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25 Dic 2012 / 15:00 pm

 Espacios de luz y sombra

Sobre “A Contraluz” de Daniela Giambruno   

Por Ignacio Rojas  

Un año después de su publicación (2007), llegó a mis manos el cuaderno número dos de poesía de la revista Antítesis de Valparaíso, grata sorpresa debo decir, tanto por el contenido como por la factura de la edición, esta última de una sencillez y limpieza logradas con la dedicación y cariño del “artesano”, de eso no hay dudas. En la primavera del 2009, la última entrega de la revista Antítesis salió a la luz en un número memorable, que dedicaba un espacio amplio al poeta Alfonso Alcalde. Después no volvimos a saber de Antítesis ni tampoco de sus cuadernos de poesía; que ya lo dije antes, fueron unas plaquettes de artesano, hechas y movidas a pulso. Estos cuadernos, en su simpleza, se trazaron también una tarea, que fiel a su reproducción, no comportaba estridencias de ningún tipo, pero si un esfuerzo notable: “la difusión de las voces más escondidas y noveles de nuestra ciudad de Valparaíso.” Bajo esa premisa aparece en el número dos, una desconocida Daniela Giambruno (Valparaíso, 1984), con el cuaderno titulado “A Contraluz”, título preciso, de una poesía precisa, depurada en sus primeros atisbos. 

Pero desde el presente de este breve apunte, las señas temporales que nos dejan su aparición resultan solo una coordenada imprecisa, ya que, nada se sabe de posteriores trabajos de la poeta; media en esto un amplio margen de desconocimiento y falta de información. Me declaro también culpable al respecto. Pero volvamos “A Contraluz”; como bien nos señala la breve nota introductoria de la edición, esta es apenas una “sugerencia”, un primer afán, una luz intermitente; un “roce” significativo de algo que aún esta por verse, pero que en una primera tentativa –tibia aún, ya lo hemos dicho– esboza un sentido, un rumbo. La persecución y la insistencia de una idea se asoma en los trece poemas que componen este cuaderno, que a su vez, se desliza dubitativa entre los contornos de luz y de sombra  del lenguaje; de una palabra  que se observa, se examina, se presiente y tiembla a cada momento en este constante ejercicio de percepción de sí misma, esbozando en esa sintonía una cadencia que  no se arriesga más allá de sus límites,  definiéndose con una precisión y economía de recursos que le confieren una llamativa delicadeza:

 

Caen miles de huellas.

Y el eco me envuelve:

                                           soy un jirón de seda

                                           un cabello de niña

                                           un gusano.

 

No hay riesgos ni tampoco una gran apuesta estilística, sí,  una búsqueda, una vacilación y una reflexión entorno a ella; es el merodeo a un viejo tema, nunca caduco y siempre instalado. Es básicamente como el título nos propone, una mirada desde el lado opuesto a aquel por el que están iluminadas. En este caso, las palabras, el gesto del decir y el callar, del anverso y el reverso; de la herida que atraviesa un lenguaje que a duras penas comunica:

 

Cómo decir algo

ahora

cuando mi boca todavía escupe sangra

cuando la zona fértil del miedo

se retuerce poderosa

ya que no sabe callar

porque no logra decir.

 

“A contraluz”, desliza su sugerencia y sospecha en el padecimiento de un lenguaje que se torna paulatinamente en sonidos, imágenes, voces, todas difusas que se cierran sobre sí mismas en el silencio: “Tengo el sonido en la sien/ Me pudro en el silencio”, o bien se ocultan tras mascaras “los tropiezos/ aparecen como plantas silvestres/ como estrepitosas voces/ en mascaras”, “Desaparecen/ vuelven a su rincón indecible/ risueñas en sus mascaras”, y así el poemario va hilvanándose en la definición de sus confines: “un pedazo de horizonte”, “El eco de una piedra”, “Pálida divagación”, o los “remotos trazos de un pincel silente”. La más reiterada, “tropiezos”, casi como un andar a oscuras con leves intermitencias de luz, que a cada trazo dubitativo desdice o como bien Giambruno observa en el poema “Callando”, se trata de un ejercicio de signos desdibujándose.   

En este breve atisbo que es A contraluz, los juegos de luz y sombra se suceden en sus desencuentros, vibraciones sensoriales y asomos. Y cuando los huecos de luz palidecen, la pregunta queda instalada:

 

El sonido es el pozo,

la trampa tras la imagen.

¿Quién advierte su sombra?

¿Quién atisba su fragancia?

     

Palabras delicadas, tímidas, pero precisas que observan y se preguntan por su conformación precaria. El recorrido es corto al igual que su alcance, pero en su sugerencia, la suavidad con la que se suceden estos trece huecos de luz, dejan un buen gusto y pueden releerse sin problemas, siendo hasta hoy un excelente lenitivo para cualquier aspereza, o bien, un “tropiezo” necesario a la reflexión.

             

 

LA CAÍDA

Un ojo se demora en caer,

una piedra no.
Un ojo clava su golpe en el infinito:
una piedra rompe el infinito.
El eco de una piedra
no precisa ojos.

un pedazo de horizonte,
un tropiezo.

 

 

 

 

DIÁLOGO

No se trata de límite,

más bien de voces
cuando todo se nombra.

Y existimos
como si fuésemos lengua:
así es nuestro beso.

 

 

 

 

ENMASCARADA

Soy yo,

el latido,
la palabra robada a la roca.

Vienen los días difusos,
los tropiezos
aparecen como plantas silvestres,
como estrepitosas voces
en máscaras.

 

 


PENUMBRAS 

Los días son pálidos latidos,
retazos de luz.

 

 

 

 

DIMENSIÓN 

¿Qué sueños son esos que dicen
palabras mudas,
hondos trozos de vacío?

Ver el sol
es como cerrar los ojos:
la luz es noción de infinito.

 

 

 

 

A CONTRALUZ 

Saben las palabras mentir.
Crean imágenes,
Sonidos.

Pero callan
Y miran la luz de nuestros ojos,
El temblor de nuestras manos.

Desaparecen,
Vuelven a su rincón indecible,
Risueñas en sus máscaras.

 

 


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