Ahora somos ceniza
bajo la olla del mundo.

 

 


Fundación La Raíz Invertida
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