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21 May 2015 / 19:49 pm

Por Manuel Iris

 

Aunque lo hace, el poema no busca reflejar ni expresar lo que sucede en el mundo. Su impulso es otro: responder. La poesía, el poema concretamente, es una respuesta a la sociedad de su época y es por tanto una toma de postura, una reacción a la sensibilidad que le es contemporánea. No espejo sino proyector de vídeo sobre las conocidas calles cotidianas, es el poema.

Por supuesto, al escuchar una respuesta se puede inferir la pregunta que la ha generado.  De ese modo indirecto es que la poesía puede funcionar como termómetro de la realidad, pero lo suyo es encarnar una contestación aunque ésta, ella misma, no sea una salida sino un estado de la conciencia o del espíritu, un adentrarse. Contrario a lo que se ha dicho, hoy la poesía no se enfrenta a la incertidumbre sino que la explora y propone maneras de abordarla, de hacerla discurso, de decirla con un rostro propio. El poeta es un formulador, un humano perdido igual que los otros aunque con la capacidad de articular no sus certezas individuales, sino las dudas de todos sus hermanos. No es el guía de la tribu sino el vocero de la común orfandad.

El poema no es únicamente una cadena de palabras, idea o emoción que explota,  una estridencia que busca ser escuchada. La respuesta poética es una posibilidad del ánimo, una manera otra de habitar la realidad. Frente al ruido y lo inmediato, por ejemplo, la poesía actual propone (o cuando menos alguna poesía actual, que es la que me interesa) lentitud y calma, remanso, recogimiento. Perdida ya la fe—si se ha perdido— la poesía es un diálogo con la trascendencia, un re-ligamiento con el cosmos. En la era de la información automática, de las transmisiones en vivo de todo suceso a toda hora, la lectura de poesía es un espacio para la calma, para la lentitud.  

La poesía, toda, señala al mismo tiempo lo que tenemos de individual y de tribu. Vernos así, hermanados en lo íntimo, nos hace frenar el ritmo de lo personalizable, la rapidez de la individualidad separadora. La poesía descubre nuestro rostro verdadero tras la máscara de lo inmediato. Incluso los poemas más explosivos buscan eternizar un instante para verlo suceder eternamente en la lectura, con el ritmo que les corresponde.

Un poema se lee siempre por primera vez, está siempre recomenzando. Las palabras del poema nacen de y van hacia el silencio, que no es su anulación sino la tierra en que se siembran y en que surge su significado.

Precisamente ahora, en estos tiempos de inmediatez, de comunicación acelerada, la poesía nos entrega la posibilidad de vernos uno al otro y a nosotros mismos: nos re-une. Tal es su función frente a la realidad.

 


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