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10 Ene 2016 / 13:26 pm

 

Lectura del poema "Testamento" de Emilia Ayarza

 

Por Jenny Bernal

 

 

 

Colombia ha sido territorio de distintas tensiones políticas y sociales que la han llevado a inscribir en los muros de su historia escrituras que le cantan a la vida, y casi de forma simultánea a la muerte. La literatura por su parte no ha estado al margen de dicha situación, por el contrario ha estado allí para nombrarlo todo. Muchos han sido los poemas que de manera memorable han intentado nombrar este territorio nacional. En ese acercamiento no sólo de poemas que hablan del país, sino de grandes poemas de la literatura colombiana está “Testamento”, el cual ha sido desdibujado por algunas antologías y cánones. El poema hace parte del libro Voces al mundo, una sencilla edición que aparece por primera vez en 1956 y está escrito por la bogotana Emilia Ayarza, una de las mejores escritoras del siglo XX en Colombia, ante la cual Juan Manuel Roca en el prólogo a la antología Sólo el canto con acierto afirma: “Uno se pregunta qué sumatoria de equívocos puede llevar a un país a ignorar a una mujer cuya voz, cuya fuerza en la palabra nos resulta hoy más contemporánea que la de muchos de sus contemporáneos”.

Volviendo a las escrituras de vida y muerte, en un contexto como en el que vivió Ayarza: exiliada de su país, por el pasillo de los años 40 y 50 que avanza entre pugnas de los partidos Liberal y Conservador, decide hablar de su lugar de origen desde la cercanía de la muerte y siente la necesidad de escribir su propio testamento. El poema va dirigido al hijo; personaje que suele ser uno de los destinatarios en sus poemas, le habla a él pero a su vez le habla a un país. Este poema en particular atraviesa el camino del poeta como individuo, luego entra en diálogo con los demás seres con quienes se comparte una misma geografía, hasta llegar al punto de nombrar y hablar en términos de patria. Ayarza a la manera de Whitman es un universo individual que palpita al unísono de una canción colectiva.

El poema “Testamento” inicia con la sentencia que enuncia la muerte “Hijo mío: / alguien te dirá: ‘tú madre ha muerto´/ y mi muerte vendrá/ y nadie pensará en la muerte. / Una tibieza de mano se alzará en tu frente/ y por tus ojos de agua y muy adentro/ se alzarán mis palabras como estatuas.” ante dicho enunciado, la palabra se alza como estatua inquebrantable contra la muerte. Luego Ayarza inicia un autorretrato, uno particular que explora los rincones de sí misma, no sólo desde el “yo” poético sino a partir de las palabras que supone que dirá el hijo después de que ella muera

Dirás:/ “Todo tuvo y nada poseyó./ Soles negros pasaron por sus sienes/ oscureciendo la llama de sus bosques./ Anduvo siempre sola entre las multitudes./ Su terrestre piel por las raíces/ se adelantaba hasta el pecho de los ruiseñores./ Y por la madrugada en el rocío,/ hacía su viaje transparente y puro/ para poner su llanto entre la hierba”.

Existe una comunión entre la poeta y el hijo que nombra “Sólo mi cuerpo morirá tu muerte!” grita el hijo, como si la ausencia de la madre fuera sólo una corta pausa, que se prolonga en el hijo como un mismo ser. Luego vuelve la poeta en el segundo apartado a la segunda persona, pero ya no sólo es la madre hablándole de sí misma al hijo, es la madre entregándole una cartografía dolorosa de Colombia

Hijo mío:/ Colombia es tu patria./ Te la entrego/ cabizbaja en las playas del Atlántico/ y abierta y descarnada en la orilla del Pacífico. […] Tu patria es el sitio de la sangre./ La señora del silencio calibre 32;/ la patrona del desahucio y de la reja”

Ayarza mezcla el paisaje con las problemáticas sociales del país, a la vez que poetiza no sólo nombra sino que denuncia. Luego habla sobre los habitantes de ese territorio: el hombre contemporáneo “cada hombre es un monstruo asalariado”, el hombre rural “Te dejo a tu patria sin honor./ Sin apellido./ llena de campesinos doblados como sauces/ al borde de oscuros manantiales./ Con el aroma mutilado/ en la redondez de su mejor patria” todos en el escenario de una Colombia fragmentada, indiferente, que silencia la voz del campesino, con dirigentes como “boas”, “hienas rubicundas”, “babosas despreciables” con una democracia invisible: “Te dejo las urnas vacías- como úteros malditos-/ El silencio de almacén de catafalcos/ que trepa las paredes del senado y de la cámara” a Ayarza no se le escapa en su crítica los actores que hacen de Colombia un lugar atropellado, sin ley, sin justicia, con una institución militar irrisoria “y un parque con botones de rosa que disparan./ y un circo con bozal./ y veinte tardes con kepis”. Ayarza cuestiona la guerra, la conciencia de los hombres, el hambre y el dibujo de patria continúa sin descuidar ningún detalle, como un fiel retrato a su tiempo: “Te necesitan los niños cuando saben/ que en la plazuela del pueblo la cabeza del padre en una escarpia,/ recoge el nombre de Galán de los escombros” posteriormente, sigue diciendo a su hijo “te necesitan” la fé, la justicia, los libros “te necesita todo”, estas palabras se leen como invitación al hijo, para que acuda a éstas como puerta hacia una patria mejor: la palabra conjura la esperanza. 

En el tercer apartado la fotografía de Colombia se presenta más lúcida y abrumadora

Yo me muero —hijo mío— porque el tiempo/ ya no me da su dimensión de toro./ Porque la vida y Colombia se me van de entre las manos/ como el tacto de la piel del moribundo. Porque a los sueños les pusieron pasta./ Y enlataron el júbilo y la risa./ Me voy porque hay que medir con metro las ideas./ Hay que poner en fila hasta las lágrimas.

Ante el dolor, la muerte, el hambre y la prisión, los habitantes de la patria fragmentada, también la pasan mal: el arquitecto, la odontóloga, el veterinario, el mayordomo, la revendedora. La imagen de Colombia cada vez más se llena de grietas, hasta llevar a la poeta a la determinación de exilio

Me voy porque ahora tienen que pagar impuesto/ los árboles sencillos,/ los ríos obedientes,/ la piedra, las hormigas,/ la lluvia consecuente,/ el gris intermitente de los asnos,/ […] Me voy porque el trapiche renunció/ al ladrillo de miel de sus panelas.

Los que antes eran paisajes y riquezas naturales, en Emilia Ayarza se convierten en una cobertura falsa de esa patria rota, que por lo mismo no puede ser apreciada con los ojos enceguecidos del pasado, sus palabras están de cara al presente que vive, con acierto Juan Manuel Roca, reconoce en su voz una voz contemporánea, y mientras la historia de Colombia no cambie los versos de “Testamento” aparecen como una fotografía actual. Todo resulta un territorio engañoso. Colombia no es un país de postal, tiene un centro doloroso que Ayarza desnuda con acierto. La poeta siente la necesidad de nombrar a Colombia y de ser escuchada por el lector cercano, pero también por el que reside más allá de las fronteras y no ha puesto sus ojos en Colombia, como un grito de angustia al que debe atender toda América

El corazón de tus hermanos/ ya no es la dulzura en la mitad del pecho./ Se acabaron las diáfanas criaturas,/ las gentes con el nombre de cristal./ Las calles no volvieron a cantar en las ventanas./ A los loteros y a los lustrabotas/ les sellaron con plomo sus asambleas de esquina./ Y en las casas antiguas el abuelo/ —a la sombra del brevo familiar—/ doblega en silencio su cabeza blanca,/ mientras Colombia en el mapa se desnuda/ y le muestra a la América sus llagas!

En el IV apartado Ayarza vuelve a la posibilidad del grito, a la necesidad del decir “Este silencio que tendré en la boca/ crecerá por tu voz como un gigante” en este apartado aparece la palabra como una entidad que perdura, que hereda al hijo y se resiste ante la muerte.

Finalmente, en la última parte de “Testamento” Ayarza hace un inventario de bienes, como es usual: “Dos manos te dejo, hijo mío”, “Te dejo también un sexo y un nombre de varón exacto.”, “Mi herencia es haberte hecho varón./ Haber logrado concebirte alto, simple, transparente./ Haberte dado a luz en este siglo/ en que cada hombre es un dios omnipotente”. Los bienes no son bienes materiales, son bienes intangibles en los que se cuestiona como a lo largo del poema, esa calidad de ser humanos, de ser hombres del montón o de ser hombres que marquen la diferencia, de “seres omnipotentes”. En ese mismo orden el poema concluye con la siguiente sentencia: “y diles a los hombres de la tierra/ que en Colombia, la sonrisa de las calaveras,/ va a silenciar ya su coro entre las tumbas!”, de esta manera termina el poema, como un canto de seres cercanos a la muerte que deambulan en la tierra y no se resignan a ver a su patria sucumbir.

Pocos poemas en la historia de la literatura colombiana retratan con tanta fidelidad el país, desde una mirada que aún hoy nos dice, pocos invitan a la conciencia y a la necesidad de actuar. Ayarza reconoce la muerte, la siente cercana y por ello emprende una batalla desde la palabra honesta, además hay una continua reflexión por la Colombia que habita, cercana al lector, con metáforas cotidianas y críticas certeras. La invitación no es otra que a mirar esta radiografía poética, a leer y volver a la lectura no sólo de “Testamento” sino en general a toda la obra poética de Emilia Ayarza, la cual le habla al sentimiento de patria, pero también al amor, al olvido, entre otros, con un importante acierto, confirmándose como una de las poetas más importantes en la historia de la poesía colombiana. Leerla es apenas un gesto de generosidad ante su olvido.

Colombia es un país en el que históricamente converge la violencia y la muerte, la barbarie y la injusticia, por fortuna, aún queda la poesía como un dardo certero, como un canto fuerte que sobrevive ante la inmanencia de la muerte y el olvido.

 

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Bibliografía:

Ayarza, Emilia. (1957).Voces al mundo. Bogotá: Editorial Lumbre.

Ayarza, Emilia. (1987). Testamento. Roldanillo: Ediciones embalaje del Museo Rayo.

Ayarza, Emilia. (1996). Solo el canto. Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio.

 

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Emilia Ayarza 

(Bogotá, 1919; Los Ángeles, California, 1966). Doctorada en filosofía y letras por la Universidad de los Andes, colaboradora de la revista Mito. Los últimos diez años de su vida residió en México, donde fue acogida con entusiasmo, no sólo por su poesía —la más audaz en ese momento, entre la escrita por mujeres— sino por su socialismo político y sociabilidad cultural. Entonces ganó un premio por su cuento |Juan Mediocre se suena la nariz (1962). Dejó una novela inédita: |Hay un árbol contra el viento. Obras: |Poemas (1940); Sólo el canto (1942); La sombra del camino (1950); Voces al mundo (1955); Carta al amado preguntando por Colombia (1958); El universo es la patria (1962); Diario de una mosca —prosa— (1964);Ambrosio Maíz, campesino de América (ff63) y Testamento (1987). En 1997, con el título de su segundo libro, hizo una selección de sus poemas Juan Manuel Roca y se reeditó por primera vez en Colombia su |Diario de una mosca.

fuente: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/quien/quien1c.htm

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