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26 Abr 2015 / 15:09 pm

Por Manuel Iris

 

Esta mañana te sorprendo con el rostro tan desnudo que temblamos…

Gilberto Owen

 

Solamente desnudándose puede uno entrar al poema. La lectura de poesía es—no hay otra opción— el  encuentro entre dos honestidades. Cada lector y cada poema se entrecruzan, siempre, en la intimidad: en ella habitan y se habitan.

La lectura de poesía es una experiencia intransferible, esencialmente subjetiva que define al poema tanto como al lector. Por eso creo necesario romper una lanza en defensa de la lectura desnuda.

Lectura desnuda es la que se hace desde la honestidad, ambos pies puestos en lo que se quiere y lo que se necesita, en lo que se dice y lo que se confiesa, en lo que se calla y lo que se oculta. Lectura desnuda es llegar desde y hasta el poema dejando de lado (durante la lectura) el nombre de la editorial, los premios del poeta, el prestigio y su fama. Lectura desnuda es encontrarse con el libro o el poema con entera humildad, con curiosidad auténtica y pedir lo mismo del poema que leemos, porque un lector desnudo pide desnudez, y un poema desnudo no acepta otra cosa. Uno se acerca al poema enteramente vulnerable y pidiéndole lo mismo, como en el acto amoroso. Es concentrarse en el poema y ya.

Para quien lee desnudamente, el poeta debe ser valorado después de la lectura de sus libros y no después de la recitación de sus premios. La carta de presentación del poeta son sus poemas, no su ficha biográfica. El lector que busca desnudez lee poema por poema, no autor por autor.

Por eso vale la pena decirle al lector que tiene derecho a estar en desacuerdo con lo que diga cualquier academia o editorial, si ha leído verdaderamente y siente que su sensibilidad le pide otra cosa: puede tener una necesidad distinta, y siempre hay un poeta, un poema, que puede ser el suyo, y puede perfectamente ser un poeta del siglo de oro, de otra lengua, un poeta local de su estado, un desconocido. Puede, igualmente, ser el poeta del que todos hablan, el poeta premiado. Lo importante es que ese acercamiento se realice desde la honestidad.

Igual vale la pena decirle al poeta que debe seguirse a sí mismo y no dejarse guiar por  lo que dicen los premios y las becas, las notas de prensa, las listas de mejores, los comentarios de pasillo: también puede tener una necesidad distinta y, de no seguirla, nunca encontrará su voz.

No quiero decir que no hay que leer a nuestros contemporáneos o que hay que desoír a los que se dedican a leer, no, pues es necesario estar enterados y tener postura. Quizá incluso estemos de acuerdo con ellos. Lo que digo es que ninguno de sus juicios debe dictar el propio: hay que defender la propia emotividad, pero también hay —para que sea saludable, crezca y se afine— que alimentarla de lo distinto.

La lectura desnuda deja claro que es mentira que exista el mejor poeta de una generación, país, época o lo que sea. No existe el mejor poeta porque los poetas no pueden ser comparados objetivamente. Existe, eso sí, el poeta con el cual  me comunico. El poeta que nos dice cosas, el que parece no solamente estar hablando de uno, sino desde uno. Existe el poema que, en un momento determinado, nos corresponde. Y somos libres de buscarlo donde queramos o la intuición nos dicte. La única condición que pone la poesía es una entrega total.

No hay salida: la experiencia poética será desnuda, o no será.

 


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