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19 Dic 2012 / 11:25 am

 

LAS LECCIONES DE LA OBSTINACIÓN

 

Entrevista al poeta Omar Ortiz* a propósito de los 25 años de la revista LUNA NUEVA

Por Jorge Valbuena

 

Omar Ortiz ha permanecido desde la obstinación y el compromiso escribiendo esa gran ceiba frondosa que es su poesía, y gestionando el inmenso proyecto editorial que significa la revista Luna Nueva. A pesar y a favor de las nuevas dinámicas tecnológicas de la actualidad, sigue siendo publicada en formato libro y distribuida en diversos lugares del país y el continente. Se ha publicado en ella una antología de poesía latinoamericana y dos antologías de poesía colombiana, siendo la segunda de estas, edición especial de estos veinticinco años, en la que se vincularon entre sus colaboradores a creadores de diversas latitudes y acercamientos estéticos.

Desde 1987 la revista Luna Nueva se ha mantenido latente en el firmamento de nuestras letras, convirtiéndose en un importante vaso comunicante entre distintos poetas del continente. A los 25 años de su primera edición, su director, el poeta Omar Ortiz, nos brinda esta interesante entrevista acerca de su devenir literario, los avatares editoriales y la historia de esta “revista para nocheros” que hoy es un importante referente para la divulgación y reconocimiento de nuestra poesía. El poeta Omar Ortiz conversó con nosotros durante su visita a Bogotá el pasado 11 de diciembre, fecha en que presentó la edición especial de los veinticinco años de Luna Nueva y la Antología Múltiple II en la librería Luvina de esta ciudad.

 

¿Llegó Omar Ortiz a la poesía o fue la poesía la que llegó a Omar Ortiz? ¿Cómo fue ese importante encuentro que se convirtió en camino?

—A la edad de cuatro años sufrí una grave enfermedad renal, era el año de 1954 y los antibióticos no se habían inventado, apenas estaban probando la penicilina, así que el único remedio para mi dolencia era una quietud total y tomar agua de hollejo de papa varias veces al día. Recuerda Jorge, que de la cáscara de dicho tubérculo se extractó precisamente la penicilina. Una tía abuela me cuidaba y dentro de su rutina diaria para conmigo estaba el tenerme ocupado narrándome un sinnúmero de cuentos que despertaron muy temprano mi curiosidad y mi asombro por las historias que ella contaba. Aún recuerdo su voz, llena de inflexiones, de matices, conforme iba dándole vida a sus relatos. Duré seis meses en esta terapia de quietud y escucha. Hace poco supe que Walter Benjamin afirmó que el escuchar ficciones era un eficaz método de sanación, lo que en mi caso sin duda funcionó, así la tía Rosita, que era como se llamaba la paciente y cariñosa nana, no tuviera idea de lo eficaz de su tratamiento. Lo que sí es una consecuencia de este episodio es que desde ese momento asumí la literatura como parte de mi vida y en ese universo de la imaginación y la creación estaba sin duda, la poesía.

 

En ese trasegar entre las leyes y las palabras ¿Cómo ha asumido el oficio poético?

—Estudié la carrera de Derecho en un momento en que no existía mayor oportunidad para otros estudios humanísticos. Había por supuesto la posibilidad de hacer carrera en la Filosofía, pero el rigor racional de dicha disciplina posiblemente me hubiera alejado del mundo de la ficción. Por lo menos en ese momento lo sentí de dicha forma, aunque pude estar equivocado. De todas maneras el estudio del Derecho no es tan lejano del universo literario como parece. Importantes poetas y narradores han tenido por oficio el ejercicio de la Jurisprudencia y en la actualidad se reconoce la trascendencia de la literatura para los operadores de las leyes, llámense litigantes o jueces. No es sino leer “Justicia poética” ese imprescindible libro de Martha Nussbaum. Podría agregar que el ejercicio poético es un ejercicio de vida, un presupuesto vital independiente del oficio que tengas que encarar para lograr sobrevivir en un mundo cada vez más difícil y competitivo. Es precisamente contra ese cosmos que ya no sentimos como nuestro que tenemos la obligación de rebelarnos, de insubordinarnos a través de la palabra poética o, sencillamente, como ciudadanos que sentimos y actuamos desde la poesía.

 

El poeta Víctor López Rache ha dicho que su poesía oscila entre la broma y el milagro ¿Cómo encuentra el misterio de ese milagro y la armonía que rige su poesía en medio de una realidad violenta?

—Siempre he agradecido a quienes han tenido la generosidad de ocuparse de mi trabajo poético la bondad de sus palabras. Y en especial a Víctor que ha sido uno de mis lectores más acuciosos. Pero aparte de los benevolentes comentarios que pueda suscitar mi obra, lo que me queda claro como poeta es mi obligación de dar testimonio de mi mismo. Y ese yo que trabaja en solitario, desde la angustia de encontrar la palabra justa, es además un yo colectivo que se alegra y se duele con las gracias y miserias que lo rodean. Hay seres que amo y que son justamente felices, pero también existen semejantes de carne y hueso que sufren injustas y cotidianas desgracias. Es desde ellos y para ellos que debe crecer mi palabra alborozada o iracunda. No se si logre el milagro o la armonía de que me hablas pero sé que es la única manera sincera y honesta que tengo para con mi compromiso como poeta.

 

Desde su primer libro La tierra y el éter (1979) hasta el más reciente, Cequiagrande (2011) ¿Cómo puede describir el crecimiento de esa enorme ceiba que es su poesía?

—Se aprende desde la obstinación. Cuando se publica por primera vez un libro y en mi caso un libro de poemas, uno está lejos de imaginar el enorme compromiso que se echa encima. Se puede claudicar y pasar de agache, es decir silenciarse y olvidar el reto que se arroga. Pero al continuar en la brega de buscar y encontrar esa difícil sintonía entre el silencio y la palabra, se entiende la tremenda responsabilidad que asumimos. Lo que he tratado de hacer es apropiarme de dicho compromiso a partir de la sinceridad, arriesgando en cada libro que la sensibilidad y las preocupaciones que lo van construyendo, sean las que nacen desde la inteligencia del corazón. Para mí, cada uno de los libros que he publicado representa una propuesta, una toma de partido, al momento y a las circunstancias en que los poemas que hacen parte de él se han ido formando, han ido llegando, creciendo, floreciendo, y tal vez, marchitando.

 

¿Es posible ser poeta, periodista cultural y gestor a la vez? 

—La vida no es única, ni excluyente. El hombre se caracteriza por ser un transformador de su entorno, por asumir un legado y tratar de mejorar dicha tradición. Esa es la cultura. Sin esa característica nuestra condición humana estaría muy cerca de la bestia que nos habita, y precisamente el problema central de Occidente es el alejamiento del ser como hombre de cultura, la atrofia del hombre hacedor, que poco a poco esta mutando a un ser sin pensamiento y sin acción propias, es decir, a un hombre tenedor que acumula bienes, información, placer y demás comodidades que le suministra el poder que a su vez lo vigila y lo manipula. Un hombre sin atributos al decir de Musil, o un hombre sin libertad tal como señaló Orwell en 1984.

 

¿Qué apreciación tiene del desarrollo de la poesía colombiana en la última década?

—Soy muy optimista respecto al desarrollo de la actividad creadora en todas las artes y en especial en la poesía. La creación de nuevas formas de solidaridad desde la imaginación permite apostar por un fortalecimiento de la sensibilidad poética. Pero estos innegables lazos de fraternidad artística deben ir acompañados de un riguroso trabajo, de una seria disciplina que acreciente cada vez más la fortaleza de los numerosos talentos que hoy por hoy se dedican a la complicada tarea de trabajar por lo inútil, por lo que no está regido por las perversas leyes del consumo.

 

¿La revista Luna Nueva lleva este título haciendo referencia al libro de Rabrindanath Tagore, o está allí puesto como condición de novedad y esperanza para las nuevas generaciones?

—Por ambas. Para mí, Tagore, es un espíritu privilegiado, un hombre que quiso conjugar el novísimo pensamiento occidental, con la vieja tradición de sapiencia de oriente en un gran espacio universal donde los diversos saberes dialogaran y encontraran senderos comunes para bien de la inteligencia y de las artes. Era una utopía libertaria sin dogmas, ni ataduras a los poderes económicos existentes. Una ciudad solar, dedicada a la reflexión y al conocimiento de las diferencias. Y por otra parte pienso que el espíritu abierto que propugnó Tagore distingue siempre a las nuevas generaciones hasta que son asumidas por el poder.

 

La revista Luna Nueva ha tenido un conjunto de cambios a lo largo de sus veinticinco años, siendo también la primera difusora en Colombia de poetas tan importantes como Arturo Corcuera, Jorge Boccanera, entre otros ¿Qué otras experiencias clave hay en esa Luna Nueva que aún desconocemos?

—Lo más crucial de la revista es que ha servido de vocería a importantes poetas colombianos y latinoamericanos que han encontrado en sus páginas oportunidad de volverse visibles para un significativo número de lectores. El haber podido publicar tres antologías, la primera de poesía latinoamericana y dos de poesía colombiana que tienen como nota particular el que son hechas no por un solo antologista sino por muchos convocados para tal fin. El rescatar autores hasta ahora desconocidos como Germán Cardona Cruz de quien publicamos “El Yage y otros cuentos” primero en 1993, en una edición de la Imprenta Departamental y luego en 2010, en una edición de la Universidad Central del Valle de Tuluá. El que haya fomentado el diálogo y la amistad entre las nuevas generaciones de poetas colombianos.

 

¿Qué ha permitido que la revista Luna Nueva perdure por 25 años?

—Lo primero que tendría que señalar es el acompañamiento, la solidaridad de un numeroso grupo de poetas que siempre han rodeado a la revista con su prodigalidad y afecto. Lo segundo, el trabajo de quienes hacen parte del Consejo Editorial de la revista. Lo tercero, la constancia de nuestros anunciadores y lo cuarto el afecto de nuestros lectores y en especial de nuestros lectores tulueños que han hecho de la revista un patrimonio cultural de la ciudad.

¿Cómo han sido afrontados por Luna Nueva los cambios en los formatos actuales y el despliegue de publicaciones virtuales?

—Nos hemos mantenido fieles al formato libro en que venimos trabajando hace 25 años, contrariando la apetencia de los expertos en mercadeo que aconsejan un formato más grande para que las propagandas tengan mayor espacio. Pero para nosotros antes que las exigencias de los especialistas en marketing están la comodidad de nuestros lectores y en especial de quienes asumen desde la práctica que la revista es una “revista para nocheros”. Pero centrándome en la pregunta, desde hace por los menos cinco números Luna Nueva también está en el mundo virtual, nuestro blog es: http:/luna-nueva-revista-poesia.blogspot.com/

 

- ¿Qué podemos esperar para los próximos cambios lunares? ¿Cuáles son las expectativas de continuidad en Luna Nueva?

Los oráculos son unánimes, nos esperan por los menos 25 años más de poesía. Recuerda que una vez se cumplan tenemos una nueva cita en Luvina Libros.

 

Revista Luna Nueva

Los poetas Mery Yolanda Sánchez, Juan Manuel Roca, Omar Ortiz y Santiago Mutis el pasado 11 de diciembre en la librería Luvina de Bogotá, en el lanzamiento de la Revista Luna Nueva y la Antología Múltiple II

   

*Omar Ortiz (Bogotá, 1950). Estudió leyes en la Universidad Santo Tomás de Bogotá. Vive en Tuluá donde ejerce su oficio de abogado, y dirige la revista de poesía Luna Nueva. Ha publicado los siguientes libros de poemas: La tierra y el éter (1979), Que junda el junde (1982), Las muchachas del circo (1983), Diez regiones (1986), Los espejos del olvido (1991), Un jardín para Milena (1993), El libro de las cosas (Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia 1995), La luna en el espejo (1999), Los espejos del olvido, antología 1983-2002Diario de los seres anónimos (2002), Las calles del viento (2004), Cequiagrande (2011).

 

Omar Ortiz - Luna Nueva

 


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