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24 Dic 2012 / 13:41 pm

OIGO LA LLAVE GIRAR EN LA TINIEBLA

Poemas de Lêdo Ivo (Maceió, 1924-Sevilla, 2012)

 

Traducción por Mario Bojórquez

Selección de poemas por Jorge Valbuena

 

La poesía de Lêdo Ivo transita entre el murmullo de la cotidianidad y el rumor de los recuerdos. Cada espacio de la realidad y del tiempo permanece intacto entre sus instantáneas clandestinas. Del mar conocimos nuevas reciedumbres, otro color de estaño más profundo, tatuado a los navíos que atracaron en sus ojos y en los nuestros para siempre. De la piel supimos que a veces atardece y huye y miente como caracola sumergida. De la luz algún silencio que nos crece, como un remoto resplandor de los ecos tempestuosos.

Eco de su poesía que, a pesar de su partida, permanece y permanecerá con esa claridad eterna. Considerado como el mayor poeta de la lengua portuguesa, Ivo fue uno de los más importantes exponentes de la reconocida generación del 45 en Brasil, junto a Joao Cabral de Melo Neto y Ferreira Gullar. Publicó su primer libro, As imaginacoes, en 1944 y nos legó otro conjunto de obras magistrales como: Oda y elegía (1945), Ode ao crepúsculo (1948), La ciudad y los días (1957), Linguajem (1966), Estación Central (1968), Poesía Observada (1967), Las islas inacabadas (1985), Crepúsculo civil (1990), entre otras. Recibió también en 2009 el premio Casa de las Américas en Cuba, y en México, el mismo año, el premio Víctor Sandoval. Desde el manifiesto proclamado en sus obras completas, Plenilunio: “Mi patria no es la lengua portuguesa. /ninguna lengua es la patria.”, comprendimos que es mucho más vasto el universo de este poeta, que refunda un nuevo eco desde la tradición, y que merece un amplio estudio y reconocimiento.

Recibimos la fuerte noticia de su muerte, ocurrida en la madrugada española del 23 de diciembre, a sus ochenta y ocho años, y repasamos la inmensa compañía de sus versos, conversando, una vez más, con ese gigante océano de su obra. Compartimos aquí una selección de poemas, de algunas de sus obras más importantes, traducidos por el poeta mexicano Mario Bojórquez; una breve muestra de su poesía, que no se prolonga como despedida, sino como recuerdo y agradecimiento a su maestra claridad.

 

JUSTIFICACIÓN DEL POETA

Padre, mis pensamientos no caben en tu sala con piano
tranquilo a un lado y oscuras sillas vacías cerca de la ventana
mis inquietos pensamientos no caben en la salita con flores
muriendo en los jarrones y paisajes sonriendo en las molduras
deja que ellos se muevan más allá de las cortinas azules y caminen
mucho más allá de las ventanas abiertas
deja que se mezclen con el calmo resplandor de la luna
no te preocupe si los demás se espantan con tu hijo de ojos vivos
y cabellos siempre desaliñados
no te preocupes si recito poemas cuando la noche cae
el tiempo no existe en el alma del poeta
todo es universal y abarca todos los tiempos
los poetas, papá, son los corazones del mundo
son las manos de Dios escribiendo los poemas del mundo inseguro
no importa, papá, que digan que estoy loco
que lloro recargado en los puentes y me conmuevo en los teatros
que pregunto por la oscura Adriana cuando la madrugada baja
en silencio
en silencio
los poetas son los pianos del mundo
sólo ellos permanecerán inalterables delante de las musas y de Dios
sólo ellos tendrán la noción de la agonía del mundo
ayer un niño español fue despedazado por una bomba
mañana se encontrarán poemas en el bolsillo del suicida soñador
mientras tanto las grúas trabajan incansablemente día y noche
y los obreros fatigan sus brazos y sus piernas
ninguna oscilación habrá en la Poesía
ella quedará en equilibrio porque los ritmos la amparan
y Adriana no se prostituye.

Soy una elección. Soy una revolución.

 

CANTO DE LA IMAGINARIA VENTANA ABIERTA

No cantaré la casa en que nací
ni el arroyo que además no existió durante mi infancia.
No quiero ser el poeta menor de la infancia y de las inexistentes alegrías perdidas
ni quiero llorar los primeros amores, que sólo fueron los mejores porque no tenía ninguna
experiencia de amar.
Cantaré entonces la imaginaria ventana abierta
donde ella se apoyaba para decirme adiós cuando yo no pasaba,
cantaré los campos que no vi pero que estaban cubiertos de rocío en el momento que los
imaginé,
cantaré la vida que se despliega delante de mí, las ciudades de cemento armado y de
calles claras que la noche cubre con su misterio dulcemente medieval.
Cantaré los hombres que trabajan, sueñan y se desesperan, y caminan rudamente hacia la
muerte anónima y hacia el domingo,
cantaré todo, pero apenas como un cantor que necesita de la soledad para poder
comunicarse con la vida,
cantaré los ríos, los océanos, las estrellas que realmente existen, las bahías, los estrechos,
las tempestades, las noches en que la lluvia cae sobre la vieja tierra,
cantaré los momentos en que me paro delante de las cosas y me siento impávido,
cantaré la alegría y la tristeza, la desolación de las almas,
cantaré el esplendor de la poesía sin ningún pequeño dolor romántico ardiéndome en el
corazón, y si ese dolor surgiera, lo escupiré y me sentiré fuerte y joven,
cantaré las grandes mareas, princesas de plata desnudas en el océano,
cantaré todo a topetones, para que todo sea apenas un instante tembloroso,
cantaré el mar, los viajes, el momento en que otro hombre diferente de mí, y que me
ignora, sienta lo que yo siento sin sentirme dentro de él.
Si viniera un mundo nuevo, no lo llamen aurora. La aurora nace todos los días. Llámenlo
mundo nuevo, y que sea realmente nuevo.
Yo seguiré cantando todo esto que es el aire que respiro, el paseo con mi amiga en una
barca, el camino de una isla que es apenas una isla hecha de tierra y de playa, sin ningún refugio, pero con algún descanso.
Cantaré, cantaré todo, pero que me den libertad de cantar, sin que me escojan el nombre
de las ciudades y de los ríos, sin que me indiquen los temas.
¡Oh! soy apenas un poeta que no quiere cantar las cosas decrépitas, sino el tiempo en que
había rosas esperando el centelleo de los ojos.
Cantaré los pájaros en el aire, los peces en el mar, la materia de mi tiempo y las otras
materias, aquellas que guardo en mí y son palabras floreciendo, campanas tocando en un amanecer de palabras.
Y volveré a cantar la imaginaria ventana abierta, sugerida por la ausencia de mi amada
que no me podía dar su adiós en una noche,
y después moriré, pero que no me amen más, ni me desprecien más, aunque guarden mi
nombre y búsquenme en los versos exactamente como soy: mezclado a los otros, rebelado, inconsecuente, confuso y lírico.
No me pregunten nunca por la casa de la infancia ni por el amor de juventud.
¡Oh! no me pregunten nada, escúchenme si quisieran, y miren la imaginaria ventana
abierta.

Ella no existe. Miren que no existe. ¡Créenla, y serán poetas!

 

ELEGÍA DIDÁCTICA

Piensa en las muchachas muertas que entregaron a la tierra un secreto ardientemente
ambicionado por los hombres,
y en los colegiales que aman con la mayor pureza a las jóvenes vecinas que los
enamorados llevan a las grandes obscuridades de la ciudad.
Piensa en los niños que jamás se bañaron en el mar, y sueñan siempre con ahogamientos,
y en las prostitutas pobres que, después de la salida de sus hombres,
corren hacia el fondo de los patios y se entregan casi desnudas a lo inefable.
Piensa en todos los que se fueron, guiados por las estrellas,
y en los que murieron lejos de las familias que los detestaban.
Piensa en los que se entregaron a la muerte seguros de que ninguna lágrima
resplandecería en la fulgurante unidad de los rostros amados.
Piensa en los que jamás oyeron una declaración de amor
y en los pobres que no conocieron los placeres destructores de las poses demoradas.
Piensa en la lluvia, cayendo sobre los sitios hipotecados,
y en los frutos de las granjas, tocados por la euforia del sol del verano.
Piensa en los caminos intransitables, cerrados a la oportunidad de los viajes,
y en las personas que van a morir escuchando los vientos.
Inclínate ante el recuerdo de los extraños amigos de tu adolescencia.
Recibe en el fondo de tu memoria las voces que se prepararon silenciosamente en tu
corazón
durante los años en que no te asaltó la certidumbre de estar cantando.
Acepta el movimiento de cólera de las palabras que se rehusan a tu ardiente llamamiento
y abre tus ojos para un domingo
que concentre la esperanza de todos los días.

Piensa en las hogueras de tu niñez, que vuelven a arder anualmente en tu memoria,
y en aquellos que no regresarán, y morirán misteriosamente cuando se dispongan a
volver.
Piensa en los que van a nacer, inclinados hacia el fin de tu noche,
y en los hombres que soñarán poseer la serenidad matinal de los árboles
y pasarán largas tardes caminando junto al océano.
Piensa en los cielos que se abren diariamente para los aviones
y en las mujeres extranjeras que viste en cierta noche y a veces aparecen en tus sueños.
Piensa en los adolescentes incomprendidos por los padres
que aguardan inútilmente que una mujer los llame,
y en los libros jamás hojeados, y en las lámparas no encendidas.
Piensa en las ventanas interiores, cuyo mayor deseo es abrirse frente al mar,
y en la mirada de los niños abandonados al amanecer en la puerta de los asilos.
Piensa en las parturientas muertas en las mesas de los hospitales,
lejos de los maridos que no las amaban, y deseaban en secreto su desaparición.
Piensa en los canes repelentes llevados en las perreras,
y en los artistas populares, violentamente transfigurados por la inspiración
de una samba que millones de bocas cantarán durante el carnaval.
Después piensa en los versos que aparecen en tus sueños
y van a reunirse a las nubes apenas rompa la aurora.
Piensa en las lavanderas, cantando al sol de los cerros,
y en los cuadros de los museos jamás visitados.
Piensa en las bocas que nunca dominaron la voluptuosidad salvaje de otras bocas
y fueron envejeciendo como frutos intocables.
Piensa en los corazones que en cierto momento se sintieron paralizados por la luz del
cielo
y pasaron el resto de sus días en irreparable obscuridad.
Piensa en los desaparecidos, cuyos espantosos retratos salen en la edición final de los
vespertinos
y en los suicidas que no dejaron cartas por falta de papel y lápiz.
Piensa en las ciudades que amanecen sombrías delante de las miradas de los viajeros
sedientos de claridad,
y en las calzadas donde nadie pasa durante la madrugada.
Piensa en los túneles, obscuros caminos abiertos al Otro Lado,
y en las escaleras que nunca llevaron a alguien a la gloria y al dominio.
Piensa en las camas repugnantes de las pensiones inseguras,
y en los viejos que siempre esperan el llamado de la muerte.
Piensa en los relojes que no marcan el día lúcido,
y en los animales muertos de sed, abandonados en lo obscuro por la propia naturaleza.
Piensa en los niños que ignoran la dádiva elusiva de los fines de diciembre,
y en los objetos olvidados en la arena de las playas, durante los picknicks.
Piensa en los personajes de novela, que siguieron el destino incierto de sus creadores,
y en las lunas cuyos destellos derrumban la serenidad de los adolescentes.
Piensa en las puertas que nunca se abrirán para recibir un huésped,
y en los arroyos infectos que desearían ser el abrigo azul de los veleros y de los yates.
Piensa en las manos que siempre rechazaron limosnas,
y en las niñas que los amantes pervierten sin piedad alguna.
Después piensa en la hiedra que abraza a las casas antiguas, en un cariño sofocante,
y en los niños de los viejos tiempos, que nada sabían del Mañana.
Piensa en las grandes mareas que van a esperar entre las rocas el grito mudo de las
alboradas,
y en los ojos de los ciegos que sorben el agua clara de las músicas de los organillos.
Piensa en los muertos, principalmente en los desconocidos muertos de la guerra, que
quedaron en ilocalizables cementerios,
y piensa en los vivos que ignoran los cementerios donde reposarán un día.

¡Oh! piensa en todo, en los horizontes calmos de tus días de otro tiempo, en el
estremecimiento que te recorre al caer la noche en atmósferas extranjeras.
Piensa en tu infancia convertida en conversación, vientos y mangueras explotando al sol
y en los senos de las mujeres que van envejeciendo sin que lo perciban,
y piensa también en las formas de esas mujeres, destruídas inflexiblemente y sin que tu
mirada las busque.
Piensa en tus padres, que confiaron en ti cuando apenas eras silencio,
y jamás te imaginaron entregado al vuelo de un verso.
Piensa en tus hermanos, en tu casa los domingos,
y en el patio de los colegios donde despertaste para el nunca más.
Piensa en las veces en que paseaste solitario por los campos
y volteaste hacia atrás con la esperanza de que alguna mujer te siguiera.
Piensa en las muchachas inaccesibles de tu calle antigua,
y en los gritos que oíste venidos de gargantas desconocidas,
y en las voces que eran claras aunque hubiera temporales.

Piensa en todo y en todos, sin temer que te asalte el miedo resultante de la amplitud del
pasado.
Piensa en todo y en todos, y después que los recuerdos se vayan
volando como los pájaros y las hojas, la arena y las voces,
lleno de confianza en la vida y en el mundo,
sintiéndote vinculado a todos los hombres y todas las cosas,
inclínate sobre el cuerpo de la mujer que amas
o despierta a la alegría triunfal de un solo verso.

 

SONETO DE LA INICIACIÓN

Para este instante traes, tú, el clamor
natural con que un cuerpo al fin despierta.
En gritos, duelos, lágrimas, dolor
tú eres cristal, yo rayo que penetra.

En un claro silencio va el amor,
tu soledad emerge descubierta,
y sin mis manos ya, cojo la flor
que parece una concha medio abierta.

Llorando de alegría yo me hundo
en el río nupcial de tus dos piernas
como si hubiera descubierto el mundo.

Sin pecado y sin muerte, que existamos
y nuestras vidas sean siempre eternas.
Siendo mortales, a esto es que aspiramos.

 

SONETO DE LA ROSA PASAJERA

Busco una rosa hecha de simiente
agua, hoja, esplendor, bosta y espanto.
En esta rosa sé, se abriga el canto
que nos hace encendernos de repente.

Pistilo, estambre, flor –es tan ardiente
la rosa que mis ojos buscan tanto
que ella perece, eterna, bajo el manto
del huído rocío del presente.

¡Gloria de rosa clásica! En un día
un trabajo de dioses completamos
tejiendo un sueño puro y siempre inútil.

Como la rosa somos, ¡Oh Poesía!
Completos, damos todo, mas pasamos
dejando nada a otros de inconsútil.

 

EL OBJETIVO

No quiero hallar lo que otros perdieron:
las monedas en el suelo, los paraguas
olvidados en el autobús, y la vida
dejada por descuido sobre el asfalto.
A lo que nadie vió, aspiro; a lo que existiría
en forma de mar y árbol, si la naturaleza habitual no irrumpiera
con sus sombras y chicharras y cascadas.
Quiero, sueño y admiro lo inédito
como la noche en el caracol de una escalera
a pesar de todo cerca de las constelaciones si yo
pudiera ver las de otro planeta.

No me conmueve lo irretornable, ni el tiempo disminuído.
En juego abierto, creo mi emoción
y en la ventana contemplo la noche formal
y yo mismo soy ojiva abierta a los grandes astros.
Lo que se perdió, que se pierda, como los anillos
separados de las manos, como el vientecillo
se aleja de las banderas en el momento de las bonanzas.
Sueño perdido; zonas de transición que serán
eternamente mías; luz oculta en cubil
no volteo para hallarlos. Y siempre adelante busco
mi paisaje imponiéndose a las palizadas ajenas.

 

MUY POCO PARA MÍ

Es muy poco para mí tener un pájaro en la mano.
Ellos siempre vuelan y se pierden
entre los otros pájaros.

Es muy poco tener una mujer al alcance,
beber todas las líneas de su cuerpo,
implorar, arrodillarse, mentir.

Ellas siempre se van, huyen, mueren,
si bien algunas florezcan en otras mujeres,
en una espalda reclamada, una rodilla, un seno.

Aún más mezquino es quedarse aislado,
oculto entre el mar y el árbol
reuniendo las piedras de un promontorio derruído.

Irrisorio es un pájaro, mujer es alta nube.
En el sur hay mares más bellos que éste.
Pero el que queda solo, se perdió para siempre.

Es muy poco para mí un recinto cerrado.
Por eso estoy siempre en la calle, conversando con los hombres
destilando la desnuda tarde entre el polvo y la retórica.

 

TRANSEÚNTE AL ANOCHECER

Lo que resta de mí cuando anochece
es una gota de sudor donde contemplo
la vida entera gastada en un solo día.
Astro o señal de tránsito, mi sueño
esperó que yo pasara y se extinguió.
Trabajé, pero a cambio sólo me dieron
un pan de poliéster; y envejezco
entre señales roídas por el viento
y palabras sin sonido y sin sentido,
hélice de navío en dique seco.
Cae la noche y reclamo: no gané
ningún dios o dinero o amor nuevo.
¿Sudor?¿Rocío? me disuelvo en las tinieblas.

 

EL CEMENTERIO DE LOS NAVÍOS

Aquí los navíos se esconden para morir.

En las bodegas vacías, sólo quedarán las ratas
a la espera de la imposible resurrección.

Y del esplendor del mundo apenas resta
el azarcón, el minio en los labios del tiempo.

El viento raspa las letras
de los hombres que los niños deletreaban.

La noche canina lame
los cordajes deshilados

bajo el vuelo de las gaviotas estridentes
que, en el celo, se ayuntan en el fondo de la bahía.

Clareando maderas podridas y aguas estancadas,
el día, con su ojo ciego, devora el gancho

que marca en el casco las cicatrices
de la escalerilla que era un escalón del universo.
Y la tarde preñada de estrellas
se inclina sobre la cabina donde, antiguamente,

una pareja aturdida por el amor más carnal
levantaba en el silencio negras palizadas.

¡Oh navíos perdidos, viejos sordos
que, dormitando, escuchan sus propios silbatos

varando la neblina, en el puerto donde los barcos
eran como un rebaño atravesando la tiniebla!

 

LOS POBRES EN LA TERMINAL DE AUTOBUSES

Los pobres viajan. En la terminal de autobuses
ellos alzan los cuellos como gansos para mirar
los letreros de los camiones. Sus miradas
son las de quien teme perder alguna cosa:
la maleta que guarda una radio de pilas y una chamarra
que tiene el color del frío de un día sin sueños,
el sándwich de mortadela en el fondo de la bolsa,
y el sol de suburbio y polvo más allá de los viaductos.
Entre el rumor de los alto-parlantes y el jadeo de los autobuses
ellos temen perder su propio viaje
escondido en la niebla de los horarios.
Los que dormitan en las bancas despiertan asustados,
aunque las pesadillas sean un privilegio
de aquellos que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas
en consultorios asépticos como el algodón que tapa los poros de la nariz de los muertos.
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Cómo son grotescos! ¡Y cómo nos incomodan sus olores
aún a la distancia!
Y no tienen noción de las conveniencias, no saben comportarse en público.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado
que retuvo del sueño sólo la legaña.
Del seno caído y túrgido un hilito de leche
que escurre hacia la pequeña boca habituada al llanto.
En la plataforma ellos van y vienen, saltan y aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas inoportunas en las ventanillas, susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con el aire espantado
de quien no sabe el camino del salón de la vida.
¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas estrafalarias,
esos amarillos de aceite de palma que duelen a la vista delicada
del viajante obligado a soportar tantos olores incómodos,
y esos rojos contundentes de feria y de parque de diversiones?
Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción de la comodidad
aunque algunos de ellos posean hasta un televisor.
En verdad los pobres no saben ni morir.
(Tienen casi siempre una muerte fea y poco elegante.)
Y en cualquier lugar del mundo ellos incomodan,
viajantes inoportunos que ocupan nuestros lugares
aún cuando estemos sentados y ellos viajen de pie.

 

LOS HABITANTES DE LA FLORESTA

Los que murieron en esta casa están vagando aún por la floresta. Sus pasos estallan entre las hojas caídas y, aunque no pueda verlos, sé que me rodean como el calor de una hoguera o el rumor de una fuente.

La sombra de estos viajantes atraviesa los árboles y alcanza la pared del galpón que guarda arreos averiados y monturas imprestables.

Oigo la llave oxidada girar en la tiniebla y la puerta se abre. Y la puerta se abre para que ellos puedan entrar en la sala y sentarse en torno de la gran mesa que siempre los esperó.

 

LA LECTURA DEL POEMA

Está aquí el modo cierto
de leerse un buen poema:
tener un ojo cerrado
y el otro abierto.

 

Tomados del libro, Estación Final 1940-2011, Lêdo Ivo, selección, traducción y prólogo de Mario Bojórquez. Caza del libros, Bogotá y Valparaíso Ediciones, Granada, 2012.


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