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12 Oct 2015 / 09:48 am

 

Publicamos una selección de la poeta ecuatoriana Marialuz Albuja Bayas (Quito, 1972). Ha publicado La pendiente imposible (2008), premiada y publicada por el Ministerio de Cultura del Ecuador, Detrás de la brisa (2013), mención de honor del premio César Dávila Andrade y Cristales invisibles (mínima selección, Popayán, Colombia, 2013).

 

 

 

VEN A DECIR lo que se te antoje
insulta
grita
despierta a todos.
No temas desenmascararme
hace tiempo perdí la reputación.

Quisiera dormir para siempre
mas la curiosidad de escuchar lo que digas me tiene en pie.
Tu voz me ayuda a cruzar murallas
cuando presiento la cercanía de lo perfecto.

Quisiera asumir la entereza de ser lo que soy
con el descaro de los que llegan a cualquier hora
sin importar hasta dónde
ni cuándo.

Quisiera…

Pero agonizo al saber que en mi mano
estuviste.

 

 


SI ELLA pudiese
solo ahora
recuperar los ademanes de la casa
el entusiasmo en la cocina
apenas sombra que habitó estos muros antes que su cuerpo
antes, también, de conocer
esa manera en que la muerte imprime señas sobre un rostro
gestos que nadie ha descifrado
laberintos.

Si aún supiera descubrir la madrugada
en que corrió tras la negrura del ciprés
para entrever en las pupilas del abuelo
ese dolor que se escondía bajo tierra
como un despojo que hasta ahora puede amar.

Y si quisiera recordar el breve júbilo
de las palabras descubiertas
como sueños

comprendería lo que tanto le hace falta
y en amistad con cada cosa
partiría.

Casi fugaz.
De frente.
Sin ninguna culpa.

 

 


ME TENDERÉ junto al agua
para sentir cómo hundes tus manos por el orificio de mi garganta
en busca de algún tesoro que todavía puedas arrebatarme.
Pero amenaza no serás
sino la miel en un descuido de mi boca.

Si un día vuelves
quedarán sólo tus ruinas.
Habré conseguido, innecesariamente,
salvarme.

 

 


RENDIDA FRENTE al silencio
me convertí en el ansioso animal
donde nunca supiste posar la cabeza.

Fui la fractura que de todo me apartaba
y que de todo me imprimía certidumbre.

Quedé prendida en el revés de cada cosa
y aunque lo quiera
es imposible regresar.

 

 


POR ESTAS VOCES que anegan mi voluntad
arrastro el cuerpo y no me lamento de mis heridas.
Tampoco busco el remedio que pueda con su espesura.
Y es que detrás de la pérdida
el mundo.

 

 


ESTO DE no dormir
de quebrarme
de alzar la cabeza en la madrugada
para rumiar no me acuerdo qué cosas.

Esto de verme las manos como si no fueran mías
porque unas venas azules, gruesas y serpenteadas ahora las surcan.

Este deseo de huir
tras la niebla húmeda de la costa
y no volver más al escritorio, a la calle, al ropero.

Esto de hablar para nadie
para mi abuelo cuando era novato
para la puta que descubrí en una calle de Santo Domingo
para la Pájara Pinta, que ayer extravió su quietud…

¿Acaso todo esto será El Desamor?

 

 


NO SABES que te dejo desnudarme
para que veas lo que guardo bajo la ropa.
No las flores ni los arroyos.
Ni siquiera la arena que mis pies arrastran como cristales invisibles.
Permito que desmorones mis prendas
porque entonces olvidarás tu deseo.
Querrás huir
aún palpitante del océano que va en mis yacimientos.

En mí un puñal que no conoce de otra luz.
Y no lo sabes.

 

 


SI ALGUNA vez fui hermosa, no lo sé.
Viví la desesperación desde temprano.
La belleza me parecía más absurda que la felicidad
pero la noche en que el silencio entró en mi cuerpo
logré mirarla desde cerca
como mía,
siempre que el mar se levantaba
vi su pulso,
besó mis pies entre la hierba
cuando las palabras aún no habían despedazado el territorio de la hermosura.
Apareció detrás del grito,
del derrumbe
y la guardé en lo más oculto de mi voz.

 

 


NO VOLVERÉ a despeñarme en un río.
Levantaré una muralla y veré su belleza de piedra.
De nada me serviría arrojarle un ladrillo a mi padre.
Ha de seguirme hasta la cueva donde levanto mi tienda.
He de encontrar el paraje que oculta sus miedos
desde que intenté clavarle un cuchillo por la espalda
desde que él despedazó mi guarida.

Cada piedra derrumbada por sus manos
será la que ahora le falta.
Y la que a mí me falta.
Soy hija suya.
Mi mano ha tocado las tumbas de sus antepasados.
Él conoce ya los nombres de mi descendencia.
De nada valdría arrojarle un ladrillo en la frente.
De nada, que él me destruyera.

 

 


A Cristina, otra vez, como entonces

NO VE LAS LETRAS sobre el papel
sino los arroyos que se abren camino entre manchas de tinta.
“Es agua”, me dice,
dejándose hipnotizar por el libro que no leerá esta mañana
ni nunca.

Los párpados entornados delatan su lejanía
y yo quisiera advertirle que la maestra la ha descubierto en su juego
pero presiento que otra mañana
cuando las olas la arrastren hacia la muerte
ya no estaré al lado suyo para cerrarle los ojos…

Será por eso que nada le digo
mientras la vida retoza en sus venas
                                   ahora
en clase de Ciencias Naturales.

 

 


NUNCA PENSÉ que sería tan bello dejarme ir.
Tampoco imaginé que dolería tanto.
Pero la brisa continúa merodeando los molinos
y la belleza rinde aún las voluntades a su paso.
Lo demás. Todo. Una ficción que hila imposibles.
El mar, la sierra, la distancia,
este jardín.

 

 

 

ENTONCES
en una pequeña oficina
calada hasta los huesos con los vientos de la Siberia
lejos del sol ecuatorial
escribía poemas.

Qué importa ya dónde.

Escribía poemas.

 

 

 

Marialuz Albuja Bayas Quito, 1972. Ha publicado Las naranjas y el mar (1997), Llevo de la luna un rayo (1999), Paisaje de sal (2004), La pendiente imposible (2008), obra premiada y publicada por el Ministerio de Cultura del Ecuador, Detrás de la brisa (2013), mención de honor del premio César Dávila Andrade y Cristales invisibles (mínima selección, Popayán, Colombia, 2013). Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, portugués, italiano, inglés, francés y euskera. Forma parte de antologías y publicaciones en el Ecuador, América Latina y Europa. Para público infantil ha publicado los libros Cuando cierro mis ojos y Cuando duerme el sol. Es cofundadora del sello editorial Rascacielos. Actualmente vive en Quito. Es traductora.

 


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