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24 Ene 2016 / 23:25 pm

 

Por Carlos Luis Ortíz*

 

Es válido el silencio, la manera en cómo hilvana la idea para hacerla materia indeleble, para fundar la palabra irreparable, el milagro y el daño. El silencio que antecede al poema como el aura en que toda obra de arte se involucra es la puerta que abre el camino al trabajo literario y al camino poético. Sin embargo, del otro lado del trabajo como escritores de poesía, hacia donde va dirigido el texto, ¿existe un público para la lectura de poesía en el Ecuador? ¿O es un público callado, temeroso de la inutilidad que el poeta pueda darle generosamente? En este sentido el silencio es peligroso, atentatorio, incluso cuando se ha perdido toda esperanza en la poesía. Entonces es preciso romper el hielo e involucrarse con los discursos que actualmente se difunden, los que no necesariamente conforman una “generación literaria” en el sentido exacto de la expresión, (no existe una ideología determinada ni un estilo marcado que la identifique como tal), pero permiten visibilizar la escena en voces prometedoras que, a medida que dan apertura nuevos espacios para soporte de textos, crean desde las particularidades de lo cotidiano, desde sus necesidades inmediatas con el fin de ser leídos o escuchados.

Las generaciones literarias han sido marcadas por diversos acontecimientos históricos que determinaron una línea de creación direccionada hacia el ámbito político con un constante ánimo de aversión por los gobiernos de turno y los continuos abusos de poder, como la Generación del 98, cuyos miembros se vieron afectados por la guerra Hispano-Estadounidense, posteriormente en homenaje y culto a Luis de Góngora por los cien años de su nacimiento en 1927, un grupo de importantes intelectuales de diferentes ramas artísticas proclaman la Generación del 27, afectada a su vez por la Guerra Civil Española, desapareciendo importantes bardos como Federico García Lorca, Rafael Sánchez Masas entre otros. Grupos que desde las vanguardias estéticas marcaron un espíritu de época que sería la base de las diferentes expresiones culturales posteriores, siendo el reflejo de una época para quedar en el alma y conciencia colectiva de la Península.

En América Latina se consolidaron importantes voces poéticas que, desde una militancia tanto política como artística trascendieron fronteras, tal fue el caso de Los Nadaístas en la década del 60 comandados por Gonzalo Arango, cuya consigna era derribar todo establishment en nombre de la justicia social y del arte en Colombia. Poetas provenientes de diferentes rincones del país vecino fundaron su proceso artístico, reivindicando desde su primer manifiesto el papel del artista como ser humano, bajándolo de su torre de marfil, rompiendo así con la antigua concepción romántica y tradicional expresando: “Queremos reivindicar al artista diciendo de él que es un hombre, un simple hombre que nada lo separa de la condición humana común a los demás seres humanos”.

Se valieron de diferentes estrategias de circulación para ser escuchados, intervenciones en espacios privados, performances, incluso bombas y panfletos, porque desde una convicción estética todo debía ser negado, menos la necesidad de decir el poema, poemas desgarradores como un último de Darío Lemos fiel al nadaísmo que reza: “Muero de feliz. Adiós cárcel. Estoy preparado. Me voy a vivir con Gonzalo y con María de las Estrellas al lado de Dios que es la última posibilidad”.

La poesía de las dos primeras décadas del siglo pasado en el Ecuador estuvo influenciada por el malditismo francés, siendo Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé y Verlaine, poetas cumbres y paradigmas de los jóvenes vates ecuatorianos que acabaron su vida trágicamente y a quienes Raúl Andrade en uno de sus ensayos los denominó “La Generación Decapitada” cuyos postulados circundaban siempre alrededor de la muerte y de los tan ansiados paraísos artificiales que fueron experimentados por la afición a los sagrados alucinógenos de oriente. En las décadas posteriores el postmodernismo poético se caracterizó por el desarraigo, la escritura desde afuera, extrañando la tierra que habría de convertirse en un tema recurrente de los poetas que se ubicaron entre las décadas del 30 al 50, siendo César Dávila Andrade, “El Fakir” su más alto exponente, quien miró desde lejos, antes de su trágica muerte voluntaria en Caracas, cómo su nombre trascendía. Ya en Venezuela, por fin su carrera se consolida, circulando su poesía de sustancia metafísica como su inolvidable Espacio me has vencido: ¨Espacio, me has vencido. Muero en tu inmensa vida./ En ti muere mi canto, para que en todos cante./ Espacio, me has vencido...¨

Posteriormente y alrededor de importantes relatos históricos se agruparon desde una militancia política con ideas de izquierda, sin muchos años de distancia a la Revolución Cubana grupos en Quito, Guayaquil y Cuenca, trabajando desde diversos lenguajes, pero sobre todo el poético, la relevancia de lo cotidiano hacia la consecución de la igualdad. En la capital Los Tzántzicos que desde el Café 77 daban forma a sus ideas, La Bufanda del Sol  y en Guayaquil el grupo taller Sicoseo, cuyos integrantes amasaban sus ideas con el lenguaje cotidiano, haciendo del puerto un lugar utópico, escribiendo Fernando Nieto (poeta que inmortalizó al Guayaquil de los setenta) años más tarde desde México: “Nostalgizo una ciudad que ya no existe”. Por aquel entonces la casa de la cultura fue importante gestora de sus obras.

La postura política, sucesos históricos que transmitían la idea del hombre nuevo, el ideal de una Latinoamérica unida entre otras situaciones y transiciones sociales - culturales así como el  lenguaje de lo cotidiano y marginal trazaron importantes líneas discursivas que unificaron un corpus literario parecido con importantes rasgos de identidad. En la poesía en el siglo XX, en cada una de sus décadas pueden identificarse temas parecidos o recurrentes desde una sólida postura política hasta una conciencia de la tierra, de lo urbano e incluso de lo místico. Al fin y al cabo todo se unificaba, pudiendo así acuñárseles el término de “Generaciones Literarias”.

El advenimiento de la postmodernidad, como el fin de la historia, en términos de Lyotard supuso una disgregación de discursos a nivel global, los mismos que iban a reincidir en una creación literaria de la dispersión. Temas variados, pluralidades a nivel social, reivindicaciones de los derechos de las minorías, la abrupta ruptura de las fronteras comunicacionales, las redes sociales y las plataformas virtuales contribuyeron para que se escriba desde lo variopinto. En el sentido de edades lo generacional permanece vigente más no en el sentido amplio de lo literario.

La poesía finisecular en Ecuador y del primer cuarto de este nuevo siglo fue moldeable a los cambios, sin embargo, y hasta ahora existe una difusión que recae en los grupos y públicos minoritarios que la consumen. Se escribe, se publica individualmente, se crean nuevos soportes, se reedita, se le da cabida a voces ya consagradas y a nuevas mediante editoriales alternativas que tuvieron y tienen gran realce entre las editoriales independientes. Así se crea una atmósfera desde diferentes ángulos, lo cual evidencia que sí existe trabajo poético con variedades discursivas tanto de poetas con amplia trayectoria como de aquellos que se inician en este campo del lenguaje y del espíritu. El ser humano actual, desprovisto del contacto humano real accede a formas de comunicación que atienden a las exigencias del tiempo y de la velocidad. El poeta contagiado del ritmo vertiginoso de las sociedades postmodernas ha de escrutar en el pasado para verse más solo entre sus pertenencias ante un mundo masificado.

La escena poética a inicios del 2000 va a recaer en las publicaciones de autor y de colectivos culturales, como fue el caso de Machete Rabioso en Quito, que entre el 2005 y 2006 publicó laboriosos libros de poesía con destacados poetas como Walter Jimbo, Marcelo Villa, Christian Arteaga, Fernando Escobar, Raúl Arias entre otros. Paralelamente, los blogs con contenidos literarios fueron el boom del momento, muchos con falencias y escasos trabajos de edición que, en cierto modo no aportaron a una trabajo de calidad y de arquitectura del lenguaje.

Por otra parte, siguiendo el camino ya trazado en un principio  en Argentina, surgen las cartoneras, intercalando textos con trabajo artesanal en la construcción de libros que rompan con el statu quo de las editoriales posicionadas. En nuestro país aparecen cartoneras, siendo la primera la Matapalo, con el poeta Víctor Vimos a la cabeza en colaboración con pintores de Riobamba, armaron libros para ser presentados en las diferentes ferias nacionales e internacionales. En Guayaquil, Nelson Bodero junto a otros jóvenes funda Camareta Cartonera, publicando a importantes poetas como Luis Carlos Mussó y Cristian Avecillas, a la par aparece Dadaif Cartonera, y Murcielagario en Quito, bajo la iniciativa de Agustín Guambo, cuya labor como poeta ha sido galardonada fuera del país con el premio Hispanoamericano de Poesía Rubén Bonifaz Nuño 2014, con “Ceniza de rinoceronte” próximo a publicarse en Argentina.

Si bien las formas de difusión anteriormente citadas aportaron a que se socialice el trabajo poético, con sólidos y variados discursos, no da motivos para la aceptación de una “Generación Literaria”, ni caer en los etiquetamientos tan utilizados en la historia de la literatura desde la academia, condicionando un trabajo que puede alcanzar metas mucho más amplias que un diagnóstico estético pueda conferirle.

Las ciudades ecuatorianas, tan distintas entre ellas, han forjado la obra de muchos poetas, se poetiza desde la urbe hacia el sinfín del lenguaje, en palabras de Jorge Martillo Monserrate : ¨El puerto es una piel de elefante/un colmillo de marfil/un cementerio extraviado en la memoria”. Condenado a la ciudad de los manglares Martillo hace de ella su infinita y placentera hoja de ruta poética. Luis Carlos Mussó, en cuya poesía compromete a la ciudad con la amplia cultura grecolatina, también se involucra con el imaginario de la conquista desde una impronta legendaria y utópica, escribiendo en sus Cuadernos de Indiana: “Y todos los rostros de las mujeres bellas de esta pax hispana se parecen al recuerdo que guardo de ti”. Ernesto Carrión, quien ha deambulado por temas diversos en su prolífico oficio poético, apunta a la blasfemia bien lograda en La muerte de Caín, escribiendo: “Y dios existe; pero igual que un gran artista de maravillosas dotes, nada tiene que ver él con su obra" (1). El río como telón de fondo o como gestor de orillas será en Guayaquil una constante literaria. Wladimir Zambrano se referirá a él de la siguiente manera: “Cuando lleguen los jueces al centro de la tarde/y un arquitecto de naipes comente las conjugaciones del río;/podrán levantarse”.(2) La ciudad siempre será pregonera de diversas intencionalidades lingüísticas y poéticas hacia la dispersión discursiva.

Desde geografías más lejanas la poesía tiene voz en uno de los emisarios del eros caído y enterrado. El amor en todas sus formas, sin límites ni restricciones se embalsama en letras de Roy Sigüenza, poeta que desde “La Loma” (Portovelo, El Oro) apunta a las tribulaciones de la noche desde su más íntimo secreto, haciendo cada vez más resonante su clásico verso: “Iré que importa, caballo sea la noche”. O Pedrito Gil que desde Manta sigue exorcizando sus demonios. Para el poeta maldito por excelencia la poesía es un rito, una bendición que Dios le ha dado, ese Dios que encuentra en los psiquiátricos, a quien le grita que pare la guerra como súplica, para referirse en una línea: “Lo real es un espanto, lo imaginario también”(3). 

La poesía de jóvenes poetas mujeres tiene en el puerto a importantes representantes como Gabriela Vargas  y Andrea Crespo. Una necesidad de respuestas a lo infinito a un Dios sordo al que Gabriela hace referencia en un discurso cargado de ansiedad e incertidumbre: “Ahora sé que el poema se dirige a dios/ y sale de dios para consuelo de los hombres”. Crespo matiza sus textos desde las construcciones teóricas del cuerpo, incluso desde las imprecisiones de la androginia como lo reflejan estos versos de su L.A MONSTRUO poemario publicado por Críacuervos: “Las mujeres-travestis no sabíamos a dónde íbamos/pero seguramente terminaríamos bebiendo las preparaciones de todos esos hombres del senado”(4). Por otra parte poetas que pronto verán impresos sus trabajos siguen la línea del silencio acuñado a la forma, como Andrés Lalé que escribe: El que no tiene objetivo en su tierra natal es un vagabundo del vacío.

En  Quito, editoriales como Ruido Blanco, presidida por Juan José Rodríguez, (poeta laureado con uno de los premios más importantes a nivel iberoamericano como La Lira), César Carrión y Raúl Pacheco), ha publicado importantes nombres a nivel nacional e internacional, tal es el caso del mexicano Julian Herbert, el peruano Mauricio Medo, el dominicano Félix Batista y de adentro a Andrés Villalba quien advierte en uno de sus textos: “que la poesía no sirve para nada”(5), Santiago Vizcaíno, Javier Cevallos, entre otros. Eskeletra publicó en 2014 Vesania de Javier Lara, libro que parodia la locura desde diferentes voces, en palabras de Cristóbal Zapata: “Lara trabaja con las obsesiones, los phantasmas y fantasías de los locos, se hace el loco (…) para trastornar y trastocar el sentido de la realidad, “(6).

La disparidad de discursos de los poetas de menos de 30 años y ya con un futuro en las letras, dan paso a la diversidad de temas y de intuiciones particulares. Nombres como Calih Rodríguez que en Mi patria es el infierno roza el malditismo, Pablo Flores desde una complejidad del lenguaje estructura imágenes con tintes apocalípticos como lo confirma el siguiente texto “Tras vaciar el aluvión denegado de la oscuridad/se atrofia el frescor del jadeo de los animales: aquí la creencia del paraíso aludido de infierno/ desencadena su furia”(7).

Óperas primas como Dictado de la mano izquierda de la quiteña Lucía Moscoso, quien además ha hecho un registro de la poesía ecuatoriana través del rock, connotan la intensidad de lo intertextual. Leira Araujo en Guayaquil afronta la realidad desde el deseo, llevada de la mano de un  lenguaje solvente, como lo demuestran sus versos en Caníbales reciente libro publicado por Casa Morada en Guayaquil: “Mi sujeto deforme es el demonio que me quitó de la costilla Dios cuando nací”(8).

 La producción discursiva actual apunta a la disgregación, a la no “Generación Literaria” condicionada por un eje temático específico, sino a los vicios de la postmodernidad, al abarco de todo y nada al mismo tiempo. El silencio existe desde adentro, porque como escribió Octavio Paz: “desembocamos al silencio/en donde los silencios enmudecen”. Existe poesía en Ecuador, ha existido desde siempre. ¿Silencio? El necesario para seguir escribiendo, el que no entierra. ¿Poesía? Desde el centro y desde los márgenes. De edades diversas o carente de edad. “Duro con ella”(9), al fin y al cabo “Todo se queda en casa en este gris burdel llamado vida”(10).

 

NOTAS:

(1)http://www.margencero.com/poesia/num2/ernesto_carrion.htm
(2) Texto tomado de Interior de ciudad. http://www.revistaelhumo.com/2015/04/wladimir-zambrano.html
(3)Texto tomado de un epígrafe previo a un poema de Yuliana Marcillo del libro Bandada: novísima poesía ecuatoriana.
(4)Crespo, Andrea. L.A monstruo , Guayaquil, Críacuervos, 2012
(5)Correa, Antonio. Bandada. Novísima poesía ecuatoriana, en Andrés Villalba: Drenaje, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2014. P 117
(6) Lara Santos Javier, VESANIA INC.Eskeletra, Quito, 2014.
(7) Correa, Antonio. Bandada. Novísima poesía ecuatoriana, en Pablo Flores:Veto, Campaña Nacional Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura, Quito, 2014. P 24
(8) Verso tomado de Casapalabras, Revista Cultural de la CCE, agosto 2015. P 33
(9) Verso de Fenando Nieto Cadena
(10) Verso de Fernando Nieto Cadena

 

 

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*CARLOS LUIS ORTÍZ - (Alausí, Ecuador - 1979) Poeta, comunicador y profesor universitario. Estudió Comunicación Social en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, posteriormente desarrolló una maestría de Estudios de la Cultura con mención en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Andina Simón Bolívar. Obtuvo la Primera Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía Jorge Enrique Adoum (2005) con el libro Zigzag del Solitario. En el 2008 con el texto titulado “Un lugar sin estaciones” es reconocido en el Concurso el Verso Digital en Andalucía España. En el 2009 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ileana Espinel con el libro El niño alucinado, el mismo año publica Lírica para Vagabundos, por la Casa de la Cultura núcleo de Chimborazo. En el 2011 con el libro Almacén, alcanza la Primera Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía César Dávila Andrade por la Universidad de Cuenca. En el 2012 se le otorga el segundo lugar en el Concurso Nacional Premio Pichincha de Poesía con el libro Biografía del Espejismo.


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