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22 Ene 2016 / 07:45 am

Nota y selección por Laura Merchán

 

“El silencio de la luna” es una obra versátil, con multiplicidad de voces, imágenes y motivos. Merecedora del premio de la Casa de Poesía Silva otorgado al mejor libro de poesía en lengua española publicado entre 1990 y 1995, reúne poemas con un tono intimista referidos a la experiencia inmediata o a hechos históricos, y otros donde el poeta describe o es él mismo un animal o un objeto en un acto de despersonificación. ¿Asistimos a la multiplicación del Yo poético? ¿Es este un rezago inmanente que acontece solo cuando se apropia de la voz de Torquemada, de la oscuridad de Lilit, del frío en el que yacen un par de ostras? ¿O son David, Sor Juana Inés de la Cruz y la araña del Holiday House Motel manteniendo su ser en el lenguaje?
La polifonía de Pacheco nos obliga a preguntarnos no solo por el lugar del poetizar, sino por la identidad del yo que canta. Asirla es difícil: se pierde entre versos pensados y maduros, y la luz abrupta, juvenil y voluptuosa de las imágenes y las fragancias que, no obstante, adquieren vida a través de expresiones cercanas a la sentencia y a la letanía. La inteligencia de la escritura presente en los casi 150 poemas que componen el libro, se impone como su mayor marca de singularidad, como el terreno propio donde un tenedor, Adán y el trueno reclaman su existencia.

 

VALENCIA

En la noche verbal esa fuente habla
un idioma que no comprendo.

Pero me basta su música.

 

 

ADOLESCENCIA; MATTHEW ARNOLD
SE DESPIDE EN LA PLAYA DE DOVER

Mientras las tropas ciegas se acometen de noche.
Arnold, Dover beach

Niña que vienes de Roma por el camino de Madrid,
en tu Finisterre
se acaba el mar del milenio,
naufraga el siglo último y único
que me tocó.
Mi historia muere. Comienza
otro mundo implacable.
En él no hay lugar
para los emigrantes del pasado.
Recibe el homenaje y la gratitud
de quien al fin te halló en este fin
y pudo verte un instante.
Me voy. Adiós. Me dirijo
a zozobrar en mi adolescencia.

 

 

IMPUGNACIÓN DEL FILISTEO

Tañen las moscas la canción de sus alas.
Pero mi estrecho gusto y mi incultura
no me permiten apreciar su extraña armonía,
encontrar placer en esos territorios de deleite
que son forma pura, Mozart perfecto
para ellas solas como ejecutantes y público .

Soy insensible a su arte.
Soy filisteo ante las moscas sinfónicas.
Y levanto como arma de la crítica,
como aplastante impugnación, el periódico.

 


EL REY DAVID

El rey David era ya viejo y estaba lastimado por los años. Lo cubrían con mantas y no entraba en calor. Entonces dijeron sus siervos: “Traigan a mi señor el rey una muchacha virgen que lo atienda y lo abrigue y duerma a su lado y le dé calor”. Tras buscar por todo Israel a la más hermosa, hallaron a Abisag, la sunamita. Abisag fue llevada ante David. Y la joven era muy bella y le daba al rey el calor de su juventud. Pero David ya no fue capaz de entrar en su cuerpo.
Libro Primero de los Reyes 1, 1-4

Estas piernas frágiles no logran ya sostenerme,
tan frágiles,
tan quebradizos se volvieron ya mis huesos.

Esta mano ya es incapaz de ser puño.
Nunca jamás volverá a alzar la espada
ni a disparar la honda contra el gigante.

Mi boca ya no muerde.
La abandonaron ya los dientes.
Todo mi cuerpo es descenso,
huida, caída,
hacia la tumba que me está acechando.

Soy el pellejo colgado
de un animal
que cazaron hace mil años.

En cambio qué tersura
la de tu piel, Abisag.
Qué esbeltez de tu talle
y qué firmeza de tus senos.

Todo mi ser es como un campo en invierno.
Tu juventud no me basta
para incendiar este frio.

Cómo es posible, mi niña,
Que no te diga nada la palabra Goliat
y no sepas de mis hazañas.

Desde antes que nacieras fui el viejo rey,
no el adolescente
elegido por Dios para salvar a su pueblo.

¿Puedes creer que era como tú
y llegó a odiarme Saúl
porque mi joven gloria amenazaba su reino?

De mi triunfo en la guerra quedó la hierba
que alimentan los muertos de la batalla.
Se han olvidado mis salmos
y mi salterio está cubierto de polvo.

Es mejor que te vayas, Abisag.
Déjame a solas con la muerte.

 


UN JARDÍN EN BERLÍN

Huele a olvido la niebla mientras su aroma
afila el aire del momento sin luz
que penetra como un tatuaje.

En la desnuda arboleda
la Y griega de ayer y hoy.
El árbol de la vida que abre los brazos
al tiempo, al viento, a lo que nunca veré,

porque ya nos vamos.

 

 

EL ERIZO

El erizo tiene miedo de todo y quiere dar miedo
en el fondo del agua o entre las piedras.
Es una flor armada de indefensión,
una estrella color de sangre,
derruida en su fuego muerto.

Zarza ardiente en el mar, perpetua llaga
resiste la tormenta en su lecho de espinas.
El erizo no huye: se presenta
en guerra pero inerme ante nuestros ojos.

Al fondo de su cuerpo la boca, herida abierta, discrepa
de su alambre de púas, su carcaj
de flechas dirigidas hacia ningún blanco.

Testigo vano de su hiriente agonía,
el erizo n cree en sí mismo ni en nada.
Es una esfera
cuya circunferencia está en el vacío.
Es una isla
asediada de lanzas por todas partes.

Soledad del erizo, martirio eterno
de este San Sebastián que nació acribillado.
El erizo nunca se ha visto.
No se conoce a sí mismo.
Tan solo puede imaginarse a partir
de los otros erizos,
su áspero prójimo,
su semejante rechazante.

Bajo el mar que no vuelve avanza el erizo
con temerosos pies invisibles.
Se dirige sin pausa hacia la arena
en donde está la fuente del silencio.

 

Laura Merchán. Bogotá 1989. Profesional en Filosofía con estudios adelantados de Filología alemana. Ha participado en talleres de escritura creativa y recitales de la ciudad. Sus poemas y cuentos han sido publicados en diversas revistas y antologías del país.

 

 


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