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13 Oct 2015 / 10:42 am

 

 

Selección y nota Gabriel Chávez Casazola *

Coordinación proyecto Fredy Yezzed

 

 

La poesía boliviana: ese misterio, esa ínsula mediterránea, esa perla escondida, posee una rica tradición y una gran vitalidad. Son varios los factores que concurren y conspiran para que no sea conocida (ni reconocida) más allá de las montañas andinas y de los ríos amazónicos: ausencia de publicaciones –libros, revistas, portales– con alcance internacional; editoriales pequeñas; falta de apoyo estatal; escasos contactos y canales de relación con autores, críticos, editores, traductores y divulgadores de otras naciones. Pero además, como lo escribí alguna vez, cierto ensimismamiento –que oscila entre la timidez y la arrogancia– de muchos de los propios creadores.

Sin embargo, poco a poco, de la mano de las nuevas tecnologías y de las nuevas generaciones, esas limitaciones y esos límites se van disipando, y así comienza a conocerse más de esta poética que hunde sus raíces incluso más atrás de la fundación del país (1825), en la notable poesía religiosa que se escribía en la Audiencia de Charcas durante el período indiano –pienso en Luis de Ribera (1555-1629)–, en paralelo al Siglo de Oro español; así como en la poesía oral originaria, tanto de las culturas indígenas del occidente altiplánico –recordemos a Juan Huallparrimachi (1793- 1814)– como de los pueblos de las tierras bajas del oriente.

La tradición poética boliviana se fue formando, pues, al calor de diversas influencias, primero europeas y occidentales, luego también americanas, sin (poder) renunciar del todo a sus raíces telúricas o indígenas –clara muestra de ello es Franz Tamayo y su peculiar modernismo helénico–andino–; y así hasta encontrar una voz propia, o varias, nítidas y a menudo notables voces propias, desde finales del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX, al que bien puede llamarse el siglo de la poesía en Bolivia.

 

Los antepasados

Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933), Franz Tamayo (1879-1956), Oscar Cerruto (1912-1981) y Jaime Saénz (1921-1986), son las piedras miliarias –o los tótems– a cuya luz y bajo cuya sombra transitamos los actuales poetas bolivianos, pero hay mucho y muchos más por leer y descubrir.

De dos de estos nombres fundamentales –e insoslayables– de la tradición del siglo XX: Oscar Cerruto y Jaime Saénz, descienden a su vez dos corrientes o maneras de entender la poesía. El venero cerrutiano es mucho más cristalino y reflexivo, de un trabajo más depurado con la palabra y no exento de la búsqueda (o de la experiencia) trascendental; el venero saenzeano es hermético y oscuro, y a menudo liga la poesía con el alcohol, la noche y la marginalidad.

Hay también otros poetas nacidos en la segunda mitad del siglo XIX –el siglo  de la poeta ciega María Josefa Mujía (1812-1888) y de Manuel José Cortés (1815-1865)–, pero que escribieron buena parte de su obra en el siglo XX y por tanto pueden ser considerados, con todo derecho, poetas de esa centuria, como los mencionados Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933) y Franz Tamayo (1879-1956), junto a Jaime Mendoza (1874-1939), Gregorio Reynolds (1882-1948), Claudio Peñaranda (1883-1921), Germán Mendoza (1884-1968), José Eduardo Guerra (1893-1943) y Nicolás Ortiz Pacheco (1893-1953).

Además de Horacio Rivero Egüez (1905-1973), Raúl Otero Reiche (1906-1976), Hilda Mundy (1912), Yolanda Bedregal (1913-1999), Fernando Ortiz Sanz (1914-2004), Julio de la Vega (1924-2010) y Alcira Cardona Torrico (1926-2003), poetas de referencia nacidos en los primeros años del siglo XX, encontramos un caudal de autores cuya obra se desplegó y alcanzó madurez en la segunda mitad del siglo, como es el caso de tres importantes escritores nacidos en los años 30: Edmundo Camargo (1936-1964), Jorge Suárez (1931-1998) y Roberto Echazú (1937-2007), todos ya fallecidos, a los que podríamos sumar, de esa generación, a los curiosamente olvidados Walter Arduz Caballero (1934-2007) y Mary Monje Landívar (1936-2004), y a los más cercanos Alberto Guerra Gutiérrez (1930-2006), Eliodoro Ayllón Terán (1930-1992), Antonio Terán Cabero (1932), Juan Rodríguez Meras (1935) y Ruber Carvalho Urey (1938).

 

Entre dos siglos

Próximo y vigente está un racimo de relevantes poetas nacidos en los años 40: Pedro Shimose (1940), Jesús Urzagasti (1941-2013), Nicomedes Suárez (1942), Eduardo Mitre (1943), Matilde Casazola (1943), Norah Zapata Prill (1946) y Blanca Wiethüchter (1947-2004), todos ellos autores centrales para comprender la poesía boliviana contemporánea, y también pertenecen a esa década otros interesantes creadores, como Luis René Cortés (1941), Jaime Nisttahuz (1942), Fernando Rosso Orozco (1945), Aníbal Crespo Ross (1948), Álvaro Diez Astete (1949) y Luis Andrade (1949). 

Ya nacidos en la década del cincuenta, hallamos un puñado de poetas liminares, de transición, puesto que tienen obra representativa publicada en las últimas décadas del siglo XX y en los primeros años del siglo XXI: Humberto Quino Márquez (1950), Edgar Arandia Quiroga (1950), Alfonso Gumucio Dagrón (1950), Juan Carlos Orihuela (1952), Jaime Taborga Velarde (1952), Jorge Campero (1953), René Antezana Juárez (1953), Edwin Guzmán Ortiz (1953), Oscar Barbery Suárez (1954), Cé Mendizábal (1956), Marcia Mogro (1956), Julio Barriga (1956), Alejandro Suárez (1957), Rubén Vargas (1959) y Eduardo Nogales (1959), entre otros. Un caso particular es el de Guillermo Bedregal García, nacido en 1954 y fallecido tempranamente en 1974, con una valiosa obra publicada de manera póstuma. 

Tras ellos, viene una generación en plena y presente madurez poética, con poetas nacidos en un arco que va desde fines de los 50 hasta mediados de los 70 del siglo pasado y que son quienes han publicado los libros de poesía que considero más significativos, en diferentes registros estéticos, de los primeros catorce años de este siglo: Gary Daher (1956), Homero Carvalho (1957), María Soledad Quiroga (1957), Juan Cristóbal Mac Lean (1958), Vilma Tapia (1960), Igor Quiroga (1961), Gustavo Cárdenas Ayad (1961), Benjamín Chávez (1971), Oscar Gutiérrez Peña (1971), Mónica Velásquez (1972) y Paura Rodríguez Leytón (1973).

Citemos también, bajo este mismo arco generacional, a Victor Paz Irusta (1959), Juan José Pacheco (1960), Patricia Gutiérrez (1960), Máximo Pacheco (1961), Juan Carlos Ramiro Quiroga (1962), Mario Alberto Herrera (1965), Eugenio Verde Ramo (1965), Rodolfo Ortiz (1969), Marcos Sainz (1970), Claudia Peña Claros (1970), Alfredo Rodríguez (1971), Katterina López Rosse (1972), Cecilia Romero (1972) y Alejandra Barbery Zanutti (1973), que de seguro darán más obra en los próximos años.

Mención particular merecen algunos autores que eligieron vivir en Bolivia, habiendo nacido en otros territorios, y que de alguna manera son ya poetas nacionales al haber desarrollado aquí la mayor parte de su obra, como Juan Araos Uzqueda (1952), Gigia Talarico (1953) y Emilio Martínez (1971).

 

Dieciséis voces (y más)

Se me ha pedido que la presente muestra de nueva poesía boliviana –que tiene el terrible desafío adicional de seleccionar un solo poema por cada uno de los autores–, abarque a poetas nacidos desde el año 1970 hasta mediados de los años 80. 

En esa zona coexisten tres generaciones, que aunque no son compartimentos estancos –pues aquí también hay poetas liminares– poseen características diferenciadas. La primera corresponde a los nacidos a inicios de los 70, cuya producción –como ya anoté– se encuentra en su momento más rico y maduro, y cuya poesía dialoga y está más cerca de los poetas de fines del 50 y los 60 que de los nacidos a partir de mediados de los 70. Entre ellos he escogido poemas de los ya mencionados Claudia Peña, Benjamín Chávez, Oscar Gutiérrez, Mónica Velásquez y Paura Rodríguez.

Hay, enseguida, una generación intermedia, con voces poéticas ya perfiladas y una exploración estética que puede ir desde el marginalismo malditista de Clíder Gutiérrez Aparicio (1973), hasta la poesía experimental de Jessica Freudenthal (1978). De esta etapa propongo poemas, además de los dos autores ya señalados, de Vadik Barrón (1976),  Adriana Lanza (1978), Pablo Carbone (1980) y Janina Camacho (1981). 

Enseguida viene la novísima generación de poetas bolivianos, en búsqueda y construcción de su propia mirada y lenguaje. Allí son muchas las voces, y escarmenadas quedan aquí algunas de las más interesantes (aunque esto no sea definitivo, pues hay encenderes y apagares en esta parte de la vida): Emma Villazón (1983, acaso más cerca de la generación anterior), Pamela Romano (1984), Monserrat Fernández (1984), Sebastián Molina (1985) y Paola Senseve (1987).

La pedida delimitación de quince nombres –vulnerada en uno, pues traigo aquí a dieciséis poetas: qué sería de este oficio (y de la existencia) sin las transgresiones– no quiere decir que dejemos de apuntar el nombre de varios nuevos poetas bolivianos de valer como Lourdes Saavedra (1976), Verónica Delgadillo (1977), Anabel Gutiérrez (1978), Marcelo Castro Melgar (1978), Jorge Ruiz de la Quintana (1979), Diana Taborga (1980), Edson  Hurtado (1980), Eufemia Sánchez Borja (1981), Rodny Montoya (1981), Rocío Ágreda (1981), Guillermo Augusto Ruiz (1982), Mariana Ruiz Romero (1982), Sergio Gareca (1983), Carolina  Hoz de Vila (1983), Claudia Vaca (1984), Alejandría Carranza (1984), Pablo Enrique Osorio (1985), Albanella Chávez (1985), Claudia Pardo (1985), Omar Alarcón (1986), Osdmar Filipovich (1986) y los muy recientes Pablo César Espinoza (1989) y Yamil Escaffi (1989).

Sean estos apuntes y la pequeña antología que les sigue, un nuevo esbozo de respuesta a ese atrayente signo de interrogación que sigue siendo la poesía boliviana: ese misterio, esa ínsula mediterránea, esa perla escondida.

 

 

***

 

 

Claudia Peña Claros (Santa Cruz de la Sierra, 1970) Poeta, narradora y ensayista. En poesía ha publicado Inútil ardor (2005) y Con el cielo a mis espaldas (2007). En novela La furia del río (2010) y en cuento El evangelio según Paulina (2003) y Que mamá no nos vea (2005).

 

 

soy mujer warmi

 

me llamo claudia, y hubo un tiempo en que no podía decir mi nombre

sin que me temblara la voz

 

igual: así temblando me hice

 

***

 

no puedo huir

                               

cuerpo cerrado por

fuera destetada de mi

carne condenada a es-

tar

 

abrime claudia

la puerta

 

dejame entrar

 

Del libro Con el cielo a mis espaldas

 

Benjamín Chávez (Santa Cruz de la Sierra, 1971) Poeta boliviano, residente en La Paz. tiene ocho libros de poesía publicados: Prehistorias del androide (1994), Con la misma tijera (1999), Santo sin devoción (2000), Y allá en lo alto un pedazo de cielo (2003), Extramuros (2004), Pequeña librería de viejo (2006), Historia de las invasiones perdidas (2012) y El libro entre los árboles (2013), además de la antología personal Manual de contemplación (2009).

  

La débil música de las suaves cosas

 

En la alta noche

la débil música de las suaves cosas.

Mientras el sueño consuma la quietud

las torres callan

los motivos de su altura.

Cada instante se estremece

y lo quedo nos habla con una voz más íntima.

No son las cosas que no tendremos nunca

son las que están

las que estuvieron por siempre / calladas

y hoy

complicidad contenida

nos susurran

una familiaridad irresuelta.

 

 

Del libro Pequeña librería de viejo

 

 

Oscar Gutiérrez Peña (La Paz, 1971) Poeta boliviano, residente en Santa Cruz de la Sierra. Ha publicado Sobrevuelo en la ciudad de los anillos (2007), Sobrevuelo 2.0 (2008) y Ciudades interiores (2013).

 

 

Al futuro cadáver

 

Alguno me dice

“pariente

tu poesía es muy feliz.

Eres un optimista

lo que escribes no es real”.

 

Yo miro entonces al futuro cadáver

huelo su descomposición inevitable

escucho los inútiles rezos

las fatuas novenas

y sonrío

(en estos

y en tantos otros casos

lo inteligente es callar)

 

De todos modos,

¿qué podría decirle?

¿Que ya lo sé?

¿Que no lo he notado?

¿Que yo mismo reniego de mí?

 

Pero no

para qué.

 

Mi único mérito consiste

en saber que nos estamos muriendo

y en actuar

como si eso no importara.

 

Del libro Ciudades interiores

 

 

Mónica Velásquez Guzmán (La Paz, 1972). Poeta y crítica literaria. Publicó los poemarios Tres nombres para un lugar (1995); Fronteras de doble filo (1998); El viento de los náufragos (2005); Hija de Medea y La sed donde bebes (2011). Además, los libros de ensayo literario Múltiples voces en la poesía de Francisco Hernández, Blanca Wiethüchter y Raúl Zurita (México, 2009)y Demoniaco afán. Lecturas de poesía latinoamericana (2010).

 

 

Tu gemelo está en un dios que no viste

en un amor que dejaste olvidado

en las opciones

en otra forma de vivir

en todo lo que callas

tu gemelo canta desde tu niñez

te cuida como al más solo de sus hijos

te va siguiendo los pasos

y recoge a diario lo que queda de tu sombra

sabe tus transformaciones

no se parece a ti aun con tu misma cara

tu gemelo es el que quieres

el que pudiste

el que dejaste de ser

tu gemelo duerme a tu costado sin decir palabra

su nombre es el nombre que pondrás a tu hijo

sin saber que lo convocas

que también le sigues los pasos

entregándote sin peros

a las almas de doble filo

 

Del libro Fronteras de doble filo

 

 

Paura Rodríguez Leytón (La Paz, 1973) Poeta y periodista boliviana, residente en Santa Cruz de la Sierra. Ha publicado Del Árbol y la arcilla azul azul (1989); Ritos de viaje (2004); Pez de Piedra (2007) y Como monedas viejas sobre la tierra (2012). En ensayo publicó Mistura para el bello sexo (2004).

 

 

Pez de piedra

 

2

Algunas señales

me despertaron la piel.

Cierro los ojos

y transito cada tramo de mi cuerpo,

palpando

una infinita oscuridad

que me ahoga.

Quiero oler una piedra lisa,

lamer el polvo de las ventanas.

Deseo poesía para mis dedos

para lavarme los pies.

Para desvestirme de mí

y hablarme de lejos.

 

 

4

Busco algo que ocultan mis manos:

una pequeña pieza de relojería

anterior a nuestros huesos

que ahora sólo existe en el paladar,

como alguna melodía,

como voz providencial.

 

Del libro Pez de Piedra

 

 

Clider Gutiérrez Aparicio (Sucre, 1973). Es autor de los poemarios Prólogo a la Muerte (2009) y Celebra la tristeza de los vivos y los muertos (2010).

 

 

Celebra la tristeza de los vivos y los muertos

 

IV

En el bosque siempre florecerán las flores,

en el agua o entre las rocas.

 

Los árboles no conocen la tristeza.

 

Los árboles no están desamparados en el mortal agotamiento.

 

No saben del tesón con que lloramos a nuestros muertos

o la desesperación

o el modo con que la luz artificial nos ilumina

o el presentir la muerte en la aflicción del dolor.

 

La piedra no se sueña a sí misma que es animal

o que es hombre o que el hombre es animal

o que el tiempo es un girasol y la vida el mar

o que la flor es un lamento

y que la ira de carne y hueso que vive en nuestro interior,

es el incesante espanto de no saber qué es o quién es o de dónde es

este miedo de caer en el hoyo

del estremecimiento que siempre fue y será

el hoyo donde se está con uno mismo.

 

Si las piedras lloran o no lloran

o si tienen oídos y que lo sabido sea lo violento

o que dios sea un gladiolo o un fantasma que arrastra su cadáver

y si el perfume de los árboles es un laberinto donde la vida bulle,

como el amar o como el sufrir.

 

La serenidad con que nos mira la noche no bebe de las palabras,

sólo es noche y no sensación o sentimiento o gestos del pensar.

 

No sabe de decir si el cacareo del gallo es o no es la demostración de la vida,

lo primitivo y único del ser y la existencia

o que las estrellas titilen frío o que sea inútil el gritar con el último

palpitar del corazón y que un cuerpo desaparezca en otro cuerpo

por el milagro de amar

y que sientas o no sientas la cercanía de las hormigas que van cantando

y los gusanos te abracen con su voz humana.

 

Que no se diga que la niebla que baña al manantial con su modo de brillar

es la voz de la poesía que alumbra la tumba del que ya está muerto

y que la calavera del muerto este sentada o parada

o que la oscuridad que desciende de la penumbra sea un estremecerse

como el paisaje de huesos donde habita la consciencia,

ese cementerio sin límite de tumbas, esa vida en el corazón de la muerte.

 

No seremos el rocío en las hojas o la miel de las abejas

y lo que llamamos esencia no tendrá la claridad del agua.

 

Seremos siempre la sombra inerte de una oscura inocencia que vanamente

nos aprisiona.

 

Que lo bello siga siendo una certeza trascendente en los sueños de los sueños

y que la orilla del océano sea del tamaño del mañana

y el mañana sea lo que apenas conocemos

y que los caballos que no encuentran el camino sean aves en el crepúsculo.

 

Que el cadáver que llevamos dentro sienta la tristeza.

 

Que la muerte oprima y que el amor sea de todos

y que el azar sea el alma y el cuerpo

y que las alforjas estén llenas de lo absurdo.

 

Que la tierra cante o que no cante

y que el mar sea el cántaro donde nuestros huesos sean la comida de los peces.

 

Si hay silencio o no hay silencio en lo fatal.

La vida será siempre la misma, esa dicha interminable,

ese estremecerse interminable.

 

Del libro Celebra la tristeza de los vivos y los muertos

 

 

Vadik Barrón (Moscú, 1976) Poeta, narrador y cantautor boliviano. Ha publicado los libros de poemas Cuaderno Rojo (2002), iPoem (2008), Rocanrol y canciones del futuro (2011) y Los espejos sonoros (2014). Tiene varios álbumes de música, abarcando distintos estilos dentro de la música popular contemporánea.

 

 

Canciones del futuro

[1]

                                                                                          La vida está en otra parte.

Cruzad fronteras. Huid.

                                                                  Salman Rushdie

Hace tristeza allí afuera:

en los charcos perennes

en los adoquines rengos

en los pájaros

que van dando tumbos de árbol

en árbol,

            como pedruscos.

 

Hace un frío de mierda, muchachos,

zaguanes, guantes de lana y tazones de té:

 

Guardemos las nubes, las canciones,

los papeles entregados al futuro:

enciendan hogueras y abrácense fuerte

debajo de las frazadas

como si no hubiese mañana.

 

Porque no hay, les cuento.

 

Del libro Rocanrol y canciones del futuro

 

 

Jessica Freudenthal (Madrid, 1978) Poeta boliviana, residente en La Paz. Ha publicado los libros de poesía Hardware (2004, con una edición aumentada en 2009) y Poemas ocultos (Yerba Mala Cartonera, 2006).

 

 

Serpentina

 

En todo cisne hay una serpiente

Sylvia Plath

 

El amor es el augurio maldito
de que cerrarás la boca
ante todo lo que habías dicho.

 

Después

un paraguas verde perdido en un cine,
señalará tu camino.

 

La estructura del aire aparece
y una mosca de ti
es todo lo que habita el musgo.

 

Recuerda:

En boca cerrada

no queda nada por decir.

 

Del libro Hardware

 

 

Adriana Lanza (La Paz, 1978). Ha publicado Primer Alumbramiento (2005), Tiempo de Sirenas (2011) y Poesía Silvestre (2013). También publicó la obra de relato breve Libro de armar (2009).

 

 

Intervención

 

De mi voz saldrán fantasmas.

Una mujer ronca y tremenda

tapeará el sonido sexy

de limarse las uñas.

 

El aliento de mi negra lleva magnolias,

la flor que por hoy me gusta como suena.

Tu melindre será un aro de azulinas diminutas

que la ruda odiará mientras lo lleva.

 

No habrá tonos lunáticos

ni los agudos de la chiquilla

que muestra los senos.

Todo será estruendo

mientras que con un estilete

te cortas la cara naturalmente.

 

Comprenderás a este punto

que no hay escándalo si lloras.

 

Intervención corporal hasta la nervadura de la rosa, se llama.

 

Del libro Tiempo de sirenas

 

 

Pablo Carbone (La Paz, 1980)Poeta y artista teatral residente en Santa Cruz de la Sierra. Tiene publicados los libros Embriaguez nocturna (2009) y El laberinto del musgo (2012).

 

 

Repulsiones de verano

 

Hacia ti descienden las gaviotas

con su incurable regocijo,

con su sobriedad inmaculada.

 

Llegan previsibles,

recatadas,

altivas todas ellas.

 

Desde la gravidez que me separa

atisbo un destierro involuntario,

una capa herida,

una opresión milenaria de cigarra.

 

Me repugna su vanidad simétrica,

su ordenada sobremesa,

la pupila laboriosa;

prefiero la sorpresa sucia de relámpago,

la cascada libre y soberana,

la sombra que lame, rigurosa,

las cenizas de mi ventana.

 

Del libro El laberinto del musgo

 

 

Janina Camacho (Cochabamba, 1981) Poeta, ha publicado los poemarios Los abismados seres (2006), La cruel inventora de los desvaríos (2011) y El círculo de los navegantes (2013).

 

 

Soy siendo

 

Busco en eco de tu risa

la memoria de un fulgor hermoso

 

Muy temprano salto

de lo que se iza con la melancolía

 

Cansada de ser la que espera

la que nadie ve

la que nadie quiere conocer

cierro la puerta del fatal regreso

 

Florece un altar de la que soy siendo

la que espera

 

Del libro El círculo de los navegantes

 

 

Emma Villazón (Santa Cruz de la Sierra, 1983). Poeta residente en Chile. Publicó Fábulas de una caída (2007) y Lumbre de ciervos (2013).

 

 

Haciéndome cargo

              En algún lugar, alguien viaja hacia ti,
              viaja día y noche.
              Anne Carson

Trato de hacer todo con cuidado.
Se me encarga que mantenga la casa en orden
y así lo hago, primero con desesperación, luego sin pensarlo
(sin preocuparme como cuando estoy frente a la luz);
entonces barro las hojas que cubren el patio,
estiro la ropa en sogas, cocino, quito el polvo,
atiendo a los capullos de las jardineras de ladrillos:
velo su crecimiento, su raro sueño de puños cerrados.
Asumo mi tarea con sudor y culpa,
pero cuando boto las conservas vencidas por el inodoro,
me quedo allí parada por varios minutos.
Es un alivio ver cómo el agua limpia absorbe y se lleva todo.
Descanso increíblemente viendo cómo es succionado
el mal olor de nuestras vidas, y emerge de eso que parecía vómito de niño,
una espuma similar a la del mar.
Es difícil estar pendiente de la suciedad, de los restos
que dejamos en los baños, en los platos, en los pasillos,
es como estar levantando lo que el tiempo nos hace a cada minuto
en nuestra intimidad y queda con telarañas en unos rincones.
Realmente es duro, pero cuando veo esa espuma que se ha llevado
lo malo, es para mí como una canción, una que me dará fuerzas
cuando venga la noche
y no tenga otra voz
sino esa con la que contesto el teléfono.

 

Del libro Fábulas de una caída

 

 

Pamela Romano (La Paz, 1984). Poeta, crítica de arte y artista audiovisual residente en Buenos Aires. Ha publicado el libro Lengua geográfica (2009), mientras su producción posterior está dispersa en antologías y revistas latinoamericanas de poesía.

 

 

cielo

I

aclarece -es verdad-/ algo se sabe del sol:

 

y recuerdo que el sol es redondo según lo aprendimos

en esos primeros años de escuela en que se empezaba a reconocer

el perfil de las calles: sus nombres: sus veredas mugrientas

hasta dar con la arquitectura simplista de nuestra escuela / y claro

 

no lo es

 

imposible que sea redondo

 

 

III

 

y en efecto: aclarece

aclaramos las preguntas o eso que da la ceguera: ¿por qué para qué

se reúnen estos humanos alrededor del espectáculo que trae lo que llaman

         brisa?

 

acalorados / sudorosos

vestidos con poleras de manga corta

 

esas poleras donde se ha estampado

de manera optimista a ese sol de arriba

esta vez: (risible)

con cierta cabellera ligera y larga amarilla en el aquí abajo / esos estampados

que ayudan tanto en las crisis más profundas

frente a ciertas páginas de Benjamin (pp. 67-70)           

también una flor

un cuadro de Escher o Kandinsky —las más vendidas / y por eso mismo

 

o a la inversa

 

mira ese cielo

 

míralo

pero en serio

 

míralo:

 

la copia fabulosa y barata 

de la eminencia de lo que sujetamos tapándonos los ojos: a tientas 

después de una larga noche de alboroto en que desbordaron todos los ríos

esa noche (la de ayer) cuando se inauguró una exposición pictórica

y hubo -antiquísima práctica

(quizás lo más apropiado para ese museo y evento)

vastas cantidades de vino

 

es honroso emborracharse emborracharse hasta el hartazgo

saber que la planta es por fin en nosotros -su gran triunfo- llegar

 

de la trasnoche

atareados por la demolición de toda raíz (sugeriste

que empiece por mi escuela) y aquí

o ahí -sabes muy bien lo que ha sido llegar hasta aquí

 

 el cielo

 

Del libro Cualquier dedo fracturado

 

 

Monserrat Fernández Murillo (La Paz, 1984). Poeta y crítica literaria. Ha publicado Crisálida Andina (2008) y Warmi (2011). Es coautora de la colección de libros de ensayo La crítica y el poeta (2011-2013).

 

 

Hielo

 

Mañana, yo y tus primeras visiones seremos ceniza.

 

Hoy

pienso como consuelo que podrías tener el origen en el error.

En el dolor hay tanto, te digo

y veo tu voz escabullirse, pero vacila ante el vacío de una puerta abierta.

La creencia, pienso, pero no lo digo.

 

Resonarás en sufrimiento, digo, y piensas que no soy buena,

pero en verdad soy bella.

Una mujer buena no es nunca bella.

Vuelvo a pensarte: creencia.

 

Simularás ser voz indulgente: – Me sucede que eres tú, dirás

 y pensaré en la lluvia

porque hay que distinguir dos cosas:

el miedo que se filtra gota a gota

y el sudor pálido de tu mentira.

Simularé ser voz indulgente: – Lo sé, diré

y pensaré que el próximo rompimiento es el del cascarón, no del círculo.

Nunca pasará, pienso: Nunca seremos dos y no seremos más sencillos.

 

Tu renunciamiento es miedo y yo no sé de qué.

Esta es una salvación, te digo.

No me entiendes, no quieres…

Entonces permanezco en los estampados

a ti esto te avergüenza,

a mí me enoja.

 

¿Qué te importa a ti si yo te amo?

Tu inclinación a la soledad me asombra y me conmueve como un espejo

reposo en el fondo de tu imagen

sólo así sales del escondite, pero no dices nada.

 

Pienso: hay una distancia mínima y absoluta:

siempre me imagino tal cosa, libre y oscura

siempre te imaginas tal cosa, cauta y soleada

 

Las cosas que nos oprimen tienen dulces ecos.

Eso es: creer en un ser que oprime el aire libre.

Eso es: no crees en mí.

 

Terminará con lluvia como debe ser,

pero antes sólo pido un tiempo

de capricho, de pausa, (de miedo),

hagamos hielo.

 

 

De Revista de Estudios Bolivianos

 

 

Sebastián Molina (Santa Cruz de la Sierra, 1985). Poeta, ha publicado los libros de haikus Después de este silencio (2005 y 2013), y Otra vez el silencio (2007 y 2013).

 

 

¿Cómo se expresa

lo que la música ilumina

cuando enmudece?

 

Del libro Después de este silencio

 

 

Paola Senseve (Cochabamba, 1987) Poeta y narradora residente en Santa Cruz de la Sierra. Publicó Vaginario (2008), obra que reúne poesía y prosa, más el poemario Soy Dios (2011 y una edición ampliada en 2012).

 

 

No cocino

No plancho

No lavo

No leo

No escribo

No dibujo

No canto

 

Solo sé llover

y mojar

 

 

***

 

Le tengo miedo a la mujer

que se acuesta todas las noches en mi cama.

 

Del libro Soy Dios

 

 

***

 

 

* Gabriel Chávez Casazola  (Sucre, Bolivia, 1972) Poeta y periodista boliviano. Tiene publicados cinco libros de poesía, entre ellos su reconocida obra El agua iluminada (2010), parcialmente traducida al italiano, inglés, portugués y rumano, y su reciente libro La mañana se llenará de jardineros (2013, Ecuador; 2014, Bolivia). Imparte talleres de poesía y ha participado en encuentros y lecturas en varias naciones. Entre otros premios, ha recibido la Medalla al Mérito Cultural del Estado boliviano. En 2013 fue finalista del Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo. Tiene otros libros publicados en crónica y ensayo.

De su obra, el poeta uruguayo Alfredo Fressia ha escrito: “Poesía del elemento líquido, del viaje, de lo inestable como el tiempo y la memoria, la obra de Gabriel Chávez Casazola tiene el poder de transfigurar lo que toca, de iluminarlo (…) Al mismo tiempo polifónica y profundamente centrada en la palabra de su creador, la obra de Chávez Casazola –un autor cada vez más reconocido entre los poetas del continente- suscita la inmediata adhesión del lector, la total identificación con el yo de su poesía, que es siempre un nosotros, los que nos reconocemos iluminados por este poeta de excepción”.  

 

 

Poetas del Nuevo Milenio es un proyecto que convoca a 20 países de lengua española y lenguas romance. Busca explorar en las tendencias y temáticas que trabajan los nuevos autores del siglo XXI. El principal criterio de estas antologías virtuales es reunir a autores nacidos a partir de 1970 en adelante que, por lo menos, hayan publicado un libro de poesía y aporten con la calidad de su trabajo al panorama de la poesía actual de sus países. Poetas del Nuevo Milenio es coordinado por el poeta Fredy Yezzed y nace como un proyecto de investigación liderado por estudiantes de la Universidad de Buenos Aires sobre la nueva poesía latinoamericana.

 

 

Fredy Yezzed. Bogotá, Colombia, 1979. Como investigador literario escribió el estudio Párrafos de aire: Primera antología del poema en prosa colombiano (Editorial de la Universidad de Antioquia, Medellín, 2010). Tiene publicado los libros de poesía: La sal de la locura, (Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández, Buenos Aires, 2010) y El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein (Ediciones Del Dock, Buenos Aires, 2012). Actualmente está radicado en Buenos Aires, Argentina.

 

Los contenidos y las ideas expresadas, lo mismo que su escritura, son de exclusiva responsabilidad del autor de la selección y no compromete a la Universidad de Buenos Aires, ni al coordinador del proyecto, ni a la orientación de la revista La Raíz Invertida.

 


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