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04 Dic 2012 / 11:57 am

    Por Iván Trejo  

Quiero que cuando me vaya con mi música a otra parte me recuerden como un hombre venido de un pueblecito pequeño llamado Acaponeta, de un estado pequeño llamado Nayarit, que llegó al Distrito Federal y dijo: “Señores yo también soy un humano capaz de dejar sobre la conciencia de los mexicanos un sentimiento, un reflejo de lo que es la vida”.

Alí Chumacero

Alí Chumacero no pensaba sino en seguir la profesión de comerciante de su padre, al tiempo que cursaba la escuela primaria, el entorno inmediato le dictaba tal obviedad, al poco tiempo sería enviado junto con sus dos hermanos mayores a terminar la primaria a Guadalajara, ciudad donde estudia posteriormente la secundaria y la preparatoria, de la cual es expulsado por razones de las cuales no le gustaba hablar.

En 1936, en Guadalajara comenzó a publicar poemas y critica literaria en las revistas Estudiantina y Nueva Galicia, esos iniciales ejercicios críticos los dedicó a Amado Nervo y la literatura rusa, sobre todo la narrativa que llegó a sus manos por medio de la “Colección universal”, paradójicamente, se enteraría bastantes años después que esa colección fue corregida en estilo por el propio Alfonso Reyes.

En Guadalajara conoce a José Luis Martínez y a Jorge González Durán con quienes emprendería un primer viaje a la Ciudad de México en junio 1937, egresados de la preparatoria de la Universidad de Guadalajara lograron matricularse en la Universidad Nacional Autónoma de México en la Facultad de Filosofía, Chumacero, por faltarle un par de materias por cumplir en el bachillerato antes de su expulsión, no pudo hacer lo mismo, pero igual asistía a las clases y con rapidez fue ganándose el respeto y amistad de colegas y maestros por igual. Sería ahí donde conocerían a Mario de la Cueva, entonces Coordinador de Humanidades en la Universidad quien les aprobó en 1939 el proyecto de una revista literaria que junto con Leopoldo Zea, oriundo de la Ciudad de México y alumno del Dr. José Gaos, comenzaron una aventura tipográfica y editorial que sin saberlo les llevaría la vida entera.

Tierra nueva (nombre sugerido por Alfonso Reyes), vio luz por primera vez en enero de 1940, en ese primer número se conocería también la poesía de Chumacero, quien accedería a colaborar con uno de sus poemas más emblemáticos Poema de amorosa raíz. Más allá del lanzamiento oficial de Chumacero como poeta, la revista se posicionaba en un momento histórico de la poesía nacional, Nostalgia de la muerte había sido publicada en 1938 y Muerte sin fin un año después, acaparando los ojos de críticos y lectores por igual, la generación de “los contemporáneos” estaba tomando madurez y la mayoría de ellos publicaban desde hacía tiempo en la revista Taller Poético (1939-1941), Alfonso Reyes había vuelto de una larga estancia en el extranjero y los exiliados españoles hacían sentir su presencia en las letras nacionales. Tierra nueva se caracterizaba, entre muchas cosas por la ausencia de la rebeldía por la rebeldía, por la crítica rigurosa sin apasionamientos y por la defensa de la pluralidad en sus páginas. Alí Chumacero comenzó a fortalecer su juicio como editor al verse la revista en medio de las pugnas de la época, cuando los posibles caminos de la literatura nacional aún se debatían libremente y sin reservas, tradición contra vanguardia, estridentistas contra Contemporáneos, indigenistas contra los “enemigos de la patria”, cosmopolitismo o nacionalismo, el gran editor se mantenía al margen y comprendía los argumentos de todos, su juicio se iba templando poco a poco. Al decir de Carlos Monsiváis fue “una revista antológica, sin demasiadas pretensiones polémicas, que aspira a mostrar, a través de la unidad de las generaciones, la riqueza y variedad de la literatura mexicana”.[1]

Comenzaba una nueva y prospera efervescencia editorial. José Luis Martínez con el tiempo diría que la revista “tuvo entre sus designios más conscientes, el de buscar un equilibrio entre la tradición y la modernidad, entre el entusiasmo iconoclasta de la juventud y la aceptación de un rigor en la formación literaria”.[2] Tierra nueva cerraría sus páginas en 1942, Octavio G. Barreda había fundado ya en 1941 Letras de México, en donde se encargaba del cuidado editorial el propio Chumacero, Octavio Paz cuenta que los escritores más jóvenes auxiliaban a Barreda en temporadas más o menos largas, a su decir, en la selección tipográfica y en la corrección de pruebas, ya que en esos tiempos “La literatura mexicana era una artesanía”.

Por ese mismo tiempo, Paz había terminado su serie de sonetos Crepúsculos de la ciudad en clara contra referencia a Lugones, los cuales entregó a Chumacero, al cabo de dos meses vieron luz en Letras de México, pero con lo que el autor consideraba una enorme errata, él mismo describe su percepción del error en el verso “yacen, ya edad, el sueño y la inocencia” que en la versión original rezaba: “yacen la edad, el sueño y la inocencia”. Al día siguiente de la publicación, Paz buscó a Chumacero en el mítico Café París, que era el lugar de reunión vespertino de los escritores de la época, al mostrarle la errata, Chumacero no se inmutó y se limitó a decir: “Es una errata afortunada. Mejora mucho a esa línea. Deberías estar muy contento: hay que confesar que el azar es poeta a veces”.[3] Paz no asimilaba el cambio, a sus 26 años le costaba firmar un poema que dijera “ya edad”, además que sería necesario recomponer cuartetos y tercetos. Con el tiempo se dio a la faena de reconstruir completamente aquel poema, dado el acierto de Chumacero, en lo que derivó el poema Monumento que finalmente dedica al gran editor.

Octavio G. Barreda no satisfecho con esfuerzos y propuestas éticas y estéticas en sus revistas, funda El Hijo Pródigo (1943-1946), revista icónica en la que confluyen los escritores que habían colaborado con Tierra nueva, Taller, Contemporáneos y los españoles exiliados en México, entre todos irían construyendo el perfil cultural mexicano de mediados de siglo. Chumacero continuó con su labor en la crítica literaria nacional, contribuyendo con textos de gran nivel valorativo, ético y estético, que no sólo orientaban al lector como meras reseñas, sino que situaban al escritor y su obra en el contexto cultural del momento y daban un juicio templado pero certero sobre lo leído.

Para 1949 se integraría como redactor a la filas de México en la Cultura, suplemento semanal del periódico Novedades al lado de Fernando Benítez, donde revisaba semanalmente las aportaciones de los colaboradores, entre ellos Emmanuel Carballo quien lo reconoce como uno de sus maestros de aquella temprana etapa. Desde su columna, en 1956 aviso a la comunidad literaria que había publicado su tercer poemario Palabras en reposo, un libro, “con cierta unidad y algunos versos comprensibles”, la modestia y sentido del humor caracterizaron al maestro nayarita, dispuesto siempre a la anécdota que doblaba de la risa a todos o a bajar del pedestal a los que se creían empoderados “La fama es innoble. Está bien para aquellos que viven de su físico, porque eso les produce una cantidad de dinero y tienen una profesión pública, pero un literato que presume sólo es un mamón”.[4]

A la salida de Fernando Benítez del periódico Novedades, se da la oportunidad que entre ambos funden La cultura en México, en la revista Siempre! Su labor en las revistas literarias terminaría formalmente aquí, ya que en 1973 declinó la invitación para ser el redactor de la revista Plural que en ese tiempo era creada por el periódico Excelsior y el poeta Octavio Paz, según cuenta en un ensayo el propio Carlos Montemayor.[5]

Alí Chumacero participó en diversos proyectos asesorando amigos o simplemente personas que se acercaban pidiendo su opinión, sobre todo tuvo mucho empeño en apoyar a los escritores jóvenes, no sólo en el Centro Mexicano de Escritores sino cualquiera que se acercara buscando su consejo, tuvo la paciencia del maestro y el oído presto a escuchar a las generaciones emergentes.

Su labor crítica duró más de 30 años, crítico de cepa, sin recursos baratos como la descalificación, nunca favoreció un grupo u otro, ni tampoco atendió conveniencias editoriales, eran otros tiempos por supuesto, los críticos de hoy deberían, al menos, aprenderle la falta de soberbia, la humildad, la denostación a la presunta fama, la entereza de un hombre libre que no necesitaba pelear por una posición en el mundo de las letras, sino que hacía su trabajo, escribía con la sencillez del buen lector pero con el rigor del editor, manteniendo ante todo el sentido del humor del hombre sabio.

En 1950 ingresa al Fondo de Cultura Económica como corrector en el Departamento Técnico, siguió con su costumbre desde Tierra nueva de visitar con frecuencia las imprentas, conocía con precisión los tipos de papel, el peso, las tintas, el tipo de plomo, la variedad de tipos de letra, el proceso de edición lo dominaba con bastante holgura.

En 1959 con la salida de Luis Alaminos, es nombrado Subgerente del Departamento Técnico, y en 1962 asume la Gerencia de Producción cuando Joaquín Diez Canedo fija su vista en un proyecto personal: la creación de la editorial Joaquín-Mortiz, al poco tiempo se sumaría también al consejo editorial del FCE.

La labor de Chumacero era, entre otras, revisar los originales y pruebas de los libros aprobados por el consejo para edición. Raimundo Lida funda la colección Lengua y Estudios Literarios, a la cual se sumaría para la extender las exhaustivas revisiones por las cuales había ganado respeto a lo largo de los años. En cada una de las colecciones con las cuales colaboró hay sin duda libros fundamentales de la literatura mundial, en Lengua y Estudios Literarios encontramos por ejemplo El arco y la lira de Octavio Paz, La antigua retórica de Alfonso Reyes, Reglas y representaciones de Noam Chomsky, Los 1001 años de la lengua española de Antonio Alatorre, entre cientos más.

En la colección Breviarios que fue dividida en seis grupos y a su vez por color (Arte, magenta; Literatura, naranja; Historia, verde; Religión y filosofía, rojo; Ciencias sociales, azul, y Ciencia y técnica, amarillo), participó activamente, no sólo como corrector de originales y pruebas, sino también como traductor en varios tomos desde el alemán, el inglés y el francés.

Sin duda la colección que le ha dado muchas leyendas urbanas a Alí Chumacero es Letras mexicanas, donde aparecen por primera vez muchas de las grandes obras de la literatura nacional. La leyenda más recurrente es sobre la corrección de Pedro Páramo de Juan Rulfo, cosa que se encargó de aclarar en múltiples ocasiones dando todo el crédito de la obra al autor del Llano en llamas publicado dos años antes en la misma editorial. En una entrevista que pude realizarle con motivo de su cumpleaños 90, dijo sobre el tema:

"Eso es una mentira estúpida, Pedro Páramo no tiene de mí ni una coma, y se lanzó eso para molestar a Juan, no hallaban como molestarlo y Juan se enojaba, nunca se enojó conmigo porque yo nunca lo he dicho, era la forma de molestarlo porque yo leí el texto, yo soy un empleado menor del FCE y estoy encantado de serlo porque tengo contacto directo con los libros, pero yo nunca cambié una palabra por otra, ni una escena por otra, ni mejoré algún personaje ni le puse bigotes, nada de eso, yo respeté exactamente como lo entregó, lo entregó a mí, lo único que sé es que la noche anterior lo estuvieron viendo él y  Arreola, ellos dos lo estuvieron revisando, arreglando, no sé que le habrán hecho, pero se publicó como lo entregó él, no se publicó sólo con la lectura del Fondo o con la lectura mía, sino con la lectura del autor, entonces son bromas que circulan y que quedan en la historia como si fueran ciertas, pero eso es falso."[6]

Bajo su ojo quirúrgico pasaron obras de autores como Octavio Paz, Gilberto Owen, Efrén Hernández, Julio Torri, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Andrés Henestrosa, Bernardo Ortíz de Montellano, Jaime Torres Bodet, los cerca de 30 tomos de Alfonso Reyes y la obra completa de Mariano Azuela que en su momento casi todos los libros estaban agotados, pero como era el segundo autor que más le había interesado después de Amado Nervo, los tomos los tenía en su biblioteca personal y fue de donde terminaron haciéndose las transcripciones.

Otra labor que se le ha reconocido con el tiempo a Chumacero, ha sido el humilde pero minucioso oficio de escribir solapas. El autor de solapas se mantiene en reserva, con la mano en la luz y el rostro en la sombra. Muchos reconocen con emoción que gran parte de las solapas que provocaron que compraran un libro del FCE habían sido escritas con la sagacidad de tinta de Chumacero, Vicente Quirarte apunta “la tarea del autor de solapas, cuando verdaderamente es noble y útil, debe ser anónima, la veleidosa Historia de la Literatura, amante de los hombres con mayúscula, quizás nunca registre que la mayor parte de esas solapas magistrales nacieron de la mano, el cerebro y el corazón de Alí Chumacero”, [7] o en voz de Emmanuel Carballo “Otra de sus tareas esos años fue la de dar a las solapas de los libros del Fondo las características que hoy las distinguen: precisión, gracia, malicia, y, de cuando en vez, un tono equívoco en que el halago puede entenderse como censura. Las ‘solapas’ de Alí, son, en términos generales, las mejores que se han escrito en México a partir del momento en que redactarlas se convirtió en un oficio”.[8]

Su labor en el FCE tuvo un periodo corto de ausencia que inicio en 1970, ya que acepta la invitación de dirigir una nueva colección SepSetentas que editaría el Departamento de Divulgación de la Secretaría de Educación Publica con coediciones según el género publicado, historia, ciencia, pedagogía o literatura, dicha colección contó con 351 números.

Alí Chumacero regresaría al FCE, editorial que le dio sus más grandes satisfacciones como editor a lo largo de más de 60 años y como él mismo solía decir “no pienso salir de ese lugar sino con los pies por delante”. Nunca permitió que lo jubilaran, seguía yendo a la oficina hasta que le fue posible, los últimos años su desempeño fue más como asesor, manteniendo su lucidez y sagacidad intactas.

Andrés Henestrosa diría que su poesía fue “de parca cosecha pero de dorada espiga”, pues el hecho de haber publicado únicamente tres libros de poesía habla del rigor que se exigió en todo momento, en todo oficio que procuró, de la disciplina y la preocupación por la limpidez de una obra y no como muchos que obedecen a la urgencia de perseguir el espejismo de la carrera literaria.

Siguió escribiendo poco pero se avocó más a hacer que el resto leyera, él mismo lo diría la recibir el Premio Internacional Alfonso Reyes “La cosecha parca de mi pluma no se compara, de ninguna manera, con las abundantes páginas de otros autores en las cuales, con modestia y esmero, he intervenido. Como simple profesional de las letras y persistente tipógrafo, puedo jactarme de que nunca he cejado en colaborar corrigiendo y aun rehaciendo renglones y párrafos de otros escritores”.[9]

Logró cumplir –proponiéndoselo o no, nunca lo sabremos- los preceptos que el Ateneo de la Juventud se propusiera muchos años antes, dar el rigor estético a la literatura nacional, integrar los géneros literarios para estar al alcance de todos, trayendo lo mejor de la literatura de otros países a los lectores mexicanos, trabajando siempre con humildad y ética intachables.

El legado del gran editor nayarita es palpable, basta ir a una biblioteca o voltear a ver a sus alumnos editores a cargo de los departamentos de publicaciones en las universidades o en editoriales de respeto, basta ir a una librería del FCE o cualquier otra y reconocer en Alí Chumacero al hombre sabio y sencillo que con precisión atizó la llama de la mejor literatura que se ha escrito en este país.

Iván Trejo

Cracovia, Polonia, Marzo 2012.

 

CITAS

  1. Jorge Von Ziegler, “Alí Chumacero”, en Hora crítica, México, Premiá, 1988.
  2. Andrés Henestrosa, “Contestación al discurso de ingreso de Alí Chumacero a la Academia Mexicana de la Lengua” en Alí Chumacero, Acerca del poeta y su mundo, México, Academia Mexicana, 1965.
  3. Octavio Paz, “Alí Chumacero, poeta”, en Sombras de obras. México, Seix-Barral, 1983.
  4. Jorge Luis Espinosa, “Un peregrino de 90 años”, en El mago de las letras mexicanas, México, SEP-UAN-FCE, 2008.
  5. Carlos Montemayor, “Disertación del miembro de la Academia de la Lengua”, en Alí Chumacero. Homenaje del pueblo y gobierno al poeta acaponetense, Nayarit, Gobierno del estado de Nayarit, 1989.
  6. Iván Trejo, “Viviré lo que quiera vivir.- Alí Chumacero” en El Norte, 5 de julio de 2008.
  7. Vicente Quirarte, “El hombre y la imagen del poeta”, La muerte, núm. 3 Guadalajara, Facultad de Filosofía y Letras de la U. de G., 1987.
  8. Emmanuel Carballo, “La inutilidad de las pasiones”, en Unomasuno, julio 10 de 1985.
  9. Alí Chumacero, “Palabras” en Homenaje a Alí Chumacero, Tepic, Nayarit, 1989.

 


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