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21 Feb 2013 / 03:14 am

   

Por Jenny Bernal

Momento del decir es el primer trabajo de Danny Yesid León. Su apuesta inicial evoca  el canto de amor y la posibilidad de volver a él, murmurarle, hablarle, gritarle, decirle; como una liberación. Su libro se divide en dos partes la primera se caracteriza por su forma en prosa poética y su tono en ocasiones epistolar y confesional. Por otro lado, la segunda parte acude a la existencia, la historia de las horas que una vez más desembocan en el laberinto del amor. El trabajo de Yesid se vislumbra como un ejercicio que experimenta entre la tradición poética y la novedad, pese a ser un poeta que nace en el 90 su voz empieza a caminar firme por la ruta poética colombiana.

   

 

 

MOMENTO DEL DECIR

La gota del silencio se desliza de un labio al otro, su destino es el suelo.

Tengo algo que decir pero lo callo, adentro la ola rompe contra una pared cuarteada, la pared puede ser algo en mi vientre, la ola se parece a la última de un mar extinto.

Si pudiera rodear la palabra y encontrarle su centro, la usaría, pero la palabra es esquiva, se mueve de aquí para allá, lleva tiempo huyendo, vagando por la indecisión, ya no sé si tenga la misma forma de cuando la pronuncié por primera vez.

Tomé prestada la guillotina de un grito: pensé con ella cercenar el cuello de las letras, pensé separarlas de su cuerpo, dejarlas a la deriva, sepultar su rostro. Pero las líneas en el papel se diluyen en la boca del que las dice, se ausentan de su forma y se convierten en aire dulce, en sonido teñido.

Tengo algo que decir sin regar la tinta en el viento.

Permitir que la boca se abra y deje caer la pesadez de una palabra me es imposible: los dientes, la lengua, la campana son como piedras huecas, hay en ellas un eco que repite la voz de nadie.

La gota del silencio ya cayó al suelo, ahora muevo los labios, desperezo sus pliegues, ahora puedo decir, hablar. Pero no digo nada: ya ha pasado el momento en el que debía pronunciarme.

 

 

 

  SALVAR NUESTRAS DISTANCIAS  

El abismo que hay entre nosotros, el descenso, la muralla labrada: es irrisible que estemos lejos cuando nos miramos a los ojos y vemos la sonrisa, la tuya, atravesarnos sin reparar, sin preguntarnos, sin esperar a que soltemos la alegría al vacío. Nunca me hablas y sin embargo estás cerca. Yo te veo cruzar el día como una nube, te miro desde mi escondite, la sombra me cubre, la luz te invade el rostro. Eres parte de todo, el aire te obedece, la lluvia canta dentro de ti y es esa música transparente la que te envuelve, la que transpira tu piel. A veces pienso que nuestras distancias son mínimas, que tu mano está al reverso de la mía, que tu voz opaca las palabras justo cuando salen de mi boca. Pienso que existimos, uno al lado del otro, como lo hace el blanco y el negro, esos dos colores que tanto odiamos, esos colores que, a fuerza de parecerse a nosotros, hemos olvidado. Pero llegará el día en que por fin nos encontremos, el día en que cruzando una esquina del mundo, nos demos cuenta de que siempre hemos estado ahí, suspendidos, estáticos, inmóviles frente a un espejo, un espejo en el que no se sabe quién es reflejo y quién es el reflejado.    

 

 

 

RUTINA

 

Abrir el reloj

y darle cuerda hacia atrás

para recuperar el tiempo perdido.

Volverlo a cerrar,

como a una herida,

y ponerlo de nuevo sobre la mesa.

Luego, salir de casa

y empezar a andar por el mundo

con los ojos cerrados,

trazando círculos interminables.

Regresar a casa finalmente:

entrar y encontrar el reloj,

abrirlo otra vez

y hacer como antes

y así hasta que la cuerda no dé para más.

 

 

 

SALTO DE FE

 

A donde se cansa el hilo de llegar,

a esa última puntada,

he arribado con ojos estremecidos.

He soltado las maletas del viaje

y luego de indagar la luz en el abismo

me he decido a saltar.

Abandonar es la estancia definitiva.

Si desato hoy las amarras

y caigo como pluma mojada por el viento,

es porque siguiendo el descenso iba mi vida.

No busqué más destino que este,

no supe de otra palabra que la dicha,

no caminé contra la corriente de los días,

no dejé llevarme por el fuego de la duda.

Por eso aquí estoy, al final, con un pie en la grieta,

extendiendo los brazos,

haciendo las veces de pájaro herido

para echarme a volar en picada.

Ya puedo sentir la gravedad, el deseo,

ya puedo sentir el abandono del cuerpo,

la sonrisa que deja el final de la respiración.

¿Caeré definitivamente a la muerte?

¿O será acaso este salto

la vida eterna que nunca creí?

 

 

 

 

POSTERGAR LO INEVITABLE

 

Vamos a postergar lo inevitable,

tú andarás por esta calle como queriendo no encontrarme

y yo haré lo propio:

iré por la acera de enfrente agachando la mirada.

Haremos como si no nos vimos,

como si cruzando la esquina, movidos por extraños hilos,

no nos rozamos la piel

y no sonreímos cómplicemente.

Tú seguirás de largo, claro, mirando el reloj de pulsera

o hurgando entre tu bolso.

Yo, en cambio, silbaré con las manos en los bolsillos

y haré como si en el cielo viajaran nubes extrañas.

Será así muchas veces, por ciudades, barrios, por calles distintas

hasta que no nos aguantemos y digamos que es suficiente.

Pero haremos eso, actuaremos como si no supiéramos

que aun evitándonos la mirada,

estamos para encontrarnos.

 

 

 

 

PREFERENCIA GATUNA

 

De los gatos

prefiero la tristeza

y la paciencia con la que la soportan,

el pelo mullido

y las garras afiladas contra los sueños.

De los gatos

prefiero su lenguaje de leche,

el insomnio que desprenden en los tejados

y la cola empinada hacia las estrellas.

De los gatos

prefiero la forma de tejer pasiones,

los gritos y la cacería de sus hembras:

esa voraz manera de encontrarse.

De los gatos

prefiero el hocico siempre alerta,

los bigotillos tiznados

y los colmillos que esperan,

que se internan en la carne de la noche.

De los gatos

prefiero eso y más,

pero nada como el valor para quedarse junto a mí

sin reclamos

ni cuestionamientos humanos.

   

 

 

 

AUTOBIOGRAFÍA DE UN POETA

 

De mi padre aprendí el oficio de encantador. Él era mago.

De mi madre el amor por el vino. Ella era alcohólica.

Nunca tuve mejor educación que la de la esquina.

Mientras mi padre sacaba conejos de un sombrero

y mi madre recibía las monedas,

yo robaba a los despistados transeúntes.

La ciudad era como un hogar sin pedirlo,

deambulábamos diariamente por sus calles

hasta la noche,

cuando volvíamos a la posada a freír huevos

y a inventar nuevos sortilegios.

Y así crecí, yendo por aceras inconclusas,

jugando con cochecitos rotos de tanto regresar a mis manos,

aprendiendo canciones con borrachos lunáticos

y escribiendo versos para jovencitas maliciosas.

Lentamente fui convirtiéndome en un truhan,

en un timador, en un poeta del demonio.

A la vez que recibía palizas y pasaba noches en la celda,

componía sonetos, alejandrinos y demás rimas

que con el tiempo fui perdiendo o regalando en las tabernas

o en los burdeles poco iluminados que frecuentaba.

La vida se me hizo absurda entonces,

importaba el vino y la pachanga,

las tardes liando cigarros, las madrugadas de desenfreno,

los puños bien puestos y las canciones de desamor.

Y claro, perdí unos kilos, perdí los dientes, las ganas de abrir los ojos

pero de escribir nunca, a pesar del olvido y falta de papel.

Por eso, aún tumbado en medio de este andén,

debajo de esta farola intermitente

que me recuerda cómo la navaja buscó mi cuerpo, escribo.

Escribo con mi índice, con mi sangre sobre el asfalto,

escribo para los incrédulos,

para los que dicen que no existí.

Escribo porque la mejor manera de demostrar la vida es con la muerte.

     

 

 

Danny Yesid León nació en Bucaramanga, Santander, en 1990.  Estudiante de la Licenciatura en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander. Actualmente se desempeña como Consejero Municipal de Cultura.  Su poemario, Momento del Decir, obtuvo  el primer puesto en el VIII Concurso Buenaventuriano de Poesía, en 2012.

 


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